La Naturaleza de la Mujer

ALEJANDRA ORTÍZ 

Recientemente asistí a un congreso científico, durante el que, además de conferencias, simposios y carteles, se organizaron “cafés científicos”. Dichos cafés pretenden ser, en efecto, pláticas de café, a las que se invitan a científicos para hablar sobre temas relacionados con su trabajo con cualquier persona interesada. Uno de los cafés del congreso tuvo como tema “Las mujeres en la ecología”, y a tres investigadores mexicanas como invitadas. Asistí, llevada por el morbo, y me encontré sin sorpresa que todas las presentes éramos mujeres. Sin embargo, muchas cosas que se dijeron en el café, sí me sorprendieron. Entre lo que comentamos estuvo el hecho de que en el congreso, las ocho conferencias magistrales fueron dadas por hombres. Ninguna mujer. Todas muy serias asentimos en señal de indignación. Otro punto que se trató fue la cuestión de si existe un sesgo en contra de las mujeres en la ciencia. Las tres investigadoras nunca en su vida, dijeron, habían experimentado ninguna clase de discriminación por el hecho ser mujeres, y que por lo tanto seguramente no existe esta discriminación para ninguna. Acotaron que, de existir traba alguna, se trataba de la propia inseguridad femenina la que impedía avanzar.

 
Este último punto se redujo a una frase que se repitió durante las dos horas que duró el café: “mujer, si tú quieres, puedes”. Al menos en la ciencia el meollo del éxito es saber cuáles son tus metas, tomar las decisiones adecuadas para alcanzarlas, y no dejar que la duda –la única traba- opaque tu camino. Se escucharon diálogos como: ¿Qué hay de las mujeres cuyos maridos no les permiten trabajar? “Es su decisión hacerles caso, de hecho fue su decisión elegir un patán como pareja”. ¿Cómo se explica el hecho de que en la ciencia los puestos directivos estén ocupados, en su gran mayoría, por hombres? “Porque las mujeres tenemos otros intereses, no nos gusta tanto el poder, nos gustan otro tipo de tareas”.
 
Con esta historia no pretendo hacer un recuento de lo que viví en ese café, sino, a partir de esa experiencia y la lectura del interesante libro Nature’s body de Londa Schiebinger, plantear una pregunta que me parece válida desde la ciencia. Si las mujeres no tenemos ciertos intereses, ciertos deseos, sesgos como el que mencioné se explicarían por una cuestión natural, una característica propia del género. ¿Cómo saber cuál es la naturaleza de la mujer?
 

 

 
La mujer en varias ocasiones ha sido definida por la ciencia a partir de sus atributos físicos. Linneo (1707-1778), famoso por su sistema de clasificación de los seres vivos que utilizamos hasta hoy, al bautizar a los animales que llamamos mamíferos, la clase Mammalia, lo hizo tomando como referencia las glándulas mamarias, que sólo son funcionales en las hembras de estos animales (mientras que pudo, por ejemplo, habernos nombrado Pilosa, dado que todos los mamíferos, machos o hembras, tenemos pelo). Al dar este nombre enfatizó una función de las hembras de estos animales, el amamantar. Dentro de la clase Mammalia, Linneo incluyó a los seres humanos, evento nada trivial en el siglo XVIII, cuando aún se discutía sobre la proximidad de los humanos con los ángeles y con las bestias. Amamantar fue entonces una de las características principales que nos unía a los humanos con los animales. Así, el papel natural de las hembras, y por lo tanto de las mujeres, fue visto como el de alimentar y criar a sus propios hijos. El lugar de la mujer era dentro de la casa, pues esta función no se puede hacer fuera. Durante esta época se invitaba a las mujeres a seguir su “instinto animal” y tomar el ejemplo de seres “virtuosos” como las tigresas, que a pesar de su fiereza y fuerza, amamantan y cuidan a sus hijos. Esta “ley de la naturaleza”, el que las hembras amamanten, dictó en ese entonces no sólo asuntos reproductivos, sino también del orden social: el papel de cada sexo estaba inscrito en la naturaleza, y el lugar particular de la mujer era en casa cuidando amorosamente de la progenie. También durante esta época se les denegaron derechos civiles a las mujeres bajo el argumento de que el lugar natural de éstas es al lado de la cuna de sus hijos, mientas que el lugar natural de los hombres es lejos de ahí, ya que la naturaleza no les dio pechos con los cuales amamantar. Así, el término que acuñó Linneo para los mamíferos, Mammalia, legitimizó de alguna manera la estructura social en Europa, explicando la naturaleza de las mujeres como consecuencia de la función de amamantar.
 
El cráneo es otra característica física con la que se ha explicado la naturaleza de la mujer. Durante los siglos XVIII y XIX estuvo en boga hacer comparaciones raciales de los cráneos y otras estructuras anatómicas con el fin de explicar las diferencias entre los distintos “tipos” de seres humanos. El ángulo que hace mandíbula con la nariz por ejemplo, entre más chico (aproximadamente 60 grados) se tomaba como evidencia de cercanía con los simios, y entre más grande (100 grados) como cercanía con los dioses. Las estatuas griegas clásicas tienen ángulos de 100 grados, inexistentes en la naturaleza. Este tipo de comparaciones sirvieron para justificar la esclavitud, el racismo, y la discriminación hacia las mujeres. El cráneo femenino es, en promedio, menor al masculino, lo cual en la mente de muchos explicaba el que las mujeres fuesen más incapaces que los hombres; el cráneo femenino es también más angosto que el de los hombres, más parecido al de los niños, así que tanto mujeres como niños compartían una naturaleza innatamente compulsiva, emocional e imitativa. Con estos argumentos se discriminó a las mujeres de la vida escolar, académica y política.
 
Una aproximación diferente a la naturaleza humana, que se trabaja hasta el día de hoy, es la comparación otras especies, en particular con aquellas que están cercanamente emparentadas con nosotros. Para descubrir lo que nos es natural a los humanos (en este caso particular, conductualmente) se observan ciertos rasgos en primates y de su paralelismo con los humanos se  sacan conclusiones. En el fervor del colonialismo y de la descripción de nuevas especies, los naturalistas observaron con detenimiento a chimpancés y orangutanes, intrigados por su parecido con los humanos. En las hembras de estos animales vieron el reflejo de lo que querían que fuesen sus propias mujeres. A las hembras simio se les describió reiterativamente como pasivas, tímidas, maternales, consideradas, atentas, quietas, de modales refinados. Algunas descripciones hablan de chimpancés hembras que saben comportarse en la mesa –sin ningún tipo de entrenamiento previo-, de hembras a las que les gusta vestir de seda y que se sienten incómodas al mostrar el sexo, hembras que al sentirse observadas se tiran a los brazos de los machos. Los machos simios, en cambio, son descritos como rudos, lascivos, groseros. La modestia era por tanto un atributo femenino natural, y al parecer universal: no sólo se encontró en las hembras de simios, se describió en hembras de insectos e incluso en plantas, en las cuales se podía apreciar el orgasmo masculino de una manera muy visible, mientras que el femenino mostraba poca excitación sexual. Estas descripciones estaban cargadas de la moral que regía a los naturalistas de dicha época. El problema es que con ellas fundamentaron de forma natural a dicha moral.
Estos ejemplos los traje a cuento para ejemplificar algunos intentos de explicar “la naturaleza de la mujer”, y que en realidad sirvieron para justificar científicamente un orden social donde los hombres son el sexo dominante. Podemos ver que los científicos, cargados de nuestros propios contextos, tratamos de ser objetivos en nuestro mirar al mundo natural, pero no siempre podemos, y de hecho muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que lo estamos haciendo.
 
El peligro viene cuando, a partir de nuestras miradas imparciales, tratamos de explicar (y después justificar) aspectos de nuestra sociedad. Lo que las investigadoras del inicio de mi relato hicieron al decir que no es el deseo de las mujeres el ocupar puestos directivos, es dar una explicación “natural” a una tendencia social: no es algo físico lo que hace que las mujeres estén o no en ciertos trabajos, sino sus propios deseos. Puede ser que estas investigadoras tengan razón, la verdad no lo sé, pero no lo creo. Platicando con una amiga sobre un tema relacionado con la discriminación sexual, me dijo que “la culpa es de las mujeres por educar así a los hombres”. ¿Estará en la naturaleza de la mujer el ser machistas?

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