Podredumbre del mecanismo

CÉSAR CORTÉS VEGA
I.
Adicional a los sistemas, algo siempre ocurre. Aledaño a ellos, algo que no se ve, ajeno al proceso, sobrevive al mismo tiempo. Eso, que la eficacia en la organización desprecia o ignora como parte de un trabajo que redunda en una afirmación de sí mismo, puede muy bien ser designado como lo que “no es”. Sin embargo, ello no impide que aún así acontecimientos de naturaleza distinta pervivan a la par. Esto, claro, no cuenta nada nuevo. Podemos encantarnos con las dilucidaciones de todo un procedimiento para pensar el mundo, pero si imaginamos que eso es lo único que existe, estamos ya cometiendo el error de base de cualquier régimen; tomar la parte por el todo. Y, no hay que olvidarlo; algo así también es el motor del conocimiento humano. Dado que es imposible abarcarlo todo, no tenemos otra cosa por hacer sino confiar por defecto en lo dado. Y sobre esa base misma, negarlo.
El escritor alemán Kurd Lasswitz, a quien Borges nombra en su célebre ensayo “La biblioteca total”, escribe un relato en 1901 llamado “La biblioteca universal” en el que concibe una especie de gran enciclopedia que lo contiene todo. Todas las obras, los discursos e incluso las frases ininteligibles que balbuceamos entre sueños. Todo. El profesor Wallhausen, personaje de la historia, concluye que si el pensamiento humano puede ser expresable en grafías del alfabeto latino, incluyendo signos de puntuación y espacios que separan las palabras, entonces bastará con imprimir de manera ordenada una sucesión de letras que genere todas las posibles combinaciones de ellas hasta que, de manera no casual, esto arroje como resultado las obras de Tagore, todas los libros de administración de empresas o los plaquettes de los poetas de barrio que sueñan con el corazón las migajas del pastel. Y todo lo demás. Incluso las obras que no se han escrito, redactadas en términos que aún no se han acuñado:
Digamos que uno desea refrescar su memoria acerca de un pasaje del Fausto de Goethe, y logra alcanzar un volumen que parece tener sentido. Pero cuando ha leído una o dos páginas, todo pasa a ser «aaaaa», y esto es lo único que hay en el resto de las páginas del libro. O quizás uno halle una tabla de logaritmos. Pero no puede saber si es correcta. Recordad que la Biblioteca Universal contiene todo lo correcto, pero también todas las variaciones incorrectas posibles.
Borges dice que Lasswitz insta a los hombres a producir una biblioteca inhumana, que le pone orden el azar y que elimina la inteligencia. Y es que, por muchos volúmenes que tuviera esta empresa pesadillesca –filas serpentinas de libreros en el laberinto- cuando el último punto es colocado, ésta llega a su fin. Borges acierta por eso en la emoción que semejante cosa es capaz de producir, cuando al final de su breve texto habla de la perversidad de la mente del hombre:
Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.
Por supuesto esto no sólo indica la vasta cultura de Borges, sino también su racionalismo. Fascinado, a la vez que estremecido, por una pretendida ruptura de los límites que la mente de un hombre es capaz de generar, él también está dedicado a realizar morbosos recuentos que registran la ruptura de la ley. Lo cual no hace sino confirmarla. Una curiosa osadía que resulta más bien hábito perverso, aunque natural. Y es que lo que lo abarca todo, pretende convertirse en uno, ser el centro sin periferia. Esto no le es dable a un ser con sentidos que son efecto de la diferenciación. Estamos hablando de racionalistas que creen en la “verdad”. La idea de Lasswitz sobre la biblioteca total demuestra el límite por exceso. Perímetro divino, la locura producida por el entendimiento de Dios. Por eso el hecho de que de cualquier forma este recuento obsesivo del “todo” sea finito, produce en sí la diferencia que permite que un sueño se convierta en pesadilla. Tan radical como la medusa que, como dice Baudrillard, es imposible mirar a los ojos sin morir. Es decir; luego de un esforzado conteo por encontrar en esa maraña de balbuceos delirantes algo que ha sido buscado por años, un racionalista encuentra un libro secreto y guardado a los iniciados. Al llegar a la última página, cuando ha cuadrado sus pensamientos con los del autor, la hoja tan sólo devuelve el rastro del bailoteo gatuno sobre los botones de un teclado.
En el cuento “La biblioteca de Babel” Borges imagina sectas que se forman alrededor de una biblioteca similar a la concebida por Lasswitz. Una de ellas intenta proscribir la esclavitud a la cual son sometidos quienes buscan textos canónicos, pidiéndoles a sus fieles que barajen letras y símbolos para reconstruir mediante el azar los mismos libros buscados. Otra secta más, llamada “Los purificadores”, está dedicada a eliminar textos para así reducir las posibilidades de búsqueda. Sin embargo Borges se ríe un poco de los disidentes, aclarando que la biblioteca es más grande que sus ridículos intentos liberadores.
II.
Ya sabemos que los enciclopedistas fueron a la vez bufones del pensamiento. Si nuestro nuevo orden racional Wikipedia les debe alguna cosa, es la idea errónea de que la cultura general vale para algo. Si los sueños de la razón producen monstruos, uno de los peores es el que privilegia el pensamiento decorativo. Por eso me parece que Lasswitz sugiere algo bien interesante: es capaz de concebir el vómito de la cultura universal. En esta biblioteca absoluta, babélica e irrefutable, ¿cómo distinguir lo mejor de lo peor? Es decir, cómo saber que en algunos momentos de lectura ininteligible, no estamos en realidad frente a un poema Tristan Tzara. Como el filósofo drogón lo diría: acá también el todo es la nada.
Por eso una diferenciación me parece clave: el mecanismo se pudre, y esa descomposición no puede ser incluida en el mecanismo. Es decir: lo que dislocaría la idea de totalidad sería lo no verificable. La enfermedad misma pervive paralelamente en su ambigüedad, y entonces no es enfermedad sino carácter nuevo, idea no pensada, anomia. Si el pobre personaje de Lasswitz piensa que todas las ideas son representables, es gracias a un consabido logocentrismo que ha creado a personajes autocomplacientes que cargan una piedra camusiana de Sísifo con una convicción irrisoria. Esos son los oficiantes de la vieja ley, de la ley babélica, mamona y tonta.
No me parece optimista lo que voy a decir para concluir. El reverso de la versión pervive y nuestra lengua tiene tan sólo un par de palabras para nombrarle. Y las palabras para decir esa alteridad son infinitas dado que son inaprensibles. Porque lo perverso no es sino nueva versión, no necesariamente contrapuesta a algo. No es, pues, reverso de la versión, sino versión que crece paralela al mecanismo y que tan sólo por cercanía le infecta.

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