Carta a Nicolás Moreno

Nicolás, mi hermano:
Se cumplen ya casi tres meses de tu ausencia física, tres meses que me parecen largos junto a los más de cincuenta años en que tu compañía fue para mí una fuente de afecto y aprendizaje en la vida. Nos encontramos en aquella vieja escuela de La Esmeralda, aún jóvenes los dos, tú ya con una carrera hecha desde tu egreso en la Escuela de Artes Plásticas de la UNAM, y yo iniciando el camino profesional; compartimos el placer de la enseñanza junto con un rico grupo de amigos, Alberto de la Vega, Héctor Cruz, Alfonso Ayala, el maestro Guillermo Ruiz y tantos otros entre los que yo desentonaba por no ser artista. Tu trayectoria como maestro en esa escuela y en la de Artes y Oficios del INBA y en San Carlos fue siempre, amén de un modo de ganarse la vida, una labor ceñida a tu amor por compartir con otros tu conocimiento y amor por la pintura, el tejido, y otros aspectos de tu expresión personal  del modo en que amabas a la vida, la tierra tuya y su gente.
Nicolás Moreno
Más tarde fui conociendo una de tus muchas virtudes;  la sinceridad de tu amistad, tu disfrute por la música y el canto, ese canto que te acompañaba en las jornadas de pintura en la soledad grandiosa del campo mexicano en que tu voz suave y entonada alegraba el silencio y atenuaba los vientos y calores del día; tu incansable afán y dedicación al trabajo artístico en tu taller, abriendo con el buril los caminos de aquellos paisajes tan tuyos en los que órganos, magueyes y nopales surgían, junto con flores de las nieves y árboles de todo tipo para traer la belleza que en ellos descubría tu gran sensibilidad, y dominio del oficio; vale decir que tus magueyes  fueron los Magueyes de Nicolás Moreno. El llamado árbol de las maravillas fue para ti el compañero constante en tu vida y tu arte, en él encontraste fuente de inspiración y compañía y una de tus máximas expresiones artísticas; en tu casa, esa entrañable casa de amistad y calor humano, aun te extraña el bello y enorme maguey que pareció crecer y embellecerse en función de tus cuidados, tu amor y compañía. Y por sobre todo esto, tu generosidad, una generosidad que te permitía ser el hombre que fuiste, que abarcaba el dar tus conocimientos a aquellos que fueron tus alumnos; dar tu afecto sin cortapisa a quien se acercaba a ti y buscaba tu amistad; compartir tus ratos de alegría en aquellas ocasiones ¿te acuerdas? En que en tu casa, abierta a quien quisiera acompañarte, celebramos tantas veces tu cumpleaños sin mayores pretensiones que compartir contigo el pan y la sal, el vino que nunca rebasaba los límites de una euforia por estar contigo y la música que los diversos grupos de amigos ganados a lo largo de los años tocaban en tu honor, el baile que la edad fue limitando pero que ejecutabas con el mismo amor a lo propio, fuera son huasteco, sones michoacanos, chiapanecos, oaxaqueños etc., con el gusto y la sencillez que demostraba el gozo del momento compartido con verdaderos amigos.
La fuerza y el amor y dedicación al trabajo, a tu trabajo, fue asimismo una parte de tus días y noches. Te recuerdo incansable en el atril con los pinceles en la mano, o empuñando la gurbia para acariciar, que no herir, la superficie del metal, o bien los lápices carboncillos o sanguinas y el papel; en todos los casos el proceso de parto artístico hacía surgir lo mismo una pequeña obra entrañable y modesta que una impactante y grandiosa, reflejo de tu sensibilidad y destreza. Grabados como la serie que del Valle de México realizaste hace ya años, tienen una fuerza telúrica que los separa y distingue de aquellos famosos del maestro Velasco a pesar de ser temas similares, y no desmerecen ante ellos. Tus pinturas de trigales, maizales y otros sembradíos lo mismo muestran luces y colores que van de los ocres y dorados a los verdes y azulosos que impactan por la belleza conceptual y destreza de la mano del autor. . . . 
Tus murales en el Museo Nacional de Antropología, junto con aquellos otros que a la par de los de tu hijo Alejandro efectuaste para la UNAM, entre varios otros, en una especie de paraninfo, hoy desgraciadamente abandonados en una bodega, muestran otra faceta más del gran artista reconocido dentro y fuera del país. Tu modestia y rechazo a la formación de grupúsculos de elogios mutuos, de actitudes cortesanas y de auto-propaganda de cualquier tipo te hizo abandonar el Salón de la Plástica, del cual formaste parte como miembro muy distinguido hasta los años sesentas según recuerdo, y te impidió quizá el arribar a los premios y propaganda que otros artistas con menores méritos disfrutaron. Las distinciones  y premios diversos y numerosos que obtuviste fueron, sin embargo, muchos y logrados solamente con trabajo, dedicación y  capacidad como artista que siguió su propia ruta con una gran honestidad y sensibilidad expresadas en tu obra misma.
Tuve, tengo la suerte, de disfrutar una parte de tu vasta y diversa producción en cuyo origen aparece una vez más la generosidad que tuviste siempre, amén del deseo propio de sentir cerca de mí tu presencia a través de la constante y siempre nueva contemplación de la obra de un hermano. El diario disfrute de tus cuadros y grabados complementa la compañía que de cerca o lejos me brindaste, me brinda todavía tu amistad.
De tus viajes y estancias, cortas o largas en diversas regiones del país, me dejas las vivencias que en nuestras largas pláticas acompañadas de un café sostuvimos; La Tarahumara, pueblos y ciudades de Coahuila, y tantos otros sitios que conociste y plasmaste en tu obra, adquirieron en ellas dimensiones que enriquecieron mi amor por lo nuestro. Sólo una vez tuve la suerte de acompañarte en una de tus salidas a “pueblear”; fue hace dos años, en un corto viaje a poblaciones de Hidalgo, Estado de México y Guanajuato. ¿Recuerdas los prismas básalticos de la llamada Cascada de la Virgen? Ahí recorriste parte del terreno que permite su vista, sin llegar a conocer puntualmente el sitio como una deferencia a mi incapacidad de seguirte el paso por irregularidades que aún podías tú atravesar. La comida en una población en que no conocías más que a alguna familia, en que tu presencia y simpatía innata acerco a personas que quisieron conocer al artista y acabaron cautivadas por el ser humano, y que guardan tu recuerdo y seguro las muchas fotografías que en tu compañía se tomaron. Recuerdos que son para mí imborrables y que acercaron aún más nuestra amistad. 
Llegó la época en que la vida empezó a cobrarte, como a todos, la cuota del tiempo. Seguiste entero y vital como siempre; continuaron las visitas y pláticas entrañables en tu estudio, ciertamente más espaciadas, y tus confidencias de las dificultades de todo tipo, pero especialmente las que te impedían trabajar de sol a sol como era tu gusto y costumbre, empañaban la alegría que siempre te acompañó inquietando la tranquilidad de quienes te queremos. Vino el momento en que tu vida siempre plena te obligó a depender de tratamientos que no te dejaron seguir en tu incansable labor creativa, y aún entonces me decías que te acompañara alguna vez a un nuevo recorrido, lo que llenó mi alma de agradecimiento por esa amistad siempre correspondida.
Vino el fin precedido de una larga y penosa serie de sufrimientos y enfermedades que mermaron al Nicolás de siempre, y todavía en mis visitas despertaba tu ser primordial y la luz de tu alma a través de tu mirada y tu ya difícil plática, hasta que tu ausencia física colmó de dolor a tus seres cercanos. Siento que este periodo previo muestra lo injusto del proceso vital: un hombre, un ser humano como tú debió retirarse entero y de pie, como fue a lo largo de los años, pero sigues viviendo en tu obra, en tus familiares y en los amigos fieles y los conocedoras de tu obra y de tu vida que siempre admiraremos. Nicolás, mi hermano, si es cierto que existe una vida más allá de la que conocemos, seguramente estarás ahora frente a un lienzo, con los pinceles en la mano, a la sombra de un mezquite y cercano a un enorme maguey, con tu tradicional cachucha o un sombrero protegiendo tus ojos del sol, cantando con tu voz dulce y entonada una vieja canción de nuestra querida tierra. Allá te veré.
 

Ramón Bonfil.

 

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