Reflexión por un México sin violencia

En un polo la violencia es muerte, golpes, acoso, amenazas, extorsión. Es una herida sangrante, una soga al cuello, un grito desgarrado de terror. En otro polo, dice Bernard Charlot, la violencia son las incivilidades, los ataques cotidianos al derecho que cada uno tiene de ser respetado. Si bien la primera es la más evidente, y  la más angustiante, las incivilidades son como un reguero de pólvora, que se cuela bajo el quicio de la puerta, nos amenaza en la intimidad.
La violencia, dijo Pierre Bourdieu también es simbólica, “violencia suave, invisible, ignorada como tal, elegida tanto como sufrida… [y que] se impone como el modo de dominación más económico…”. La imponen instituciones diversas que instrumentalizan sus estrategias de poder con prácticas de sujeción, usando símbolos de autoridad. Sin darnos cuenta los ciudadanos las adoptamos, las replicamos en nuestro hogar y la dejamos habitar nuestros corazones.
La voz de la no violencia se debe alzar en contra de todos sus rostros. A veces me escucho y escucho ecos confusos, hablando de paz al grito de guerra,  exigiendo igualdad señalando y desprestigiando no sólo acciones, posturas, ideas, sino a compañeros, a seres humanos.
Gandhi hizo un llamado de atención a esta actitud, que va en contra completamente de la filosofía de la no violencia:
“Así como un hecho positivo debe generar aprobación, y un acto perverso desaprobación, el actor de esa acción, buena o mala, siempre merece respeto o compasión según sea el caso. ‘Odia el pecado y no al pecador’… Es muy adecuado rebelarse y atacar el sistema, pero rebelarse y atacar a su autor es casi equivalente a rebelarse y atacarse a uno mismo”.
Al ser presas de la violencia, parece razonable sentir enojo. A veces se dice que “el enojo aparece con el disfraz de un amigo”. Viene acompañado de la sensación de ver las cosas con claridad. Nos da fuerza y energía para asumir una postura. Sin embargo, en este punto la agresión ya ha entrado en nuestro corazón, y la claridad es ilusoria pues sigue una lógica estrecha que se enfoca únicamente en lo erróneo, lo perverso y lo maligno del otro. Se caracteriza por el rechazo y la aversión. En palabras de Dzigar Kongtrul: “Esta lógica sólo nos ciega, y somos golpeados fuertemente con nuestro propio miedo y agresión. ¿Qué bienestar nos trae esto incluso si ganamos?… El miedo y la paranoia acompañan a la agresión, porque cuando hemos marcado una separación entre nosotros y otros, hemos, en efecto, creado enemigos. Esta es una forma de violencia”.
Audre Lourde en su ensayo “Ojo por ojo: mujeres negras, odio y enojo” dice al respecto: “El enojo, como la culpa, es una forma incompleta del conocimiento humano. Es más útil que el odio, pero aún es limitado. El enojo es útil para ayudarnos a clarificar nuestras diferencias, pero a largo plazo, la fuerza que es extraída únicamente del enojo es una fuerza ciega que no puede crear el futuro. Sólo puede demoler el pasado. Esta fuerza no se enfoca en lo que yace adelante, sino en lo que yace detrás, sobre lo que la creó- el odio. Y el odio es un deseo de muerte hacia el odiado, no un deseo de vida para nada más.”
La violencia para ser derrotada, debe de atacarse en todos los niveles, debe ser desbancada de nuestras calles, de nuestras escuelas, de nuestros hogares, pero sobre todo de nuestras mentes y corazones.
Esta tarea demanda gran disciplina. Gandhi advirtió al respecto: “Obtener el estado mental de la no violencia requiere un extenuante entrenamiento… a menos de que exista una sincera cooperación de la mente, su mera observancia externa  será tan sólo una máscara, dañina para uno mismo y para otros. El estado perfecto es alcanzado sólo cuando la mente, el cuerpo y el habla se coordinan apropiadamente. Esto es siempre fuente de una intensa lucha en la mente…”
Si bien es difícil, ésta es la batalla más importante de librar. Mientras sigamos la lógica incompleta de crear barreras, distanciarnos como personas, pensar únicamente en “yo” y “lo mío”, ningún sistema social ni político podrá traernos la paz, la igualdad y el bienestar que anhelamos. Siempre será sujeto de corrupción.
Mientras que si logramos abrazar los principios de la no violencia auténticamente, cualquier sistema evolucionará a uno en que podamos realmente cultivar nuestro beneficio genuino y el de los demás.
La no violencia, dice Dzigar Kongtrul “no cae en los extremos de agresión o pasividad. La no violencia es el camino del involucramiento total”.
Dzigar Kongtrul continúa: “Los grandes practicantes de la no violencia, nunca han desviado su mirada o huido de su propio sufrimiento, ni del de otros. Conociendo las fallas de la agresión, han sido capaces de responder con sabiduría y con una mente abierta”.
Debemos de responder con la sabiduría y con la apertura que nos permita levantarnos contra sistemas, contra acciones dañinas, pero jamás con violencia hacia otros. De nueva vez con las palabras de Gandhi: “Debo decir que mientras  no aceptemos el principio de amar a nuestro enemigo, cualquier charla sobre hermandad es un vacío insustancial”.
Por esta razón, como el Che Guevara declaró: “Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.
Nuestra sociedad necesita una revolución. Y la única manera de obtener el triunfo definitivo es empezando con una revolución interior. Una en que cada individuo se comprometa con su causa y luche genuinamente contra el verdadero enemigo que es la violencia que anida dentro de nosotros. Una revolución cuyo motor no es el odio ni el resentimiento, sino una profunda convicción de que nuestro genuino bienestar sólo es posible si se fundamenta en el amor.
“Un ser humano es parte de un todo al que llamamos ‘universo’, una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Este ser humano se ve a sí mismo, sus pensamientos y sensaciones, como algo separado del resto, en una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros como una cárcel que nos limita a nuestros deseos personales y a sentir afecto por unas pocas personas que nos son más próximas. Nuestra tarea ha de consistir en liberarnos de esta cárcel ampliando nuestros círculos de compasión de modo que abarquen
a todos los seres vivos y a toda la naturaleza en su esplendor”. Albert Einstein

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