Una de rockeros

Días de garage es una película australiana que Alex Proyas ‒director de El Cuervo‒ filmó en 2002; una joya cinematográfica. Un problema grave surge cuando intento juzgarla: me gusta y me molesta: lo primero porque es de rockeros y yo fui uno ‒con grupo de garage y todo‒, aunque entonces era un poco más joven que los personajes. Lo segundo por razones algo más complicadas: de un lado, la imagen que se maneja de las drogas las hace parecer un jueguito totalmente inocuo; por el otro, el final es difícil y puede entenderse igualmente como una oda a la conformidad que como remate de un proceso de crecimiento tribal, un fin de la infancia que alcanza a quienes se descubren al borde de los 30 años.

Por supuesto, nadie tiene obligación de clavarse mientras cuenta una historia y dependiendo del género del que se trate incluso se espera que no lo haga. En lo personal (y para ser honesto), el “cine de arte” puede molestarme cuando es malo, y al dejar la sala únicamente he obtenido ese absurdo prestigio de que la gente sepa que andaba en el Cine Morelos viendo películas de autor. Sin embargo, que despotrique contra el cine serio no quiere decir que no piense atacar al otro, a ése que se finge cotidiano y por ello se vuelve más peligroso.

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 Un cine que suele apoyar el sistema tal como es sin criticarlo o que, incluso, lo justifica porque muestra cómo cuatro músicos ‒incluida una chica que toca el bajo como una clara referencia a Tina Weymouth y los Talking Heads‒ tienen peleas entre sí por un affaire entre el cantante y la chava del guitarrista ‒que a su vez sueña una amante darketa mucho más sensual‒, pero que a fin de cuentas son tanmuyrequetesupercuates que tampoco se matan cuando la bajista y el baterista ‒ambiguo hasta ese momento al punto en que no se sabe si lo suyo lo suyo son las pastas, los chavos o lo que le depare el día‒ son descubiertos por el guitarrista justo al acabar de encamarse por primera vez, como sin querer aunque luego se les vuelva costumbre porque son la clase de salvaje que, sometimiento y electroshocks en los pezones de por medio, el otro necesitaba…

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¡Chira su promiscuidá! Pero ¿cuántos seres comunes podemos librar bien situaciones como estas? Más gravemente ‒porque se trata de un mensaje conservador encubierto‒, y si eran tan felices drogándose, haciendo música y acostándose todos con todas ¿por qué al final se establecen en parejas monógamas y piensan en tener hijos?

La idealización es, entonces, doble: por un lado la del rockanrol como una forma de vida extrema, y junto con ella, la de ésta misma como un periodo del que puede salirse indemne siempre que no se halla triunfado sobre el escenario. Para mostrar lo rosa y falso que hay en este caso, sólo necesita que uno se asome de nuevo ‒por vez número chorrocientosmuchas en los últimos 30 años‒ y contemple sobriamente y muy despacio Pink Floyd: The Wall donde, ¡por supuesto!, el cine se parece un poco más a la vida. Y por lo mismo tiene consecuencias.

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