La chabacana preeminencia del autor

Y yo también los he visto, sonriendo para sus adentros mientras el clan escucha sus versos, o clamando en las avenidas por un poco de reconocimiento, inmersos en la sombra y a la espera del momento para saltar a beber la sangre de los sucesivos panegíricos. Pero sobre todo, diciendo cualquier cosa desde el campechano don que brindan las posibilidades de la repetición y el culto a la personalidad. También los he observado apareciendo por televisión, encantados con el reciclaje de su imagen virtuosa, repitiendo para los innobles el reconocimiento de la tradición. Esa fantasía que les redime, y que a la vez les condena: la suposición de que esa sensatez ayude finalmente a quien les lee, escucha o ve. Y no es culpa suya –nuestra, digo– hostigados por el llamamiento cabal de la identidad. Hemos sido educados así, y por mucho que la crítica y la sospecha haya elaborado discursos que intenten vulnerar la trascendencia de la identificación plena, nosotros seguimos cayendo en tan tentadora forma de integrarnos.

Hasta ahora, se trata de nuestra careta más visible. ¿De qué se vale la cultura contemporánea para ello? De la hiperidentificación, que además constituye nuestro deseo frente a los otros. Si no, pregúntenle a la CIA y a Zuckerberg. Y nosotros, castos señuelos de la tradición occidental, no sólo nos ceñimos a esas normas, sino que las empleamos como moneda de cambio basada en el ego. Sin embargo, todo aquello que ese Yo no revela es justo lo que guía un posible desfasamiento; la necesidad de ser lo múltiple, aunque por ahora sólo sea en secreto. Comenzamos a presentirlo; nuestros relatos no son ya sino una tapadera para determinar un vacío.

Pero, si la identidad no se sostiene ya sobre la base de un relato que la funde y dirija hacia una progresión tranquilizadora que constituya la funcionalidad del sujeto, ¿qué es entonces el Yo? Una respuesta según esta óptica ha sido: un constructo mitopoético. La conocida crítica del concepto de “autor” llevada a cabo por Barthes y Foucault ha brindado buenas pistas, aunque no suficientes. Si bien la noción de “autor” ha fungido como aquel que en la cultura occidental hace de los relatos un receptáculo de mitos, de manera reconocible y acumulable para el conocimiento, su figura ha ido desdibujándose con el tiempo.

Barthes (intervenido por el autor)

Barthes (intervenido por el autor)

Roland Barthes plantea en el breve texto “La muerte del autor” el ocaso del concepto, gracias a que toda escritura es preponderantemente reescritura de algo previo. Así, el autor es apenas un organizador de discursos que no pueden ser referencia sino de su propio sistema, lo cual lo hace incapaz de inventar nada. Esta idea se contrapone a la mentalidad capitalista, derivada del positivismo, en la cual la importancia de quien escribe se empata con la importancia de quien dicta la ley. Así, la noción de entidad nodal fundadora de un supuesto centro, no resistiría la interpretación en el extremo. Es decir, si llevásemos al límite aquel argumento, la poca importancia del autor se haría patente. Y de cualquier manera, el autor sigue acá con nosotros, firmando con descaro y oportunidad.

Así, somos artífices involuntarios del sistema que nos sustenta. Por ejemplo, el hecho de que toda idea literaria necesite de alguien que la firme, es parcial y apenas alcanza a describir el sórdido estado en el que nos encontramos. Y es que siendo estas las condiciones, y no otras, quien firma señala a la vez una falta. Por muchos piercings o frases tatuadas de los malditos en la frente, todo aquel que reivindique a su nombre un discurso es continuador de la tradición y, de alguna forma –ojo: dije “de alguna forma” – conservador.

Más allá que las conclusiones de Barthes, Foucault sostiene en el ensayo “¿Qué es un autor?” que la muerte del concepto es inaplazable, si se atiende a que tanto la obra como su productor son categorías asincrónicas que mutan constantemente. La obra no es una entidad cerrada, de manera que las múltiples interpretaciones que cada lector realiza del texto, la componen en tanto el “signo” verifica su aplicación en el uso, es decir, en sus múltiples decodificaciones y no tan sólo en su mera codificación. Así pues, puesto que el discurso de un autor es una producción ideológica que delimita un espacio que Foucault concibe de manera múltiple, la misma idea de identidad se trastoca. Si bien el reconocimiento identitario no genera un discurso acotado por un sólo campo específico, el hecho de poner en duda el sentido que un sujeto produce con sus actos convertidos en obras, pone también en juego la unicidad del mismo. El acto discursivo de reconocerse uno sólo obedece a la asimilación de discursos previos, lo cual trastoca el planteamiento de la existencia de origen y de fin, en tanto redistribuye posibilidades para el futuro. Sin embargo, si bien es cierto que décadas después de la publicación de la obra de Foucault, lo que él llama la función-autor continúa delimitando ideológicamente los discursos, la proliferación de obras y los contrastes respecto a su operación en la organización de la cultura contemporánea, encarnan las palabras finales del ensayo, donde se sugiere su desvanecimiento paulatino a través de un “anonimato del murmullo”. Y es cierto. Si la firma prevalece, también la proliferación de firmas acrecienta el murmullo por exceso.

Foucault (intervenido por el autor)

Foucault (intervenido por el autor)

En “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas” Jacques Derrida, mucho más prudente, plantea un procedimiento descentrado de rompimientos. Se trata de una mitopoiesis (creación de mitos) producto de una indeterminación normativa, que implica un juego de identidad acentrada con el cual pretende subvertir la tradición metafísica occidental. A grandes rasgos, esto se basa en la crítica al “signo”, cuyo comportamiento tradicional consiste en el nombramiento del mundo con elementos lingüísticos que a la vez son parte de aquel mundo nombrado. Si bien no existe propiamente ambigüedad en esa dicotomía, pues Derrida asume la coherencia de esa contradicción como la “fuerza de un deseo”, es posible oponer una indocilidad frente a estas estructuras fijas de pensamiento desde la producción de ciclos de rupturas, de entre las cuales la fractura del concepto de identidad puede ser revisada. Así, bajo su mirada, es en el mito de referencia a-céntrico, y no concebido como verdad objetiva, que es posible considerar nuevos relatos. Es decir, una identidad que por el exceso de significado puede derivar en Otro mediante el juego, en un movimiento que se aleje de la búsqueda del origen que funda un sistema, por medio de un desdoblamiento a-temporal que, por consiguiente, renuncie a la identidad, o que la plantee como una especie de laberinto de espejos.

Hay por ahí un libro que se esfuerza por demostrar lo equivocada que estaba la crítica post-estructuralista al respecto: “The Death and Return of the Author” de Seán Burke. Y aunque sus hábiles argumentos suenan aún impuestos, habrá que concederle al menos una evidencia. El autor sigue ahí, orondo redactor de textos y autócrata manifestante de sus arengas, como figura de una evolución madurada en occidente, que ha extendido sus brazos a otros territorios gracias a la política y al mercado. Sin embargo, nada nos dice que en el fondo aquel que firma no sea cada vez más contradictorio y que no esconda detrás de sus seguridades más acendradas, el oscuro deseo de renunciar a sí mismo. Los desdoblamientos en las complejas redes de conocimiento, hacen de la responsabilidad de un discurso atribuido algo un poco absurdo. Me refiero a los perfiles en internet que nos representan, la cantidad de indicadores con los cuales hay que mantener todavía homogeneidad. Quizá entonces, lejos de desparecer, el autor mute de tal manera que se convierta en una especie de mala broma, un exceso chabacano que se burle involuntariamente de sí mismo, de su protagonismo ególatra, apenas abra la boca o postee algo en Facebook.

Derrida (intervenido por el autor)

Derrida (intervenido por el autor)

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