La visión “adiáfana”. Notas a propósito de Wafaa Bilal.

N1.- Bandera de cualquier cosa

En medio de todas esas mentiras, siento de nuevo una ráfaga de brío. No he visto casi ninguno de aquellos videos, y da igual. Puedo suponerme proyectando, desde mi comprometida inocencia, las vidas de otros en mi ya educada pantalla mental. Las imágenes de cada una de esas ficciones invaden una porción de mi voluntad para figurarme en medio de extrañas intrigas que no son mías, pero que muy bien pudieran serlo. Basta posar los ojos en alguna portada de las decenas de películas ahí enfiladas, para modificar la idea que tengo de mi participación en el mundo. Todo tiene entonces un fin distinto al imaginado, y si no es inminente el descubrirlo, la obviedad me hace tener confianza en que, pase lo que pase, la mirada y lo que corroborará en aquellos fantasmas moviéndose en algún monitor futuro, encontrarán un cabo asequible, un nuevo desenlace –lo recuerdo ahora; hace poco leí que las películas tristes nos hacen sentirnos más felices, porque al confirmar que no estamos tan jodidos como los personajes de la trama, concebimos esperanza.

Mi propensión clasificatoria es, en todo caso, estatismo que me devuelve a la confianza de las estructuras. Aquello que sé, fija la certidumbre de una voluntad hecha de coherencia. Sin embargo la pulsión de mi abandono puede tener una bandera que invoque cualquier cosa, hondeando en el territorio de mi cuerpo. Tres ebrios postrados sobre la playa, niña azulroca con cinco brazos, el abismo de una tecnología alienígena, rubia de pezones-pezuña, un par de idiotas besando a un perro, etcétera. Tonterías, transformadas en una pócima de mierda que sin embargo hace que en la máquina los engranajes sigan moviéndose. Hölderlin. Ahí donde crece el peligro, crece lo que…

 

N2.- … nos salva?

Lo que vemos, dice Georges Didi-Huberman, vale por lo que nos mira. Y luego enfila su argumento hacia James Joyce, en la dirección específica de un párrafo del Ulises en el cual el escritor habla de la ineluctable modalidad de lo visible. Lo mirado a la vez es paradójico, deduce. En eso radica la contundencia sobre nuestro hacer, pues nunca se puede concluir algo definitivo desde lo visto. No basta la constatación de esa mirada, porque después de ella, el tacto es ineludible si queremos corroborar que eso frente a nosotros en efecto no es mera ilusión. Lo diáfano tiene ahí sus complicaciones, pues lo descrito lleva siempre incrustada su relatividad; lo observado ya estaba antes que nosotros, y sin embargo es nuestro límite el que se encuentra con aquel otro límite. Nuestra contundencia no es, sino a pesar de sí misma, es decir; del pensamiento con el cual invocamos inevitablemente seguridad. Por eso ver puede pintarse también como otra cosa. Frente a la no transparencia de lo visible, es viable cerrar los ojos para encontrar cómo nos mira aquello que miramos. Dado que esa respuesta no podría estar localizada en la forma que vemos, en su vacío, la oscuridad autoimpuesta nos mueve hacia lo eidético. Ahí las formas intentan ceñirse a lo que sabemos, pero son escurridizas: se dice que la memoria visual-sensorial puede permanecer en nuestra mente tan sólo veinte milisegundos. Todas esas imágenes que se suceden como un aleph borgiano. Y, en medio de la ilusión de trascendentalidad y método husserliano que implica la posibilidad de que en efecto la cosa en sí pueda en algún momento manifestarse, damos vueltas en el laberinto.

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Joyce le llama al suyo Bloomsday, y cada uno de nosotros tenemos la libertad de darle el nombre que nos dé la gana:

Marcas de todas las cosas que estoy aquí para leer, freza marina y ova marina, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platiazulado, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano (…) ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si puedes meter los cinco dedos es una cancela, si no una puerta. Cierra los ojos y ve.

 

N3.- Wafaa Bilal

A su favor habrá que decir que la literalidad tiene también algo de poética. O, dicho de otra manera, no por literal, una cosa no puede tener lecturas adyacentes.

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Wafaa Bilal es un artista iraquí que en el 2010 se incrustó una cámara en la parte posterior de su cráneo. Con ella transmitió, por medio de un ordenador portátil, fotografías de su vida cotidiana para que fueran vistas en un sitio de internet (http://www.3rdi.me/).

Concebido a sí mismo como un narrador de historias, Bilal elige la contracara para referir una mirada ausente en condiciones no mediadas por aquella prótesis, y que le antecede por necesidad. Todo aquello que no está presente –vacío como punto ciego– son los cuerpos que toda elección niega. Por supuesto, no se puede olvidar la referencia a la célebre interpretación de Walter Benjamin sobre el cuadro de Klee, Angelus Novus, en el que el Ángel de la Historia observa aterrorizado el pasado mortuorio que deja detrás, mientras es empujado hacia adelante por el huracán del progreso: Bilal fue obligado a abandonar su país natal al oponerse y organizar grupos disidentes al gobierno de Saddam Hussein y vivió dos años en un campo de refugiados de Arabia Saudita:

(…) dejé muchas personas y lugares atrás. Las imágenes que tengo de este viaje son inevitablemente efímeras (…) Muchas veces mientras estaba en tránsito, el caos de las imágenes no se registró plenamente, pues no tuve el tiempo para absorberlas. Ahora, en retrospectiva, me hubiera gustado haberlas grabado para poder mirar hacia atrás, para que sirvieran como un recordatorio y registro de todos los sitios en los que me vi obligado a dejar atrás y que nunca volveré a ver.
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Sin embargo, el carácter político de la pieza no radica necesariamente en que realiza una alegoría aterradora del delirio, sino en el reconocimiento de una mirada radical de la diferencia. Si la materialidad de la que habla Didi-Huberman es justo la constatación de su vacío, de su falta de transparencia, la historia sería incierta en la medida en la que es también intangible. Un desvarío no haría sino constatar su naturaleza sacrificial: para relatarla habría que dialogar con el mundo como si se dialogara con la muerte. Esa es la primera visión que desestructuraría el orden del esteta.

Detenerse en la técnica, en el carácter cyborg o posthumano de una pieza como esta no puede ser nunca suficiente. Apenas se relatarían las cualidades temporales de ese ojo, pero no su presencia como continuación de “algo más allá de lo que se ve en el presente”. La contundencia de la obra de Wafaa Bilal no radica en su temeridad, sino justamente en su aceptación de vulnerabilidad. Cerrar los ojos acá querría decir, como en el caso joyceano, observar cómo nos miran los ojos abiertos de la muerte. Si la cámara de Bilal registra el dolor de la pérdida, es gracias a que supone que la interpretación de aquellas imágenes recuperadas sólo puede llevarse a cabo si a la vez niegan su propia objetividad. Aquellas señales son capturas al azar, y apenas representan todas las posibilidades de lo negado. Signos que a la vez que nos miran, niegan lo que imaginamos ven de nosotros.

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 Wafaa Bilal. Registro

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