Nostalgia de la muerte (a navajazos)

Una mujer cercana a los 50 acaba de irse a la cama con un desconocido. Se la ve sonriente, satisfecha: liberada por un rato de su miserable vida sexual gracias al sabio consejo de su terapeuta. Busca con qué escribir, abre cajones, redacta 2 notas (la segunda más íntima); urga de nuevo, mira una credencial del Wall Street Sport Club, encuentra un informe de laboratorio: su amante casual está enfermo de sífilis y gonorrea. En pantalla, el rostro de Angie Dickinson expresa terror: hace un momento era una mujer libre, capaz de engañar a su marido, dejarse quitar las bragas en un taxi neoyorkino y sentirse feliz con ello; ahora es una promiscua descuidada que deberá curarse, en secreto, una enfermedad venérea o dar explicaciones y enfrentar el juicio moral de su pareja. Se ve angustiada y arrepentida; enojada consigo, pero mucho más con el hombre. Incapaz de preguntar, recoge sus cosas y abandona el departamento; no ha visto a la rubia alta que, gabardina y lentes negros, la espía desde la escalera; sube al ascensor torciéndose las manos y en mitad del recorrido descubre que ha dejado su anillo de boda en la mesita de noche… Llega a la planta baja, ve salir a la mujer y la niña que bajaron con ella, vuelve al 7° piso y, cuando la puerta se abre, la rubia entra y la mata a navajazos. La cámara muestra su miedo, los cortes en el rostro, la forma en que trata de protegerse estirando tímidamente un brazo para repeler a su atacante. La navaja de rasurar busca su cuello y, cuando lo alcanza, sorprendentemente no brota un chorro de sangre; Angie, en cambio, se desploma… Y asunto sanjado: el personaje no enfrenta las consecuencias morales de sus actos porque está muerto y, en una primera lectura, Brian De Palma parece contundente en su mensaje: Dressed to Kill (1980) propone que los veniales se pagan (pecados capitales que son) con la muerte.

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La imagen y la idea no pueden, sin embargo, más que producir nostalgia en quien, como yo, tuvo su primera relación sexual 7 años más tarde en un mundo donde hubiéramos deseado que el mayor riesgo fuera Sir Michael Caine vestido de Drag Queen y no lo que la muerte de Rock Hudson hizo público: el SIDA y la posibilidad de morir (años después) por un contacto casual en condiciones de riesgo… Nostalgia agravada al ver que, además, muchos fuimos promiscuos culposos y angustiados porque nuestra educación, más o menos católica, tenía el agregado de la mucha información que nos dieron desde los 12 años.

Luego, resulta profundamente extraño que morir a navajazos (acción física visible) simbolice una idea de pecado (abstracción absoluta de un juicio sobre la praxis humana), mientras morirse con SIDA no parece representar nada pues, como se sabe, es consecuencia de un descuido individual… o de la ignorancia y pobreza de nuestra Latinoamérica herida que, en cambio, ni me interesan, ni dan para decir algo que valga la pena. El horror de Vestida para matar radica, entonces, en su violencia explícita: en la Dickinson sangrante, en Michael Caine impasible vestido de rubia y sin gozar realmente lo que hace, mas seguro de que ha de matar a “esa puta” (Nancy Allen) porque es una mujer “mala”; y, peor, metiche porque lo vio matando en el ascensor…

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Lo que necesariamente deriva, creo, en la siguiente reflexión: un mundo que hace treinta y tantos años temía algo tan sencillo y concreto como un corte en el cuello ha perdido el encanto de la sangre bajo un pretexto apenas creíble; puro en su contraste de no elaboración intelectual con lo que la existencia del SIDA supone, porque el navajazo en el cuello parecía imposible para la mayor parte de la gente “bien” que se acuesta en taxis (neoyorkinos o no) mientras, hoy por hoy, exponencialmente es más probable que cualquier seducido tenga la enfermedad incubada…

Cine y vida requieren historias de pasión donde nada, más que el momento, importe… a ver si recuperamos ciertas líneas vitales perdidas en el marasmo del primero: representación de lo que no pasa a diario pero queremos vivir cada vez que pensamos que, aun muriendo, tirarse a una rubia así valdría mucho la pena…

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Y para ello no hay mejor cosa que la estética De Palma: donde están claras las reglas, se sabe que a todo hacer corresponde una reacción que no por inesperada es menos justa y, sobre todo, priva lo concreto del miedo sobre la amenaza de lo (casi) sobrenatural que tienen los virus,… que no suelen verse en el rostro de las niñas bonitas que nos gustaría seducir en clase (cuando, sin albur, las damos), el trabajo o la calle… Hubo un mundo muy grave de sífilis… Hubo una situación en que pesqué un papiloma… alguna vez se habló de morirse de amor y, en cambio, hace mucho tiempo que los miedos no nos dejan pecar en santísima paz y apostar porque, al salir de casa, ninguna rubia disfrazada coja un cuchillo y nos mate.

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