Del guión a la novela

Hace unos días me entablé en una de esas discusiones que desde el inicio sabes que no llevan a ninguna resolución, menos a una favorable para mí. El tema principal de la conversación fue el cine y la diferencia entre el comercial y el artístico. Esto continuó hasta que llegamos al tema donde más conocimientos tengo o procuro tener, el guión cinematográfico.

Cuando uno habla de cine con cineastas hay que tener mucho cuidado, ser paciente y comprensivo. No lo digo por la idea generalizada que se tiene de estas personas, a las cuales se les llega a acusar de egocéntricos, narcisistas y con un sentimiento de entendimiento cultural por encima de cualquier otra persona. Sí, lo anterior existe, de igual forma que en otras profesiones. Mi recomendación va en el sentido de que el cine es increíblemente amplio, tanto en género como en temática o estructura, lo cual dificulta una discusión sin ofender gustos ajenos.

El problema llegó cuando yo defendí el guión de una película argentina llamada El Hijo de la Novia, dirigida por Juan José Campanella, quien también escribió, junto a Fernando Castets, el guión. Al parecer, decir que este guión era una maravilla por como se trabajó la estructura del viaje del héroe fue un golpe bajo para el público argentino que tenía frente a mí.

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Tras una serie de ademanes y varias alharacas acompañadas por una que otra ofensa, los argentinos argumentaron que la película era únicamente una historia gringa con acento porteño, sin mayor trascendencia ni importancia. Hicieron mucho énfasis en mi poca cultura sobre cine argentino (la cual se limita a dos películas, nunca mencioné la segunda por temor a las represalias). Sin embargo, todas las críticas se enfocaron en el producto finalizado, nadie prestó atención a mi argumento sobre el guión. Cuando hice esta aclaración recibí una respuesta que no esperaba, todos ellos aseguraron que el guión no era más que una serie de tomas propuestas por el guionista.

Lo anterior me recordó a una de las primeras clases de guión cinematográfico que tuve, en la cual nuestro profesor y gran amigo, Carlos Alvahuante, nos mencionó que gran parte de la población de escritores y cineastas no ven el guión como un trabajo digno de ser considerado a la altura del cuento o la novela, incluso lo tienen por debajo del guión teatral.

La idea de que el guión cinematográfico es un instructivo de tomas para el director es un error entendible. En mis pocos años trabajando en este giro me he encontrado con varios guiones que realmente son pasos para el director. El principal motivo de esto es que el mismo director es el autor del guión, lo que causa que el texto sea una serie de escenas que ya ha visualizado.

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El verdadero trabajo como guionista es lograr un texto narrado en formato que se pueda leer con la fluidez de cualquier novela, ofreciendo una idea distinta, según el lector, de la escena que se plantea. Al final, mis comentarios, como lo había anticipado al inicio de la conversación, fueron inútiles. La plática se resumió, después de dos horas, a un choque de cervezas, una palmadita en la espalda y un “mirá que sos un loco, como todos los mexicanos, boludo”.

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