Saltos al revés: de poesía política a la violencia y otros “marketings”

La literatura y la violencia son entes estrechamente ligados desde su aparición. Descrita está la batalla de Gilgamesh contra Enkidú, expuesta hasta el detalle la guerra de Troya o en nuestro caso en Visión de los vencidos, la cruenta conquista española sobre la civilización Mexica. Sin embargo, el tema necesariamente cobra un matiz oscuro cuando se tiene que ligar la violencia de nuestra época con la literatura. Actualmente podemos ver decenas de novelas que se acercan al tema del narcotráfico y su violencia inherente, pero en la mayoría de los casos son sublimaciones del fenómeno, la propuesta se entrega a los clichés o acaso en la búsqueda de “novedad” se sume en el humor negro con el pírrico logro de una novela de divertimento. Sin embargo, dentro de esta idea de llevar el fenómeno de violencia actual a la literatura existe otro asunto, aquel que nos pregunta ¿quién lee esa literatura que trata problemas sociales y políticos?

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               El tema es muy antiguo, así como la cantaleta “arte por el pueblo” o “arte por el arte”. En consecuencia, en estos casos uno se pregunta por la sociedad y su interés, por ejemplo, en la poesía, la conclusión casi siempre es lapidaria: no hay interés. Sin embargo, nos decimos que seguro hay lectores que gustan de la poesía de contenido social, de eso que le preocupa al ciudadano de a pie y le provoca saltar del asiento y levantar las trincheras de ideas o de piedras contra el señor de la aldea. Pero no, tampoco. Como esa poesía, la otra, no la social, los versos terminan leídos por los mismos, un crítico aquí u otro allá, un buen lector de poesía contemporánea, la familia, los amigos, un estudiante de letras, un espontaneo, y, desde luego, los nóveles bardos que traen su nube de ideas. Entonces ¿qué sociedad lee poesía?, ¿qué porción?, ¿a esa porción le llamamos sociedad?

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Pero, ¿acaso nos sorprende el lector minoritario en la poesía? La poesía es atendida históricamente por un grupo reducido o alguien lo dudaría al recordar a Casandra, oráculo y cantor de Troya, hija de Príamo, quien clamó en vano por no recibir el Caballo de madera que arruinaría la ciudad. La poesía se cifra, en su origen, como presente y profecía, si bien da testimonio de su momento, no deja de apuntar al futuro del hombre. Pensemos en Los trabajos y los días de Hesíodo, quien se refería a nuestra estirpe, al hablar de la estirpe de hierro:

“La justicia estará en la fuerza de las manos y no existirá pudor; el malvado tratará de perjudicar al varón más virtuoso con retorcidos discursos y además se valdrá del juramento. La envidia murmuradora, gustosa del mal y repugnante, acompañará a todos los hombres miserables […] a los hombres mortales sólo les quedarán amargos sufrimientos y ya no existirá remedio para el mal.”[1]

Hesíodo

Hesíodo

El mal, como lo concibe Hesíodo, se trata de la injusticia. Los trabajos y los días, en este sentido, también es un grito de protesta, una profecía, acerca de los días oscuros, que se cumple. También podemos ver esta característica profética en los teotlatolli del Anáhuac:

Se refería, se decía

que así hubo ya antes cuatro vidas,

y que ésta era la quinta edad.

[…]

El quinto Sol:

4-Movimiento su signo.

Se llama Sol de Movimiento,

porque se mueve, sigue su camino.

Y como andan diciendo los viejos,

en él habrá movimientos de tierra,

habrá hambre

y así pereceremos.[2]

De esta forma la poesía acompaña al hombre, indudablemente, pero el hombre no siempre acompaña la poesía. Sin embargo, la relación continúa indivisible, la poesía sigue aportando su valor de lenguaje, de belleza y de testimonio a la sociedad. Véanse pasajes de la Ilíada, de la Divina Comedia o del Quijote, firmemente arraigados en la memoria de la población, que incluso desconoce la fuente.

Pero la sociedad, el destinatario de la obra literaria no debería ser esa solitaria especie de receptor anónimo que el creador espera que llegue por obra divina. Hay lectores que esperan las obras que puedan establecer un puente directo entre sus emociones y su visión del mundo, ¿no fue acaso esta feliz coincidencia lo que ocurrió con el Canto general de Pablo Neruda y sus lectores primigenios?, cabe recordar lo que Julio Cortázar comentaba al respecto: “A los que demasiado fácilmente olvidan, los invito a releer el Canto general para que a la luz (no a la tiniebla) de lo que ocurre en Chile, en Uruguay, en Bolivia, verifiquen la implacable profecía y la invencible esperanza de uno de los hombres más lúcidos de nuestro tiempo […] habría que estar ciego y sordo para no sentir que esas páginas del Canto general fueron escritas hace dos meses, hace quince días, anoche, ahora mismo, escritas por un poeta muerto, escritas para nuestra vergüenza y acaso, si alguna vez lo merecemos, para nuestra esperanza.”[3]

26772_I_01.11.2012_Canto General                  Con el Canto general se consolida una época en Nuestra América en que el lector se propone no ser un ente pasivo, un mero receptor de lo que el escritor entregaba, lo cual resultaba revolucionario en nuestra literatura. Por primera vez se tenía un tipo de lector que no le bastaba con el hecho estético solamente, sino que era necesario que el escritor develara su posición, su enfoque de la realidad. Este tipo de lector, de esta época, interrogaba sobre su presente, hacia un equilibrio entre lo que recibía del autor, lo que respondía su obra y las dudas que dejaba. El tiempo ha pasado y ahora encontramos a este tipo de lector en una menor cantidad, la mayoría de los lectores han llegado al estado de receptor que busca un divertimento o una evasión. Desde luego, esto se puede explicar por múltiples factores, el fracaso de los métodos de lectura, el triunfo de la literatura de desecho y el best seller, el fracaso de la educación oficial. Aunque también habrá que pensar hasta qué punto la imposición de que todo debe tener una utilidad ha convertido al libro en un sirviente y no en un provocador. El asunto de la sociedad lectora de best-seller no me preocupa tanto debido a que finalmente este tipo de libros nacieron destinados para gente que no lee como lo menciona César Aira: “El best-seller es la idea, que fructificó en países del área angloparlante (países con una tradición de lectura de libros que no se dio en otras lenguas) de hacer un entretenimiento masivo que usara como “soporte” a la literatura.”[4]

Lo que me ocupa es ese lector que espera los temas cercanos a su realidad y que de pronto se mira en una literatura que, si bien de entrada aspira a tratar temas políticos o sociales, se va decepcionado por la superficialidad de éstos. Hoy en día, en nuestro país ahogado por la violencia, se escribe mucho acerca de los temas que ahogan nuestra realidad: los feminicidios, la trata de blancas, la pederastia, el secuestro, la drogadicción, el narcotráfico, la corrupción, los fraudes electorales, el mal gobierno. Sin embargo, resumidos estos libros en subgéneros llamados, por ejemplo, “neopoliciaco”, “narcoliteratura”, “realismo duro”, nuestras letras han terminado envueltas en el marketing de la literatura desechable, en la cual se explota el morbo, la nota roja, el sexo descarnado, es decir, los elementos más superficiales de nuestra realidad actual.

Captura de La Barbie

Captura de La Barbie

Muchos críticos comentan al respecto que estos textos son resultado de la falta de pericia de los escritores, de un proyecto educativo fracasado, del hambre comercial de las grandes editoriales, y es verdad, pero, también, creo que olvidamos que en estos escritores hay una clara ausencia de toma de posición frente a su visión de la realidad, una franca ausencia de entendimiento y acción literaria ante la actual imagen del país. Estos libros llenos de clichés, hechos a base de las formulas best-seller, carecen del tuétano de una ideología, de un posicionamiento político ante los temas eminentemente políticos que se están tratando. Si antes cuando leíamos poemas, cuentos, novelas de temas políticos[5] los tachábamos de panfletarios, ideólogos versuales, invertidos panfletarios o realistas socialistas, ahora es un hecho que la bandera de los nuevos autores se reduce al hambre de éxito y de dinero. Se carece de reflexión, se trivializa o caricaturiza de forma pueril cada mirada a la realidad. Así, la realidad política y social de nuestro país se refleja en textos vacuos, que no aportan sino ideas preconcebidas del bien y el mal, y no problematizan ni interrogan nuestro presente. Ante este panorama, la literatura que aborda los temas políticos y sociales vive otro tipo de prejuicio, la de la vía fácil hacia la comercialización y el best-seller. Creo firmemente que la respuesta a esto no debe ser otra que dar al lector de nuestra realidad una postura ideológica firme, sea cual esta sea, ya la visión religiosa como la teología de la liberación en poemas como los de Ernesto Cardenal o la denuncia cristiana en Jesús, te has olvidado de mi América de Carlos Pellicer o el realismo socialista de Xavier Icaza en su novela Panchito Chapopote, o la poesía pro marxista-leninista en Sangre roja. Poemas libertarios de Carlos Gutiérrez Cruz o el revisionismo o hasta la conversión reaccionaria en la novela Camaradas de Rubén Salazar Mallén. Y digo que se escriba con una postura firme, porque esa es la raíz profunda del escritor, esa es su materia, la profunda reflexión cerebral y sentimental del mundo, sin eso el escritor es un hombre hueco, un hombre relleno de aserrín como apuntaba T. S. Eliot. Ojo, no apelo a la creación de sobados panfletos, aunque como ejercicios de acción propagandista los aplaudo, sino a la creación de nuevas formas estéticas en que la poesía sin perder su personalidad provoque ansiedad ante la perspectiva de lo real.

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La característica entonces del lector de literatura de temas sociales y políticos, quizá, radica en que ambos (autor-lector) se vuelven cómplices de su realidad y su historia, este tipo de lector toma a esta poesía, desde luego, con la idea del placer estético, pero al mismo tiempo con una actitud inquisitiva, que apuesta leer eso que llamamos tierra, historia, humanidad, destino.

Creo en el escritor que en su manifestación artística está unido a las circunstancias históricas, políticas, estéticas y sociales de su existencia. No creo ni en el creador ni en la obra de generación espontánea. Para mí, la literatura no tiene la obligación de dar respuestas teóricas a preguntas eminentemente políticas, pero sí tiene la alternativa de problematizar nuestra realidad, de provocar inquietud, de incitar al lector a preguntarse acerca de su presente, de su pasado y del porvenir. Somos un zoos politikos, un animal político, como llamó Aristóteles al hombre. Creo que la posición del escritor al abordar temas sociales o políticos, o cualquier otro, en su obra debe ser la de sacudir al lector, la de robarle su tranquilidad, la de exigirle todo el tiempo y abrirle una nueva vía de reflexión ante lo real. De esta forma la literatura que actualmente quiere tomar la violencia como tema no se perderá en la comodidad del marketing.

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[1] Hesíodo, “Los trabajos y los días” en Obras y fragmentos,  p. 73.

[2] “Los soles o edades que han existido” en Literaturas de Anáhuac y del Incario, estudio introductorio, selección de textos, traducción de composiciones en náhuatl y notas de Miguel León Portilla, p. 26.

[3] Julio Cortázar, “Neruda entre nosotros” en Obra crítica 3, p. 71-72.

[4] César Aira, “Best-seller y literatura” en el periódico El país.

[5] Carlos Gutiérrez Cruz, Horacio Espinoza Altamirano, Efraín Huerta, Jesús Arellano, Abigael Bohórquez, Francisco Sarquís, José Revueltas, José Mancisidor, Rubén Salazar Mallen.

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