Un umbral, diríase

Descendiente de Charles Lamb, Ricardo Garibay, Cioran y Luis Ignacio Helguera, la escritura de Balam Bartolomé es horizontal. Ajeno y distante a posturas de domino y sumisión, frecuente en historiadores y críticos, Bartolomé practica una sintaxis lúcida y lúdica, definitiva y llana como un hueso. Empleando una voz templada, ágil y sinuosa, Bartolomé (Ocosingo, 1975) ha escrito Batalla de ciervos a manera de una fuga renacentista. Edición depurada en un tiraje limitado de trescientas copias, esta ópera prima de Bartolomé es la reunión eficaz de imagen, ensayo, relato y prosa poética alrededor de los universos del arte y el artista moderno y contemporáneo. Pero no es éste libro un compendio de quinientas hojas sino una bitácora de tránsitos y mudanzas entre días y siglos por el azar y sus accidentes, por la creación y sus encuentros inesperados.

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Es precisamente un viaje al Museo de Orsay, en París, el centro y título de este diario de batallas. Su autor pretendía conocer el pequeño y amenazante cuadro de Gustave Courbet (1819-1877) El origen del mundo (1866), pero en su lugar halló una pintura monumental y sombría: El celo en primavera. Combate de ciervos, pintada cinco años antes, en 1861. La descripción que hace Bartolomé de este encuentro es rotunda: “(la obra) encarna la contradicción que conlleva el enfrentamiento con aquello otro que también es uno”. Un combate en espejo, siniestro y  simétrico consigo mismo.

Un accidente dispuso a Bartolomé frente a un cuadro que no buscaba mientras aquel anhelado aún permanece esquivo a su mirada. En otro momento, recorre el otoño camino al Museo de Filadelfia, quiere “ver” Étant donnés  (1946-1966), última obra de Marcel Duchamp (1887-1968). Balam escribe: “Compruebo que la esencia de algunas obras es imposible de aprisionar en una estampa. Son visiones totales e inaprensibles.” Son, al mismo tiempo, todo y nada.

Resulta claro que Batalla de ciervos no trata sobre mamíferos, y en estricto sentido, ni siquiera sobre obras de arte (trampantojo), sino del enfrentamiento de dos visiones simultáneas, opuestas y coincidentes del Arte. Mientras que el señor Courbet, a través de sus facultades realistas, impele al espectador a mirar hacia dentro (ya sea en El origen del mundo, donde observamos en escorzo el cuerpo desnudo de una mujer, ya sea en El celo en primavera donde el tema es abiertamente ontológico) propiciando un acto de reflexión y recogimiento; Duchamp incita mirar hacia fuera, consintiendo miradas lascivas, libres e imprudentes. Sólo, cabe señalar, el afuera de Marcel Duchamp está “adentro”, justo en el mismo sitio intangible señalado con óleo por el señor Courbet. ¡Revés! El otro que también es uno: “Era, a un tiempo, todo gusano y todo caca.”

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Balam Bartolomé es irónico y cínico. Camina junto a Diógenes de Sinope y Antístenes por los siglos XIX, XX y XXI escupiendo sobre los templos de la historia. Y a la usanza de Courbet y Duchamp, desnuda certidumbres y olvidos, nombrando el gozne en el cual giran la realidad y la fantasía, el pensamiento y el ensueño, el instinto y lo poético. “Lo mismo sucede con la realidad pues, en su perímetro incierto, el límite entre certeza y vaguedad se pierde en el camino del rumor.” Es él mismo, o al menos su escritura en Batalla de ciervos, mirilla (un umbral, diríase) por donde asomarse al mundo.

 

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Balam Bartolomé. Batalla de ciervos, TEE, 2013. 64 pp.

 

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