El estómago bovarista de Zaven Paré

El uso del sarcasmo aumenta, quizá en proporción a la robusta estupidez neoliberal que se acomoda hoy muy quitada de la pena en su sillita. Si bien, aquellos juegos socarrones de moralidad inasible son señal de que un cierto tipo de inteligencia se asoma en aquel que los genera, no hay razón para celebrarlos tampoco con mucho entusiasmo. Los guiños, las medias sonrisas y los latigazos retóricos son en todo caso, grageas para hacer que la tos se vaya por un momento antes de que regrese con mayor fuerza. Incluso, en los peores casos, pueden llegar a ser otro signo de estupidez y no mucho más. Los más patéticos son aquellos que por mucho que se esfuercen por hacer visibles sus florilegios mordaces, consiguen efectos raquíticos que más que iluminar mediante el uso de su oscuridad y hacer más perentoria una idea disidente del mundo, ponen luz sobre el egocentrismo con el cual han sido construidos y sus razones sencillas. En los peores casos, el mal sarcasmo es apenas publicidad para ocultar las motivaciones de un ser medroso, incapaz de asumir una posición clara sobre acontecimientos que muchas veces ni siquiera logra comprender.

Así, quizá los mejores proyectos relacionados con el discurso crítico, son los que regulan la intensidad de sus netas y la economía de sus sarcasmos. Es decir, aquellos capaces de observar la maquinaria con la cual se reproducen a sí mismos: pueden muy bien mostrarnos la ironía de estar vivos y hacernos delirar a causa de la risa que provoca la incongruencia ajena, pero no se limitan tan sólo a eso.

Lo que digo aquí viene a colación gracias a que hace muy poco encontré en un catálogo la obra del artista Zaven Paré que cumple con sencillez estas particularidades, en gran medida debido a que se refiere a asuntos con una larga tradición histórica. Por encima de otras obras mostradas en el catálogo, una de sus piezas me llamó la atención: L’estomac d’Emma (El estómago de Emma). Se trata de una suerte de literalización objetual acerca de un pasaje de Madame Bovary; su recreación autómata respecto a la obra de Flaubert y su crítica acerca del romanticismo y los deseos llevados al límite por seres obsesionados con las tramas que devoran de la literatura. Paré realiza una operación sintética mediante un mecanismo que recupera el carácter del autor, muy en el tono de su Diccionario de los lugares comunes. Una imagen que simula el terreno de una operación real: un estómago automático que reproduce y transparenta el acto de deglución de una novela romántica. Una especie de alegoría negativa.

Es ya muy conocida la influencia que Flaubert tuvo del Quijote de Cervantes: Emma Bovary se dirige hacia la frontera de la razón con intensidad similar a la de Alonso Quijano, pero mostrando la parte nefasta –y no la satírica– de la cultura novelesca que le llevó al autor a construir un dispositivo de gran repercusión en la cultura occidental. Una mirada lejana, fría, que hace de sus personajes maquinarias que demuestran las operaciones frente al desarrollo de sus propios deseos, las limitantes de la clase a la que pertenecen y las obligaciones derivadas de ella. Una posición intermedia entre el placer y el deber que produce seres contrahechos a causa de los sentimientos y su integración a las necesidades históricas. Posiblemente gracias a ello Paré elige ese pasaje para su instalación; el momento previo al vómito de bilis negra, que señalará la pérdida radical de Emma, el momento de irreversibilidad. Frente a esa inconsistencia orgánica no hay retorno al orden racional, puesto que en el delirio bovarista, y en palabras del mismo Paré, hay una ingesta de tinta con la cual se han escrito todas esas novelas románticas que Emma fagocita hasta el colmo de su realización.  Ese desarreglo de los sentidos sólo puede arrojar un mundo de contradicciones, delirios y balbuceos. De cualquier manera, al automatizar el acto, Zaven Paré afirma, y a la vez se burla de Flaubert, en los términos en los que aquel cuestiona, en su época, el pensamiento convencional. En su Diccionario de los lugares comunes, que es ante todo un compendio de clichés y frases extraídas de conversaciones en cenas y convites de la burguesía pretenciosa y en pleno desarrollo, hay esta joya:

Arte.- Lleva al hospital; y lo peor es que no sirve de nada, pues se lo reemplaza por la mecánica, que produce, mejor y más rápido.

 En todo caso, Paré también se burla de sí mismo, pues usa la llave bovarista al operar en territorios de significación cultural nuevos, ese espacio ambiguo que es el arte contemporáneo, hervidero de una nueva clase de especulación, como gabinete de curiosidades en el cual se refugian todo tipo de subjetividades; desde las más mediocres, hasta la que marcan pautas culturales que posteriormente serán reproducidas por las estéticas populares. De hecho, en palabras del sociólogo francés Pierre Bourdieu, fue el mismo Flaubert el que definió puntualmente el territorio en el cual fue posible la autonomía de los artistas respecto a la necesidad productivista. Es La educación sentimental la obra que sintetiza el mecanismo de relaciones en las cuales era necesario establecer una sana lejanía de los mecenas y los entusiastas del arte, que desde la desconfianza hasta la admiración regulaban sus vínculos y obligaciones mediante una estructura conservadora. Si Frédéric, personaje de La educación sentimental, es un mecanismo por el cual Flaubert observaba estos sucesos vinculadas a las relaciones sociales y de parentesco, o Bouvard y Pécuchet la crítica a los disparates del culteranismo, Madame Bovary retrataba la aplicación en la vida real de aquello que había sido fabulado en las novelas románticas de la época.

Daniel Pennac, en su ensayo Como una novela, realiza un decálogo que intenta desmitificar la idea, cada vez más en desuso, acerca de la obligatoriedad de la lectura. Y en el sexto punto explica lo que él llama el derecho al bovarismo, al cual define como una enfermedad textualmente transmisible: 

(…) No ceder uno mismo al bovarismo; decirse que Emma, después de todo, no era más que un personaje de novela, es decir, el producto de un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave no engendraban sino los efectos –por verdaderos que fuesen– deseados por Flaubert.

Justo lo que el mismo Paré habla acerca de su instalación. La crítica no puede ser sino una serpiente que se muerde la cola, a menos que se acepte que los motivos no siempre engendrarán las mismas consecuencias. Si Flaubert arremete en contra del romanticismo, usa a Emma tan sólo como una máquina que intenta procesar hasta la imposibilidad la tinta que ha ingerido. Por ello, no se le puede fincar toda la responsabilidad de su exceso. Casi se podría decir que hay un guiño todavía más interesante; todas aquellas narraciones son reales, si ocurren ya en la mente de los personajes. Desde ahí se proyectan también en términos concretos en los actos de sus lectores. Y lo que Flaubert realiza es una política que intenta distinguir la repercusión de lo que se cuenta, mediante un tipo distinto de narraciones. No la burla fácil, no el modelado desprovisto de realidad concreta, sino un nuevo conjuro en las idealizaciones de la realidad. Y lo que Zaven Paré logra con su acento robótico, en el territorio intermedio entre idealización y realización que es la inteligencia artificial, es recordarlo con puntualidad.

A contemplar la máquina de Paré, a quien considero un marionetista moderno y elevado, intenté plantearme la situación actual; ¿cuáles serían las regurgitaciones hoy, similares a las de Emma? No es muy difícil darse respuesta, y el comienzo de este texto ya prefigura mi postura. Lo que Geert Lovink llama el chismorreo plebeyo en la googleización de la cultura, la proliferación espectacular del sarcasmo chafa y sin más. Nuestra bilis será informacional, y nuestro delirio el formalismo ocupado de sandeces estilísticas, una moralidad conservadora que se disfraza de la calidad liberal tontamente dicotómica, y etcéteras que habría que discutir en otro lado. Por lo pronto, la interpretación lúcida de Pennac puede darle mejores palabras a esto que yo acá balbuceo:

(…) aceptemos que el bovarismo es –entre otras– la cosa mejor repartida del mundo: siempre es de donde el otro de donde la desalojamos. Vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes pero no es raro que nos rindamos al éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos cuando haya pasado de moda. Las preferencias literarias se explican muy bien por esta alternancia de nuestros caprichos ilustrados y de nuestras negaciones perspicaces.

Nunca engañados, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos a nosotros mismos, convencidos para siempre de que madame Bovary es la otra.

Emma debía compartir esta convicción.

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