Soundtrack para una obsesión (o Usted pídalas cantando, y a ver cómo se las dan)

Las tumbas son para los muertos / las flores para sentirse bien
- Los Fabulosos Cadillacs

Ya no sé si lo que digo realmente nos hace falta
- Silvio Rodríguez

Nunca nos ha quedado mucho tiempo
- Julia Díaz

Marzo 14, 18:04 horas. Arturo me pidió que releyera Treinta canciones para Julia (y cuatro desesperadas) porque vamos a presentarlo y aquí estoy: viendo si es peor que antes (cuando leí lo que ahora es un borrador y no estaban las cuatro últimas) o si ha logrado mantenerse.

Leo, entonces, el primer párrafo y me cago de risa… Sé que debí decir “y suelto la carcajada”, pero resulta menos sincero: a mí me gustan las novelas policiacas, el Pop disfrazado de música inteligente, la ironía fina, la reescritura (la reescritura me gusta mucho), Bajtín y el problema de los géneros discursivos, Benjamin y la reproductibilidad de la obra de arte en la era industrial, los intertextos de la Kristeva (¿el nombre de la protagonista es un homenaje? ¿Julia es la protagonista?).

Me gusta también la casipoesíapseudofilosófica que hay en decir: “a las cinco y media de la mañana el único absoluto es saber que la vida es una mierda”. La declaración política que subyace a toda obra de Mash Up-Bastard Pop, incluso cuando el autor no ha visto RiP!: a Remix Manifesto, de Brett Gaylor (2008). Las epifanías que pueblan la narrativa mexicana del siglo XX, de Belascoarán Shayne a La vida en el Limbo de Manuel Ahumada: por ejemplo, darse cuenta que las mujeres deciden irse de nuestro lado mientras dormimos, aunque lo hagan después; que lo planean en nuestro momento de máxima indefensión, sin dudas y justificadas por lo que, justamente, un (tan estúpido) bello durmiente hubiera pensado que es la razón para quedarse:

“Adrián se quedó dormido diez minutos después, con el Marlboro número veintisiete del día todavía prendido entre sus dedos; Julia se lo quitó despacio, lo apagó en el cenicero y, casi sin darse cuenta, le puso una mano sobre la espalda. ‘Este cabrón está empezando a gustarme demasiado ‒pensó Julia‒. Estoy cayendo en su juego, poco a poco me está amarrando con sus desmadres mentales. Si esto sigue así, voy a terminar como la Julia de sus cuentos. Hay que correr, Julia, y hay que hacerlo pronto”. (72)

Me asalta entonces el problema generacional No 7.uno.9.bis de la lectura: “descubro” que seguramente Julia (y el narrador, y el autor y, al parecer también El Bendito pues él fue quien lo dijo) realmente cree que a los 25 años se puede ser “una mujer sin futuro y dispuesta a todo”… yo tengo cuarenta y dos, no logré morir ni en el intento y en cuanto a las veinteañeras creo que son harto más frívolas y desalmadas que Julia aunque, en efecto, no tienen futuro cuando insisten en ser personajes (Une petite fille terrible / la Escritora / la Inconvencional) y no simplemente personas como Marta, Altagracia o Lola.

No estoy ardido, ni esto es una proyección de ninguna especie, así que continúo: la novela de Arturo me gusta además porque, sin vergüenza (o con muy poca de ella), nos vincula con nuestras más secretas, gozosas y vergonzantes lecturas de Susy: secretos del corazón y permite que nos reconozcamos en melodramas que se repiten una y otra vez, cual telenovelas y canciones de radio, pero cada vez fulgurantes por la nueva enunciación que hemos hallado, por la variante de un dictum viejo como el mundo (te extraño / te odio / te amaba tanto / ojalá te mueras) que, sin embargo, nos libera porque en toda forma occidental de catarsis ‒rePresentación dramática, confesión católica, sesión psicoanalítica del cuño que sea, tribuna en grupos de doce pasos‒ un tabú dicho es fantasma que evanesce:

“¡Mira en lo que te has convertido! ‒le decía‒ ¡Te apareces vestida de puta como si entre nosotros no hubiera pasado nada y todavía te pones a contarme tus pendejadas! Y ella en lugar de llorar como hacen todas las viejas cuando uno les pega de gritos, se reía y le decía al profe que no había cambiado nada, que seguía siendo el mismo maricón de siempre. Entonces ahí sí me enojé, porque una cosa es que el profe esté medio loco y a veces se pase de pendejo, y otra muy distinta es que cualquier pinche vieja venga a insultarlo así nomás”. (33-4)

susy-2

La Princesa Disney que habita mi alma en secreto está contenta, entonces, pues la novela incluye el desgarramiento de vestiduras necesario; pero ¡bendito sea Dior! no es, ni mucho menos, todo ni lo mejor que Arturo puede ofrecer. Está además, y por ejemplo, su capacidad para tejer el tiempo y el espacio, sin exigir al lector una reconstrucción arqueológica de la intriga que ha fragmentado, sino únicamente la calma para llegar al final. Con la ventaja, además, de no obligarnos a ser verdaderamente pacientes porque la narración atrapa y tensa: si la revancha de El Bendito es casualidad, su tratamiento narrativo no, y justamente por eso el narrador asesina a Julia en el capítulo cuatro, si es que no lo hizo en el primero, cuando ella no tiene nombre y El Bendito se llama Comandante pero aún no es Martínez.

Hay, además, un juego constante con el destino y las reflexiones a las que generalmente nos mueve un tema así: Adrián, Julia y Antonio se conocieron quizá diez años antes de lo narrado en las Treinta canciones, y no lo recuerdan. Cuando Julia se casa con Eduardo, Adrián busca el revólver de su padre, le pone una bala y hace girar el cargador, se pone el cañón en el paladar y no jala el gatillo… pasa un lustro y finalmente tira de él disparando al aire

“Si cinco años antes Adrián hubiera tenido el valor para jugar en serio a la ruleta rusa, se habría volado la tapa del cráneo en el primer tiro ‒dice el narrador‒, pero ésta no es la historia de lo que pudo haber pasado, esta es la historia de lo que pasó”. (83)

Y lo que pasó es, por ejemplo, que la primera de tres partes en que se divide el texto ocurre en un “ahora” indeterminado y termina con tres amantes dolidos rodeando a una sola mujer, de modo que el lector debe averiguar cómo llegaron hasta ahí si quiere dormir tranquilo. Y ocurre que el final del capítulo XX (el séptimo de la segunda parte) conecta directamente con el final del II (el segundo de todas las partes) y muestra un Adrián (en realidad,  una voluntad narrativa de Arturo Sánchez Meyer) según la cual es importante que un personaje tan anodino y absurdo como un profesor de literatura (un literato que no publica, un letrero en sentido lato) recuerde que la vida es una serie de decisiones cuyo resultado no está en nuestra mano pero es responsabilidad nuestra:

“Pero el profesor no recordaba ya a aquel Adrián, sólo a aquella Julia: la de las pulseras y la risa en el jardín, la del tatuaje de la salamandra. El otro, su novio de aquellos días había sido enterrado por capas y capas de rutina, por días de entera soledad y mañanas de resaca interminable. Ese Adrián murió mucho tiempo antes de que a Julia le pegaran cinco tiros en un edificio de la calle de Amores a las seis veinte de la mañana”. (78-9)

ArturoSánchez

Al final Adrián logra ser, sin embargo, él mismo porque el regreso de Julia lo obliga a cerrar su círculo. Sale entonces de una relación incomprensible como todas aquellas que recordamos fingiendo que de verdad son memorables y no una idealización nuestra: las que duelen porque parecían irrepetibles cuando en realidad estaban llenas de lugares comunes:

Un día después, cuándo Julia le contó a Adrián con lujo de detalle su encuentro con El Bendito, se sintió orgullosa al ver la cara de asco que el profesor no pudo ocultar.

“‒Para que veas que yo no me vendo ni cuando me regalo ‒le dijo, y le ofreció un Camel sin filtro que había pintado con su labial rojo en el extremo derecho”. (32)

Al final Adrián conserva ‒por fin y aunque no lo sepa, pues el narrador lo dice para nosotros‒ la evocación perfecta del enamoramiento adolescente sin manipulación emocional, descrito sólo como ha sido siempre pero diferenciado para cada uno de quienes tuvimos la suerte de enamorarnos muy jóvenes (o la paciencia de seguir haciéndolo aunque lo seamos un poco menos):

“en el cine [...] Tom Cruise y Brad Pitt jugaban a Nosferatu [...] Julia observaba intrigada el desfile de sangre y estacas cuando sintió caer sobre sus dedos una mano helada y se dio cuenta que Adrián temblaba como una hoja. Poco a poco logró calmarlo, comenzó por los nudillos, muy despacio, después, con la tinta invisible de un dedo, dibujó las líneas que marcaban unas venas enormes y saltonas, jugó con las uñas, llegó a la muñeca y luego la bajó hasta su pierna derecha. La mano de Adrián encontró entonces los muslos perfectos de Julia Díaz bajo una falda blanca y comenzó a temblar de nuevo”. (60)

Top-Gun

Entrevista con el vampiro (1994) y no Top Gun (1986): el mismo estúpido Tom Cruise con la ventaja de que salga Brad Pitt a escena; dos generaciones de adolescentes en la Ciudad de México (o en Satélite, no seamos exigentes) y la tentación enorme de reconstruir el recorrido cultural que cada una de las canciones propondría en relación con el texto. ¿Arturo escribió los capítulos siguiendo las letras o hizo al revés: buscando epígrafes para lo que ya había narrado? No tengo idea ni creo que importe: la tentación de hacer arqueología cultural que la novela también me provoca se resolverá seguramente en un artículo académico pues creo que el texto lo merece: porque siento (sin que pueda justificarlo) que emparenta con la mejor narrativa breve (y molesta) en que parecía especializarse editorial Era: Aura, Las batallas en el desierto, Nada que ver; porque se trata de un texto que equilibra sus porciones de sangre, sudor y lágrimas con aquellas donde ofrece violencia, drogas y sexo; porque me tardé seis horas en leerlo; porque finalmente, y esto es lo importante, Arturo sabe abrir las puertas de nuestro evocatario cultural de entre siglos y eso merece festejarse cantando a grito pelado o dejándose arrullar por las treinta y cuatro canciones para Julia… Ocho de las cuales, debo confesar, no identifiqué a la primera.

Arturo Sánchez Meyer, Treinta canciones para Julia (y cuatro desesperadas), Eón, México, 2014.
Soundtrack disponible en http://grooveshark.com/#!/playlist/Julia/96601612

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