Bye bye Brasil y los deportes del inconsciente

Para comenzar, se debe estar perdido

Siempre termino deambulando por ciudades desconocidas a lo güey, perdido en medio de un éxtasis que a las horas muta en hambre y dolor de pies. Y sin embargo no dejo de romantizar un poco; para que el flaneurismo cumpla su cometido, es preciso que algo duela o por lo menos incomode, lo que siempre le dará sentido al desorden e impulso para luego reordenar el extravío. Calor y éxtasis; mareo y desconcierto; incluso ganas de cagar seguidas de esa emoción de no saber qué aparecerá a la vuelta de la esquina; un baño dorado con ángeles digestivos; una cápsula robótica en cuyo interior hay un agujero que se tragará el prodigio acumulado con esmero en tus entrañas; un arbusto los suficientemente grande como para ocultar esa posición de humildad fetal que adquiere todo zurrador que se respete… No puedo imaginar a Budelaire sin su calva, su chaqueta raída y su depósito rectal repleto de masa blanda, mientras merodeaba por la noche parisina. Qué decir de Walter Benjamin, su admirador. Pero no seguiré hablando de este reconfortante tema; aunque los pudores del lector me importan un pepino, no voy a desviar mi atención sólo por eso… Quiero decir que, de cualquier manera hoy, que el paseo y la deriva se topan a cada momento con la simulación con la cual el turismo internacional estandariza nuestras sensaciones para favorecer el consumo clasemediero de chucherías para el prestigio memorioso, aquel deambular sólo podrá ser una especie de precarismo, oculto tras las inmundicias de la movilidad de paquete. Y quizá por eso, una especie de protodeporte del inconsciente.

Hay que decir, entonces, que creo que se equivocan aquellos que descreen de ese afán digestivo en las tripas de la ciudad; un caminante honesto ocupa de manera paradójica su vacío discursivo. O, para seguir abrevando de la metáfora sin excederme ya más –cagones del mundo–, tiene un doble carácter: puede ser indigesto por momentos, y a veces también laxante.

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 Lo indigesto: más bello que lo bello

Así, con esa sensación de mariposas en el estómago, comienzo a hablar de una pérdida particular, ahora que el fanatismo futbolero ha disminuido y la estupidez contemporánea va tomando sus cauces normales. Muy a pesar de la devaluación de la deriva y de una serie de contratiempos sentimentales de lo más desabridos y ñoños de los que tampoco seguiré hablando, a principios de este año, antes de que la lepra mundialista detonara de nuevo, caminé todo lo que pude algunas calles brasileñas (digo lepra, como podría decir disentería o esófago de Barrett, no sólo por mero afán denostativo, sino porque de manera común, suele compararse todo lo que ocurre en estas contiendas deportivas con enfermedades. Aunque en este caso, imaginar a los atletas mediáticos corriendo hacia la nada, detrás de su pelota-presa-zanahoria, en tanto sus cuerpos se desgajan a pedazos, no sé por qué me motiva, pero me motiva. Lo que no quiere decir que quiera engañar a nadie: veo futbol con el mismo babeo zombie que todo el mundo y basta de preguntas).

Caminé, pues, sin el hartazgo que siento ahora luego de ver esos excesos tontorrones con los que comentaristas, cómicos de pacotilla, actores pirujillos de quinta, reporteros iletrados y turistas con sombreros de hule espuma han inundado la pantalla plana incrustada en la pared de mi habitación, mientras husmeaban en las distintas urbes brasileñas con motivo de la gonorrea futbolera. Aquello hubiera contaminado el misterio de las imágenes en vivo, escala 1:1. Por eso, al menos fue buena elección haberlo hecho antes de todo eso, pues así caminé hacia todos lados y hacia ninguno sin reconocer nada, con las pistas que la buena gente me ofrecía (la mayor parte de Belo Horizonte, Río de Janeiro y un par de pequeños lugares como Ouro Preto o Tiradentes), que en su afán por explicarme mi ubicación, hacían que me perdiera más. Y es que la mayoría de esas caminatas las hice sólo, como un fantasma deambulando en su propio sueño, no en busca de sentidos nuevos, sino obsesionado por encuentros inesperados de no sé qué cosas maravillosas que suelen no pasar, hasta que pasan. Posiblemente no sólo las calles llenas de putas y gente “normal” que se prostituye de las mil otras maneras, yonkis mulatos, reventados internacionales con la siempre idiota sonrisa, indigentes sanamente ajenos y la multitud que los ignora, sino aquella melancolía presentida en todos lados con la que probablemente todo extranjero se topa cuando sabe que para pasar desapercibido deberá realizar un esfuerzo superior. Silencio y buena onda, un tono dramático en la mirada, como para no evidenciar la falta de comprensión. Y luego, poco a poco, el contacto, las ganas de ser integrado, la búsqueda de comunidad ahí donde parece no haber nada en común. Y en esas, apareció en aquellos recorridos lo que motiva esta perorata: un repentino fulgor como plus a la falta de centro, una pérdida desde donde mejor se puede encontrar algo, si es que la memoria no acaba por joderlo todo con su sentimentalismo de rebaja… Nada más bueno ni más bello, para revivificar la sensación de sí en el presente, para ahuyentar los fantasmas de tanta tontería de mercado basada en la falta. Un buen deporte del inconsciente para recuperar la abundancia del vacío y escapar de los otros deportes de la convención y el desencanto.

Lo laxante: progreso y su liberación

Y a eso iba, pues en pleno Belo Horizonte, en una de las librerías de viejo que hay en el segundo piso de un edificio medio en ruinas en el centro, compré un libro de Rubem Fonseca: Agosto. La novela es una suerte de crónica ficcional que habla de los últimos días de Getulio Vargas, político brasileño que se suicidó de un tiro en el corazón en el mismo mes que titula al libro. Un primer encuentro fortuito que me hiciera comenzar a entender un poco más a un país tan cercano, y la vez tan poco conocido para los hispanohablantes. Vargas fue uno de esos próceres contradictorios que es conveniente alabar con mesura. Se sitúa dentro de un grupo heterogéneo de jefes de estado que fueron tomando conciencia de su papel rector y reformista a pesar de sus primeras cagadas, como Cárdenas o Perón. Vargas, fue conocido inicialmente como una especie de dictador, pues su arribo al poder fue mediante un golpe de estado, luego del cual disuelve la constitución y los partidos políticos para eliminar a sus enemigos. En Agosto, Fonseca narra un contexto político complejo determinado por la violencia y la desconfianza. Un espacio desolador, pues más allá de la especulación constituyente del momento, lo que subyace en cada uno de los personajes es una presión asfixiante que los mantiene al borde de la existencia, una deriva política que, por el contrario de estar determinada por la libertad de movimiento, se sucede como acomodo estratégico frente a las decisiones ajenas. Alberto Mattos, personaje de la novela que encarna a un policía honesto (ahí la ficción debe tener buena técnica para convencernos de que algo así sea posible, más allá de que el primer empleo de Fonseca antes de dedicarse a la literatura fuera justo ese), debe resolver una serie de intrigas empresariales, lo cual hizo en realidad que finalmente Vargas dimitiera y se pegara un tiro en la cabeza: empresarios que rechazaban su nacionalismo. Y así Alberto Mattos, derivado de todas estas tensiones, tiene como característica particular una gastritis, que Fonseca quiere hacer evidente todo el tiempo. Agruras y gases constantes; un rasgo que prefigura ya la complejidad del contenido, la falta de certezas en medio del caos político y la corrupción. De nuevo una falta de centro, un escape en esa presión obligada.

Agosto

El libro sirvió y sirve acá para ir arribando a una señalamiento específico, pues habla de algo que por supuesto está repartido en las historias complejas de todas las naciones, pero que en Brasil puede llegar a ser muy evidente desde un recorrido afectivo por sus calles: la falta de plazas, la especulación espacial, la reunión asincrónica de personas, una cierta distracción enternecedora en una de sus caras, pero violenta en la otra. Ninguna idea concreta al respecto, sino pura especulación mía: en algunas zonas del territorio hasta mediados del siglo XIX no había ciudades, pues se consideraban meras zonas de extracción. Así pues, muchas de sus conformaciones urbanas son muy recientes. Posiblemente la tradición de progresismo republicano y positivista que necesitó de nuevas urbes, ha hecho de Brasil un territorio en el que la las propuestas de avanzada no son vistas con tanta sospecha como en México, un país en el que muchas instituciones operan aún con una extraña mezcla entre conservadurismo de corte liberal, y entonces esquizoide y supino. La ignorancia de las clases dominantes mexicanas es proverbial, y los complejos ideológicos que las sustentan parecen laberintos interminables. Y, para sostener un pastel de ese tamaño, siempre ha sido preciso normalizar la mediocridad de los glotones comensales.

Brasil me supo distinto. Tanto su arquitectura, o los movimientos del concretismo y neoconcretismo (cuya pugna evidencia una salud discursiva que busca naturalmente nuevas salidas a viejas confrontaciones), son asimilados no únicamente como parte de la alta cultura, sino en la vida cotidiana, en su concepción de vida y movilidad. Me impresionó, por ejemplo, que uno de los museos de arte contemporáneo más grandes que yo haya visto (el museo-parque de Inhotim) funcionara como un Chapultepec de fin de semana en el que la gente podía montar sus picnics de feijão tropeiro y pão de queijo sobre las piezas de Héilo Oiticica o Paul Mccarthy.

Sin embargo, esto quizá tenga su contraparte en la idea de progreso continuo, como necesidad, que puede haber en una sociedad neoliberal del tercer mundo –como los son incluso las metrópolis de izquierda mesurada como la brasileña–. Una tendencia hacia un minimalismo de corte bonitón, también, una poética cotidiana como obligatoriedad que parece ser más simplista que leve, ejemplifica cómo ciertos movimientos de vanguardia no sólo se incorporaron al mercado, sino le inyectaron nuevos bríos. O, para bajarle la celsitud al ejemplo, no por ello más banal; el futbol, una máquina poética de belleza y danza hasta hace muy poco en Brasil, pero ridiculizado hoy bajo la luz de la mercadotecnia. Un producto justo a la medida de los fracasos sociales. Manufactura empresarial, determinada con fecha de caducidad made in FIFA, peroavalado por un anfitrión de la talla de Brasil. Qué mejor estrategia que esa. Aquella lectura acerca del iluminismo de Adorno y Hockeimer, se corroboraría también con este mal sabor de boca que ha dejado el Mundial en Brasil, como si presintiéramos como nunca antes que nos han tomado el pelo, que nos han vendido mentiras, que todo ha sido una simulación cobijada por las lógicas de los medios masivos y sus obsesas psicopatologías.

Brazil Confed Cup Protests

 Y el deambular acá termina

Para hacer del goce del extravío algo más ligero, doblar hacia otro callejón es cosa buena, a pesar del malestar. Y luego entonces, el malestar como potencia, como intento de una pulsión colectiva. No he encontrado una buena definición de la palabra deporte que no sea reiterativa. Portare, quiere decir llevar y el origen latino deportare se refiere a sacar algo, llevarlo lejos. Sin embargo, su uso no se restringía a la idea de exilio, sino en todo caso, a la de alejamiento de la ciudad orgánica, es decir, de su uso práctico, aire nuevo, en las orillas del sentido. Quizá por eso se me ocurre que la única vanguardia posible hoy esté en los movimientos altermundistas que reconstituyen la idea de participación política. Frente a la sociedad acomodada y acostrumbrada, una sacudida. Y como manifestación, para mí es el único deporte de la masa real que vale la pena jugar; lo no transmitido y justo por ello más apasionante.

Hace poco, por cierto, se publicó la entrevista a un sociólogo brasileño especialista en temas deportivos llamado Flavio de Campos, en la que hablaba del desmoronamiento moral brasileño luego de la derrota imnplacable que sufrieron a manos de los de los alemanes. Y decía:

La percepción es que el sistema político representativo no funciona. Algunos piensan que hay que tirarlo todo. No es una casualidad que cuando la afición insulta a Fred [delantero de Brasil], empieza también a insultar a Dilma [como en el primer día del Mundial]. Y ese equipo, de chicos… Es una crueldad. Queremos que representen la fuerza y las virtudes, la valentía, la habilidad, la creatividad, la belleza que nosotros no tenemos en nuestros espacios sociales. Es como una compensación. Y queremos que la selección sea un remedio, una solución para las cosas que no logramos resolver en el cotidiano.

 Tenemos todavía demasiadas expectativas en los viejos caminos, por supuesto. Y estos no se superan hasta que se superan (para usar el pleonasmo ingenioso de algunos comentaristas del fútbol de antaño: esto no se acaba hasta que se acaba). Sin embargo,  no bastan las definiciones frente a todo el andamiaje inconsciente que nos hace gritonearle al pendejo que no acertó a meter el gol del penal, o al tipo que se dejó caer para conseguirlo. Si ese mismo impulso lo empleáramos para otras cosas, se llamen éstas nuevos juegos, o protodeportes, o deportes del inconsciente, o como sea, la vida ciudadana haría de la polis algo distinto. Y lo que se requiere para eso es la recomposición de las reglas.

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