El Santo es nuestro Wes Anderson

reseña del XIII Festival Macabro

Las películas de lucha libre son un fantasma que se nos aparece a todos en algún momento. Con ellas ocurre lo que podemos llamar el efecto Forrest Gump: el momento en el que te das cuenta que la tontería es uno de los rostros de la genialidad, que si fueras lo suficientemente estúpido tendrías a las chicas a tu alcance y que es porque eres simplemente inteligente que estás solo. “No estoy solo, soy inteligente”, frase para el twitter. Para un cementerio también. El efecto Forrest Gump nos muestra el mundo desde un ángulo diferente, único, y hace que la realidad se sienta más amplia, quizá tan amplia como queramos, nos dice que nos hemos encontrado una nueva vereda para recorrerla y ésa es justo la cosa que ocurre cuando nos topamos con las obras de los llamados genios. “Run Forrest, run” significa eres un idiota, tanto que ya eres también un genio.

De este modo es que me animo a decir que las películas de luchadores son geniales y una de las mejores cosas que le han ocurrido al cine mexicano. Pero eso sí, para entrar ahí uno debe firmar primero un pacto de sangre, y ese pacto es olvidarse de todo: olvidar para qué fue creado lo que estás viendo e incluso por quiénes, desechar todos los prefacios, y aceptarlo más bien como una creación principalmente colectiva, producto del trabajo de una psique mayúscula (como los cantares de gesta y todo lo que va firmado como “Anónimo”) y no como la orquestación de un grupo específico de individuos que lo tienen todo calculado. Con ellas (como con el youtube) parece que la creación popular vuelve, y que en ese universo las cosas no se miden o trazan, sino que simplemente brotan, maduran y caen, y eso es perfecto, porque es imprevisible, porque todo lo que ocurre es porque debía de ocurrir, porque Dios padre es grande y así lo mandó.

Y entonces aparece la magia: vemos a un enano, a una mujer muy guapa y a un enmascarado, todos en un auto de lujo a toda velocidad persiguiendo muertos vivientes por la Alhóndiga de Granaditas. Y resulta una magia perfectamente encantadora. Pero todavía dudamos, sin saber qué demonios está pasando, como cuando fumas mota y crees que te ha pegado demasiado fuerte, pensamos que es quizá la idea más estúpida creada jamás, y que esto es sin duda un error de la matrix, un feto abortado que debió quedar sepultado inmediatamente. Pero no, ahí sigue, fuerte y perfecto como el Frankenstein más bello que podamos imaginar. ¿Imaginar a Frankenstein bello? Eso es el cine de luchadores: una paradoja, un Frankenstein guapísimo y mamey, un Brad Pitt zombie al que todos le hemos agregado un gesto y que nos sonríe de vuelta como la Mona Lisa. Entonces estamos ya en el otro mundo, en el de los locos y los fritos, en el carnaval y en las pedas infinitas, pero el efecto Forrest nos avisa seductor y apolíneo que es también el de los sueños, la creatividad y el del genio. Un tipo al que nunca le vemos el rostro, o más bien, que tiene por rostro una máscara, que ésa es su única y auténtica cara, que así va a bailar a los bares y así se entrevista con la policía, es el personaje principal. Sospechoso. No es el 007, es quién sabe quién, que se hace llamar el Santo. ¿Miedo? Para nada, entonces ya estás del otro lado y sientes una gran confianza en ese tipo, que es tu nuevo compadre, porque sabes que él te permitirá hablar de prácticamente todo frente a tu mamá y frente a la UNAM: de la magia en el cine, del entretenimiento, de la ficción, maldita sea, sí, una tesis sobre la identidad del mexicano mejor que Samuel Ramos.

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Y entonces uno empieza: el Santo es el mero patrono, el mero jefe, hay que tener una imagen del Santo en la cartera para llamar la buena suerte y, sí señores, uno empieza a hablar de México como cuando ve el fútbol y dice: en México todo es ficción, la vida no vale nada y el mundo es sólo un buen trago de pulque. Arre. En efecto, no hay otra forma de plantearlo: las películas de luchadores son cabronas porque a parte de infinitamente divertidas nos hacen hablar horas sobre este maldito país, y llega a uno a conclusiones como de que estamos del otro lado del espejo, México es el mundo al que cae Alicia, al que apuntaban Breton y los surrealistas pero que sólo cuando estuvieron aquí lo alcanzaron, que aquí se llega muy rápido al Dark side of the moon. Y entonces uno dice no voy a ir a la Roma a ver una de Wes Anderson, me voy a quedar en mi youtube a ver películas del Santo. Bueno, parémosle al mame: digamos que estamos simplemente en México, el lugar donde la ficción es la única realidad. Y fin, ésa es la moraleja, lo único que en realidad nos dice todo el tiempo el Santo, cuando habla por teléfono, cuando liga con las chicas, cuando analiza una pócima maléfica: que México es sólo el viaje de peyote de alguien, que es a veces un viaje culerísimo y asqueroso, lleno de políticos narcos y gente pidendo dinero en los semáforos, y otras tantas el lugar más divertido para pasar por el mundo, un poema, un Homero, un gol del Chicharito. Basta salir a la calle para que las cosas más extrañas comiencen a ocurrir; hace calor, llueve infernalmente, luego hace frío y entonces sales al trabajo pero no sabes nada de nada pues ese día vas a parar en el torito donde vas a pagar tu multa porque tu carro tiene prohibido circular. México parece un terrible lugar para los apostadores y magnífico para los coleccionistas.

A mí me pasó algo el jueves. Salí rumbo a la Cineteca y me topé con que ese día pasaban 3 películas de luchadores y había también una charla con Tinieblas. “Tinieblas” es el mejor nombre que alguien pudo haberse puesto en la vida, me dije, y entré. Es, de hecho, una de las máscaras más identificables de la lucha por su aparición constante en el cine y la televisión, además me enteré que fue pareja del Santo durante los 70 y, claro, que nos entregó el bellísimo concepto del enano luchador con Alushe. Tinieblas tuvo una plática con la audiencia, conducida por The Killer Film, un crítico de cine enmascarado, y narró momentos descabellados, pero a mí ya no me tomó por sorpresa pues había visto una película antes y sabía ya de qué iba todo eso que le llaman la lucha libre, que le llaman cine, que le llaman país fundado y clavado a la tierra con la mentira, el engaño, la esperanza, la ficción: sus inicios como la momia Satán en “Las momias de Guanajuato”, y el hecho de que durante la filmación en efecto la gente lo confundiera con una momia levantada de una tumba; el nacimiento del personaje “Tinieblas”, influenciado por la Guerra de las Galaxias y orquestado por la revista Lucha Libre (la revista fundamental de su género); contó también cuando conoció a Capulina, con el que realizara la serie mítica “Las aventuras de Capulina”, el cual estaba aterrado ante la presencia de Alushe, a quien confundió con un perro; también narró la vez que el fantasma del Santo se le apareció una vez que fue a cenar con la familia de “el profe”, como le llamaban, en San Miguel de Allende.

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A la par del homenaje, ese mismo jueves proyectaron “Las momias de Guanajuato”, joya al estilo Avengers del cine de luchadores pues en ella aparecen el Santo, Blue Demon, Mil Máscaras y, sí, un muy joven Tinieblas como la momia Satán, e “Historias de la Colonia”, donde Tinieblas y Mil Máscaras viajan en el tiempo al s. XVI y pelean contra una bruja mestiza que mata españoles. Salí de ahí con la esperanza de que me diera tiempo de volver el domingo a la cineteca a ver “Santo contra las mujeres vampiro”, me quedé pensando otra vez en este maldito país jodido y tirado a la mierda, y se me ocurrió un texto que terminara con la frase “quien quiera hablar de México, que empiece con una película del Santo”.

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