Mi álbum del mundial: memorias de la clase media

Muchas patadas en las rodillas,
golpes, mordidas y zancadillas.
¡Vivan la sangre, los moretones
la mala leche y los descontones!
(Naftalina, El futbol)

Crecí en un ambiente de clase-media-culta perfectamente estándar: criado al Sur de la Ciudad de México por padres divorciados que daban clase en la UNAM, asistí a una escuela crítica y bienpensante, al terminar secundaria tuve chava en vez de novia y empecé a acostarme con ella(s, me salvó de tener compañera para que poco después Silvio Rodríguez dejara paso libre a Caifanes), milité desde muy joven al cerrar Prepa 6 para salvar la educación pública (creo), y aunque no podía votar, representé a Cárdenas en una casilla durante la elección del 88, estudié en la UNAM una carrera de futuro económico dudoso, debí hacer un postgrado para conseguir chamba, soñé con romper el ciclo… y hoy Iñigo crece al Norte de Cuernavaca, con padres divorciados que dan clase en la UAEM, y es alumno de una escuela crítica y bienpensante donde tampoco lo dejan juntar estampas de futbol ni cambiarlas en el recreo.

Que la medida sea buena o mala no importa, porque “saberlo” requiere una larga, tediosa e inútil discusión sobre lo que es correcto en la educación de un niño, pero en cambio es posible revisar por qué las escuelas para hijos de profe universitario persiguen, desde los años 70, prácticas convivenciales tan importantes en su formación. Por qué nos escandalizamos con el Mundial de Futbol y le sacudimos el polvo a la queja del pan y el circo aunque no sepamos quién fue Juvenal. Por qué, al final, tememos tanto a la idea de disfrutar abierta y relajadamente nuestro propio consumo cultural masivo.

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Parte de las explicaciones que me dieron en casa, hace casi 30 años, tenían que ver con el costo de los álbumes. A fin de cuentas la clase media es, tal cual, un grupo con solvencia económica sin capacidad de despilfarro, y a mi madre le parecía que abrirme un espacio en la secundaria para convivir en igualdad de circunstancias con otros varones de mi edad era un gasto suntuario que además me ponía en riesgo de ser manipulado por los massmedia o de volverme (por contagio) un machín con quien ni ella ni mi hermana tenían por qué convivir.

No tengo, pues, el álbum de México 86 y sí un poco de resentimiento por cómo me salvó (¿?) de ser otro cualquiera; que es una de las mejores cualidades de coleccionar estampitas pues permite juntarse con quien sea e intercambiarlas aunque, en efecto, cueste algo más de los $840 que gasté este año en sobres (más gasolina, casetas y la cuenta del Okupa los martes).
Luego, el problema del dinero es real, pero quizá no el que parece. Un niño de ocho años con mil pesos en la mano es potencialmente peligroso, me queda claro, porque es una mala costumbre a futuro y “habrá que” comprarle un Clío blanco (un Chevy plateado o un Lupo azul) cuando crezca. Pero no es un atentado al presupuesto, y si consideramos que llevarlo al cine (dos boletos, palomas, dos chescos, dos jochos) cuesta trescientos cuarenta pesos, un álbum del Mundial no es tan caro como nuestra mala consciencia lo pinta; aún si supone un gasto ideológico fuerte para más de un/a liberad@.

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Y es que la clase-media-culta es un estándar perfecto de fidelidad a sus propios patrones de conducta, y en ellos finca su idea de normalidad, su “ser como todo mundo” en un mundo donde, en realidad, “clase media culta” no es una suma de valores (solvencia económica y conocimiento amplio de artes, ciencias y deportes) sino una marca aspiracional: asalariados que no vivimos de publicar nuestra obra, habitamos el gris de nuestra lumpenización cultural y así como no compramos abonos para la Ópera porque no nos gusta (o no la entendemos) y nos quejamos de la ubicación y el costo de espectáculos de élite como el Circo del Sol, (ya) no vamos a los masivos gratuitos del Zócalo porque no logramos saber si son más circo y PAN en la Ciudad de la Esperanza o un ejercicio real de difusión cultural… o porque estamos muy viejos para el slam (y los hijos muy chicos para acompañarnos) pero decirlo avergüenza.
No estudiamos en La Sorbona pero idealizamos París (y/o Nueva York) y, en general, la vida en Europa: mitificación paterna, cortazariana y sesentayochera (o sueño Allenígena y aspiración hipster).

No nos alcanzaba para ir cómoda y tranquilamente este año a Brasil, como hizo quien tiene más dinero y no sufre el gasto, o menos rigidez mental y se endeuda feliz sólo por darse el gusto.

Sabernos culturalmente desclasados nos vuelve rencorosos y criticones (hay quien lleva estos rasgos al extremo de escribir columnas sobre divulgación de la ciencia, por ejemplo).
Y en realidad, en el fondo, lo que tenemos es generalmente miedo. Miedo de que nuestros hijos se integren a una práctica masiva ajena al bienpensar con que nos criaron y los estamos criando. Miedo a descubrir que se puede ir a un estadio, e incluso comprar abonos para Pumas durante 2 ó 3 años seguidos, sin por eso perder el SNI. Miedo a tener temas de conversación ajenos a los sesudos análisis políticos (?!) con que llenamos la sobremesa el domingo en comidas de familias que se juntan porque sus hijos van todos a la misma Escuelactiva de la que nosotros salimos y a la que nuestros amigos de prepa se juraron volver viéndonos tan conscientemente educados desde chicos. Miedo a la emoción infantil de lograr algo antes que los otros y que nos dé orgullo, porque competir está mal pero coleccionar conchitas cada vez que se va a la playa es jipi y buenaonderamente correcto porque es gratis (aunque también suponga un rasgo fetichista que, en cambio, pasaremos por alto pues no son tenis de marca sino “hermosos y sencillos objetos naturales”…

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No quiero, de verdad, hacer aquí una alabanza del despilfarro ni promover el consumismo infantil compulsivo; sobre todo, porque tengo un presupuesto limitado y poca disposición a cambiar mis prioridades para solventar deseos ajenos. La compulsión con que perseguimos y condenamos la normalización de nuestros cachorros (en vez de buscar prácticas equilibradas que les permitan convivir con otros niños) me parece en cambio aterradora y, de alguna manera, una posible explicación para la pérdida de peso político que han/mos sufrido los universitarios en los últimos 15 años: desconectados de la realidad mayoritaria, tanto profes como padres que somos esperamos incidir en la educación de los más jóvenes, hijos ajenos o propios, desde el aislamiento y la promoción de una torre de marfil que tampoco es nuestra (porque nos la renta quien recibe nuestro informe anual), pero perdemos la perspectiva a nivel de cancha y nos desilusionamos, sorprendidos, al no encontrar ya eco entre nuestros estudiantes sólo porque, quizá, a ellos sí los dejaron juntar estampas del mundial y tienen cosas distintas que decir… pero nosotros no sabemos escucharlas.

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