Sincronía

No entiendo nada de música. Las palabras y conceptos indispensables como cadencia, ritmo y tono, me son ajenos; podría decirse que sufro de alguna anomalía de origen. Sin embrago, la música –y más el evento escénico- me resulta seductora. Es, por así llamarlo, un lugar vedado que despierta mi interés más genuino: la fascinación que deviene de la ignorancia.

Con esa premisa acudí a la cita: viernes 22 de agosto a las  ocho de la noche en la Sala Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes. Emilio Hinojosa, director musical, y Lorena Mal, artista visual, convocaron a un recital de nombre sencillo Sincronía,  y apellido rimbombante concierto para dos pianos a cuatro manos. Para un ajeno a la música de cámara (olvidemos términos miserables como música culta) la nomenclatura del recital le resulta formidable: ¡cuatro manos en un piano! A una noche así no se debe faltar.

Sin embargo, la premisa del trabajo de los artistas es, sin duda, lo más interesante.

Sincronía, parte de lo más sencillo: ¿cuál es el sonido del ritmo vital de las especies?

Sincro

Si pensamos que el origen del ritmo son los latidos del corazón, marca constante y susceptible a transformaciones, en ellos están escondidos o presupuestados todos los caminos del ritmo, la disonancia y la melodía. El juego, además, es acompañado de un dispositivo visual (una computadora, un proyector y una pantalla), que reafirma el estímulo sonoro: cada nota tiene un color correspondiente; sinestesia, pues. Es en el juego visual, que el espectáculo tiene su pie más corto: un pequeño desfase entre nota e imagen, además de la recurrencia de cuadros, que más que dar un sentido orgánico presentan una cromática cerrada y poco lúdica; y el tamaño de la pantalla, muy pequeña para una boca escena gigantesca, dan la impresión de colocarnos a mitad del camino, como siendo participes de la intención y no del evento terminado. Uno voltea al programa de mano pidiendo alguna explicación.

Tampoco entiendo los movimientos; mi educación musical se definió por la música popular, en la que a cada silencio se le llama fin de la canción, principio de la que sigue.

Emilio Hinojosa posee una sencillez casi republicana; sonríe entre excitación y timidez. Ante la explicación de su compañera, responde con una ruborizada mueca. Su delgada figura es parte fundamental del misterio: ¡miren, es un morro de mi edad dirigiendo a cuatro pianistas mayores! (no quiero verme en la penosa situación de escribirviejos) Una sorpresa para el que no ha sido iniciado en la música, sin duda. Sin embargo, Hinojosa muestra juventud y respeto, es afable en su estancia escénica. Uno susurra en la oscuridad de la sala “sí, es Emilio, es mi compa”, en otro lado se ven los padres orgullosos, los amigos encantados y los espectadores ajenos sorprendidos.

La noche, que comenzó en una nublada tarde, se comprimió en menos de 30 minutos.

Al final no entendí nada; no era necesario.

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