Ayotzinapa (La movilización de escritores e ilustradores)

I

 La reciente movilización, motivada por la exigencia de la aparición de los 43 alumnos de la Escuela Normal Rural “Isidro Raúl Burgos” de Ayotzinapa, es la primera manifestación plural y masiva, en décadas, de nuestra sociedad por ser escuchada y formar parte de la esfera pública en igualdad de circunstancias con aquellos que detentan el poder. La desaparición de los 43 estudiantes es un punto de quiebre de una sociedad llevada al hartazgo por la violencia y el abandono. El primero provocado por el crimen organizado y las autoridades, y el segundo por el Estado, que ha optado por crear la pantomima de las reformas privatizadoras como la solución de los problemas del país y ha omitido de forma criminal su obligación primaria: organizar y promover los medios de producción, la educación, la seguridad. De esta manera es absolutamente válida la frase: “Fue el Estado”. Ya no sólo se trata de enjuiciar al ex alcalde de Iguala José Luis Abarca, y a su esposa, o al ex gobernador del Estado de Guerrero, la búsqueda de justicia es una exigencia popular por los 9,790 desparecidos durante el mandato de Enrique Peña Nieto y los 26 mil 567, desde 2006, en listas que se actualizan día con día. Además de que se abre de par en par la puerta de una corrupción irrefrenable que ha derivado en la aparición de los llamados narco políticos, narco policías, narco jueces, es decir, la aparición total de las instituciones tomadas por el crimen.

Ayotzinapa es la gota que derramó el vaso, y que ha congregado la indignación de distintas generaciones de luchadores sociales, activistas de derechos humanos, estudiantes y población en general. Al comportarse los medios masivos de comunicación como voceros del gobierno, la discusión, la organización y difusión de este movimiento se ha dado principalmente en internet, en portales de crítica política, en las redes sociales. La velocidad con que la información fluye en estos sitios ha requerido la rápida asimilación y respuesta de los activistas, quienes con escepticismo y cinismo han diluido los discursos oficiales que han intentado dar carpetazo al caso. De ahí la aparición de las consignas: “Fue el Estado” y “Ya me cansé”, que han revitalizado la movilización en las calles y el ciberactivismo. Cabe resaltar la dignidad con la que los padres y familiares de los desaparecidos se han desenvuelto, ya sea con el Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, o con Enrique Peña Nieto, al no exhibirse para la foto con ellos, sino exigiéndoles resultados conforme a sus obligaciones públicas y haciendo fuertes señalamientos sobre la corrupción y las instituciones absolutamente intervenidas por el crimen.

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En este sentido, las distintas manifestaciones artísticas han participado decididamente en el repudio a las desapariciones y la violencia en nuestro país. Quizá el ejemplo más evidente resida en #IlustradoresConAyotzinapa, reunión de artistas visuales  que busca, en palabras de Valeria Gallo: “humanizar a los desaparecidos, esos 43 jóvenes que no son una cifra, sino personas. Esos desaparecidos que podríamos ser tú, yo, tu hermano o tu padre. Al apropiarte de sus rasgos, de su rostro, los conviertes en parte de ti”. Así hemos visto circular en diarios nacionales e internacionales, en redes sociales, e incluso en las manos de los familiares, los rostros reinterpretados, renacidos de las manos de los ilustradores en carteles conmovedores. De esta forma, las artes visuales mostraron el camino del arte en estos momentos de penuria, y que se puede sintetizar en lo que Pablo Picasso declaró a un periodista al final de la Segunda Guerra Mundial:  ”¿Qué cree usted que es un artista? ¿Un imbécil que sólo tiene ojos si es pintor, oídos si es músico o una lira que ocupa todo su corazón si es poeta? Bien al contrario, es un ser político, constantemente consciente de los acontecimientos estremecedores, airados o afortunados a los que responde de todas maneras. No, la pintura no se hace para decorar pisos.”

Sin lugar a dudas, #IlustradoresConAyotzinapa es un elemento que ha incidido profundamente para darle un carácter cultural a la movilización, además de que ha puesto en la palestra de diversos artistas en el mundo el caso de los desaparecidos en México.

 

 II

En el caso de la literatura, y específicamente en la poesía, han surgido voces que cuestionan ¿cómo la poesía puede sumar a la movilización? A esto creo que el peor error es la prisa. De la poesía es la asimilación, la reflexión del fenómeno, no la documentación de hechos, como periodista, no ofrecer respuestas como político, porque ya no hay poetas-políticos a la altura de Solón de Atenas (poeta y legislador), quien fue un destacado poeta e hizo posible las reformas para la distribución más justa de los derechos políticos, lo que le dio más poder al pueblo ateniense. Tampoco ofrecer solidaridad o compasión, porque entonces se desarma al poema de su capacidad de confrontar, de su capacidad de revelación. Creo firmemente que los mejores poemas políticos nacen de la reflexión de los hechos y no de la primera impresión o el primer sentimiento. También considero que los poetas que tienen una posición política definida como Pablo Neruda (comunista stalinista), mismo caso que Efraín Huerta, o Ernesto Cardenal (teología de la liberación), han logrado los poemas políticos más trascendentales y entrañables de nuestra tradición.

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Lejos de querer nuclear a los poetas en discusiones bizantinas sobre su desempeño artístico en la movilización, el poeta debe asumir sus obligaciones como ciudadano, como parte de la polis, y actuar en consecuencia, informarse sobre la problemática social y política de nuestro país, salir a las calles, integrarse a la protesta como el resto de la población que se ha sumado y, en todo caso, formar parte del bloque social (léase grupo que se desprende de la sociedad e incide en los asuntos políticos del país) que ya han formado los familiares y compañeros de aula de los desaparecidos, quienes el día de hoy (13 de noviembre de 2014) han anunciado el inicio de las caravanas informativas a través de diversos estados del país, con la intención de difundir la desaparición de los 43 normalistas, así como del resto de los desaparecidos en México, y denunciar la corrupción reinante en todos los niveles de gobierno. El reto es enorme en la medida que se enfrenta a una maquinaria política que se ha convertido en una forma de vida sin distinción de partidos, el PRI de esta forma está en todas las fuerzas políticas e instituciones, todo se tendrá que refundar. En este tenor, se espera el uso de la fuerza pública, por un pretexto u otro con el cual el gobierno pueda lavarse las manos, a esto toda provocación deberá ser evitada.

Sí hay una necesidad de textos inmediatos, de poemas panfletarios, pero estos ya existen y se difunden en las marchas y en las redes sociales: “Fue el Estado” se puede leer como un epigrama (tiene su breve cuerpo, su miel y su aguijón, como Marcial describió este tipo de poemas), o el siguiente dístico que aparece en una pancarta: “Que los dioses te concedan, Peña, todo lo que mereces. / Y a tu ano también”. Estas expresiones espontaneas de personas, no poetas “profesionales”, que incurren en el sentir popular, actúan como presencia de la palabra, de la poesía sin la necesidad de los poetas “profesionales”. El error sería asumir que sin los poetas no hay presencia de la palabra, de la poesía en las movilizaciones. En resumen, que el poeta se asuma como ciudadano, que se informe sobre la problemática social y política, que se integre a la protesta, y, por otra parte, que lleve su tradición de poesía política a las calles. Quizá los poemas sobre los 43 desaparecidos de Ayotzinapa surjan en dos o cinco años, no hay prisa en ello, la prisa es la acción que como ciudadanos podamos provocar no en las instituciones políticas corrompidas o los políticos que necesariamente se aferran al poder, sino en la sociedad en general. Una resistencia, un bloque social en resistencia, que provoque la creación de sus bases políticas, de su posicionamiento político, y genere los cambios desde abajo.

 

 III

Los 43:

Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Periten, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora Venancio, Antonio Santana Maestro, Benjamín Ascencio Bautista, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomás Colón Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonás Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Joshvani Guerrero de la Cruz, Julio César López Patolzin, Julio César Ramírez Nava, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemany Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Saúl Bruno García.

 

 

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