Birdman con /b/ de batería

“Tendría” que verla de nuevo para escribir responsablemente, pero el texto versaría sobre la película. “Debería” confirmar que mi aproximación técnica tiene bases para hablar del (casi) planosecuencia en que (casi) consiste la cinta, y arriesgarme a no decir nada nuevo. Quizá, incluso, hay quien “espera” que abunde en torno a la paternidad y sus representaciones fílmicas (Dad Vader, Narciso en el espacio) aunque ello se vuelva un mismo ensayo con variación de ejemplos, repetido ad infinitum. Al final, decido faltar a mis deberes autoimpuestos, evadir mis obsesiones tanto como pueda, postergar mi formación técnica y compartir lo que recuerdo de Birdman pero, sobre todo, de mi experiencia al verla.

Cuernavaca es, según propaganda gubernamental, la primavera de México pero no (y nunca) su capital cultural: siempre caben las sorpresas cuando se va al cine; por ejemplo, hallar que una película en la que uno piensa como ejemplo comercial standar ‒vamos, nunca “de arte”, cualquier cosa que esto sea, pues se trata del señor González‒ se proyecta únicamente en la sala más cara de la ciudad y en un horario que exige cierto nivel de compromiso: domingo 22:30 hrs, de a cientoveinticinco varos el boleto pero, eso sí, en  un salón con cientoveintitrés butacas cuyo único ocupante seré yo que, consternado, aún me pregunto si una sala platino es “de arte” o nomás “de lujo”, y cuál es su relación real costo/precio, puesto que pueden costear una función individual sin perder un centavo.

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La música amanza a las fieras, sin embargo, y de pronto el meil de la milf con quien salía entonces importa menos: su idea sobre cómo debería (?!) criar a mi hijo y la autoindulgencia con que se refiere a su niña se pierden entre los platillos y tambores del señor Sánchez y yo me siento de vuelta en el Pecime (Ciudad de México al final de los ’80) mirando, extasiado, un Rumblefish cuyo monumental soundtrack muestra lo que un baterista ‒esta vez Stewart Copeland‒ puede ofrecer al cine.

No alcanzo a pensarlo entonces (lo hago ahora, por supuesto) pero en ambos casos creo que el marcaje rítmico de una película tiene un efecto distinto al de los instrumentos melódicos ‒el saxofón de Betty Blue o el piano en Carros de fuego, por ejemplo‒ y que, en esa medida, esta “música que no lo es” agrega a la cinta cosas que de otro modo serían imposibles. Betty enloquece ante Zorg y él no puede hacer nada (¿por qué me parece familiar todo esto?), pero de alguna manera la música de Gabriel Yared consuela y vuelve el proceso menos terrible; casi dulce justamente porque sublima lo más obscuro con un mecanismo que de puro romántico deberíamos juzgar anacrónico y, en cambio, nos sigue gustando porque funciona: sí, ella no sabe quién es o qué quiere y terminará agrediéndolo brutalmente para después sacarse un ojo de puro frustrada, pero su belleza cuando huye corriendo bajo la lluvia en shorts y camiseta de tirantes está empatada a la música y uno termina por creer que está viendo a una musa donde no hay más que una desquiciada.

Sánchez y González ‒como hicieron Copeland y Coppola‒ no ofrecen en cambio estos asideros. La síncopa de la batería incomoda y subraya la sensación de no saber cuán loco se ha vuelto Riggan Thomson: Michael Keaton, convertido en un personaje obligado a luchar con sus fantasmas para “superar” o no su propio Batman, parece alguien en cuya cabeza podría haber miles de sonidos todo el tiempo, ninguno de los cuales es seguro que pueda escuchar nadie más. El sonar de la batería no siempre advierte, pues, que esté a punto de entrar en delirio ni puede relacionarse directamente con el hecho de que Birdman vuelva a hablarle: un soundtrack rítmico no es, por tanto, la última capa de pintura y polish de una cinta bien lograda sino un elemento que dialoga con historia e imágenes.

Por eso es incómodo. Por eso vale la pena. Por eso la historia, como el quehacer cotidiano, tampoco importa: antes de que lo pongamos en perspectiva para narrarlo, antes de que las cosas sean dichas, todo es aquello que ocurre en nuestra cabeza: los lindos diálogos de cada quien con Zig O’Mismo, las fantasías sobre lo que el/la otr@ responderá. El final de la cinta me parece, entonces, discutible: fácil en su aparente ambigüedad pero brillante en su crítica (¿sí es una crítica, verdad Alejandro?) a los mecanismos de la recepción y la consagración mainstreem de una obra por la Crítica, pero injusto con su propio desarrollo episódico porque intenta “cerrar” una supuesta historia que en realidad es una larga anécdota llena de saltos y personajes dejados a medio trazo, gente con muchísimo pasado y poco perfil para consultar en feisbuc.

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Como nosotros.

Como el “ir yendo” que es, justamente, el logro de la cinta: otro con más de treintaycinco años encima enfrentado con qué quiere hacer ahora que es un hombre sin que por eso pueda o deba convertirse en modelo.

González Iñárritu evitó las tentaciones más obvias y no cuenta el divorcio del señor Thomson, su adicción a la coca, la infidelidad a su mujer (no las cuenta pero permite que ella las mencione en una discusión con su ex marido); todo bien: ahora sabemos que no siempre el pasado fue mejor sin que por eso nos ofrezcan un cliché pseudo épico en torno a un adicto recuperado; la(s) historia(s) con (de) Sam, su hija, se bosqueja(n) igualmente en los diálogos. Como pasar, en la película no pasa nada pero sabemos que Riggan tiene, además, conflictos de pareja con Laura (una mujer veinte años menor), nostalgia por su propia inconciencia, envidia de la juventud de Mike Shiner, inseguridad por el cambio de escenario(s)… ¿importa algo de esto? No. Nada se desarrolla o explica pero nada sobra. Ni si quiera creo, en contra de lo que una amiga opinó en una sobremesa, que se trate de una película «mamona y para “intelectuales” [nunca me explicó qué era eso] sobre los pinches conflictos internos de un güey que no se halla, diseñada para darle gusto a ese público que cree que la voz en off tiene ondita»… mi amiga es un juez duro y autoindulgente porque parece haber aceptado que la cinta debía ser algo más que una posible actividad para un domingo por la noche.

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Y no: desde mi perspectiva lo que vale la pena es que todo está puesto pero no explicado; que a pesar del estúpido intento por “cerrarla”, el “final” de la “historia” puede obviarse en favor de la batería y la imagen; que me fue permitido elegir, aunque esa noche sólo fuera qué sillón de piel usaría; que pude subir los pies; que podría haber corrido desnudo por la sala si al final de noviembre no hicieran “tanto frío” en Cuernavaca; que 1989 fue hace mucho y entonces yo entraba a la Universidad, en FyLos, mientras en Alemania tiraban el Muro y Michel Keaton se convertía en Batman por primera vez… pero que, justamente, nada tiene sentido antes de empezar a contarlo ni (siempre) después de ser dicho.

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