Conversaciones con Max Rojas

Max Rojas (ciudad de México, 1940) es, para muchos, un emblema de lo que se denomina como “poeta de culto”; rótulo que, sin embargo, es más una concesión de quienes miran con lejanía o desdén una obra publicada por editoriales independientes o autopublicada en tirajes breves. A partir de la obtención en 2009 del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada, por su libro Memoria de los cuerpos (Cuerpos Uno), inició lo que el mismo Max con su habitual humor negro bautizó como “fama tardía”. Con esto el poeta se refería a una sucesión de invitaciones a festivales literarios nacionales e internacionales, a entrevistas, a la inclusión de sus poemas en antologías, y a nuevas publicaciones de su obra, lo cual terminó abrumándolo, y que paulatinamente derivó en que se negase a toda invitación y a guarecerse a piedra y lodo en su hogar.

Ante los cuestionamientos de ser un “poeta de culto”, Max apunta que en realidad él era un poeta que se había ocultado, que no fue un poeta marginal porque, en realidad, nadie lo marginó, él fue quien se alejó del mundillo literario por no cuadrar con su visión de vida, pese a que en su juventud fue amigo de relevantes escritores como el español Emilio Prados (1899-1962), Juan de la Cabada (1899-1986), José Revueltas (1914-1976), y Efraín Huerta (1914-1982). En este sentido, más que un poeta, Max es fundamentalmente un camarada. Nacido en el seno de una familia comunista, de padre oaxaqueño zapoteco, Jorge Luis Rojas Mendoza, y de madre cubana, Caridad Proenza y Proenza, muy pronto se habituó a la presencia de célebres y anónimos militantes en su hogar. Él mismo se involucró rápidamente en luchas sindicales como el del extinto Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (STERM) que dirigió Rafael Galván. A pesar de, o quizá por esto, Max es un buen amigo para todo aquel que se acerca de manera honesta.

Tras siete años de amistad, que nos ha llevado a viajar juntos a Puebla, Morelos, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y, en el extranjero, a Colombia, nuestra relación se ha basado en largas conversaciones sobre temas disímbolos, que a veces tocan la poesía. En diversas ocasiones estuve tentado a entrevistar a Max, pero de inmediato me di cuenta que mi visión estaba absolutamente marcada por todo lo que habíamos platicado en plan de amigos, asimismo Max no me trataba como su entrevistador, sino como un confidente. Ante este panorama, a finales de 2010 le pedí autorización para grabar nuestras conversaciones, que en la mayoría de las ocasiones discurrían de manera azarosa entre un tema y otro, entre una época y otra, entre un personaje y otro. Esto, sin embargo, no me causaba contrariedad alguna, le idea era retratar a Max, el hombre, y no exclusivamente al poeta. Lo que a continuación reproduzco son dos grabaciones que se extienden en diversas épocas y en torno a diversos personajes de la vida de Max: no es entonces una entrevista que desentrañará su poética, es una plática que nos mostrará al hombre que está detrás de los poemas porque, en este caso, resultan indisolubles la obra y el ser humano.taller de Gráfica Mexicana

ORÍGENES

Iván Cruz Osorio: ¿En dónde naciste, Max?
Max Rojas: Mi casa se ubicaba en la calle de Pánuco #150, entre Guadalquivir y Niágara. La colonia Cuauhtémoc fue una de las primeras que se empezaron a poblar en esa zona, desde luego, viniendo del lado de Insurgentes Centro hacia el Bosque de Chapultepec. Cuando yo nací, en 1940, mi mamá decía que yo había nacido en el Bosque, porque era cierto, ahí se acababa la colonia Cuauhtémoc.
Todavía se encontraba el Río Consulado, ya muy menguado, y yo me iba a leer en las márgenes. Es decir, lo que ahora es el dichoso Circuito Bicentenario era el río; ya existía la Glorieta de Melchor Ocampo, donde en uno de los departamentos cercanos vivían Xavier Guerrero, el penúltimo discípulo directo de Diego Rivera, y su mujer Clarita Porcet, cubana, que vino a México exiliada por los años 30, en la época en que mi madre llegó al país. Una maravilla de gente los dos, a él le decían el mono dormido en la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), porque efectivamente parecía un ídolo azteca, y no hablaba. En el Mercado Abelardo Rodríguez hay cosas de él, y en el cine Ermita, en Avenida Revolución, que ya no existe, había un mural. Años después, yo tendría 18, 19 o 20 años, él murió en mi hombro; lo iba a visitar mucho cuando estaba bien, aunque no notabas que estaba bien porque cuando estaba bien era idéntico que cuando murió.

I.C.O.: ¿Le dio un ataque cardiaco?
M. R.: Probablemente sí, porque tenía una salud de indígena que no podía con ella. Era tequilero, comunista de los buenos, dogmático. Murió en mi hombro.
Hacia esa época, 1958, 1959, yo ingreso al Partido Comunista Mexicano, muy joven, éramos poquísimos y me tocaron de lleno las huelgas ferrocarrileras del 58, la represión, los movimientos independentistas sindicales, muy minoritarios, que son reprimidos también con toda fuerza.

I.C.O.: Cuando Díaz Ordaz era Secretario de Gobernación y el Presidente era López Mateos.
M. R.: Sí, y, bueno, ahí me formo, junto a la educación de izquierda de mis padres.

I.C.O.: Me comentaste que tus padres se habían conocido en una protesta.
M. R.: Debió ser por 1933, en el presídium del Colegio San Idelfonso. Hubo un mitin para despedir las cenizas de Julio Antonio Mella que se enviaban a Cuba. Mella era un dirigente del Partido Comunista Cubano, amante de Tina Modotti, y de varias más, porque el amor libre entre los comunistas era casi como la consigna de todo el poder a los bolcheviques. Es decir, en tiempo de guerra, cualquier hoyo es trinchera. Se encontraban mi padre [Jorge Luis Rojas Mendoza], Juan Marinello, Mirta Aguirre, la urna enfrente de ellos, y de repente llegó la policía y se los llevó a todos a la primera o la segunda Delegación de Policía, la que se encuentra en Revillagigedo y Victoria, que ahí sigue, idéntica, donde tiempo después llevaron a Trotsky. Agarraron la urna, la abrieron y se encontraron con papelito que decía “Je je, los burlamos”. Las cenizas verdaderas estaban en casa de una tía o algo de Emilio Portes Gil, nada menos. Alguien de mi familia le encargo la caja porque eran las “joyas de la familia” e iba a salir de viaje. Los detenidos llegan a la Delegación de Policía y el señor agente del Ministerio Público toma los generales de cada quien y anota después de cada nombre, NH. Y alguien, porque los comunistas no se quedaban callados en ese entonces, eran comunistas claro, no son rosaditos, timoratos como estos de ahora, le pregunta “¿qué quiere decir NH?”, y le responde “Pos que no están ebrios, carajo”. Y ahí se conocieron mi papá y mi mamá.PCM campaña 1979

I.C.O.: Cerca de la Glorieta de Colón, hay una placa, por la calle de Morelos, que indica que ahí murió Mella.
M. R.: Ahí lo asesinaron, en Abraham González y Morelos. En la Plaza de la colonia Tabacalera hay una estatua de él, se hizo después del triunfo de la revolución, por suscripción y con aporte de la embajada cubana. Y todos los años, no sé en que fecha, porque Lourdes Gazol [amiga de juventud de Max] me insiste que vaya, pero a mí no me gustan esas cosas, viene gente de Cuba, el embajador, simpatizantes, hacen una ofrenda y llenan todo ese espacio de flores blancas.
Creo que en casa de Lourdes está el mueble en que años después me encontré el fémur de Julio Antonio Mella. Resulta que cuando muere lo incineran en un horno de leña, el único que había en el Panteón de Dolores, ahora se conoce que hay muchos muertos porque hay hornos crematorios por todos lados. Mella era un atleta, enorme, un mocetón, impresionantemente guapo, fuerte, pero en ese horno crematorio… yo lo viví, todavía niño a los 14 años, cuando incineraron a Frida Kahlo, que el olor del cadáver quemado a leña salía de todos lados, y oías chirriar al cuerpo; pero ese hombre, atleta, el fémur, y era un pinche fémur así, pues no sé cómo diablos fue a dar a mi casa. Muchos años después, ya después del triunfo de la Revolución Cubana, yo sabía que el mueble estaba lleno de periódicos y revisas de la época, me entró la curiosidad y empecé a sacar papeles y papeles, y de repente sale un bulto envuelto en periódicos, lo abro y sale un fémur. Le pregunto a mi papá y me cuenta la historia, lo que quedó, lo que no se quemó, que incluía falanges, dientes, se lo llevaron a la casa, creo que ya vivían juntos mi papá y mi mamá o bueno ya andaban en relaciones, porque también había comunistas pudibundos, y ahí dos tías católicas liberales (que yo llegué a conocer pero murieron muy pronto) con el molcajete empezaron a moler todo lo molible. La casa estaba, sino me equivoco, en las calles de Flora en la colonia Roma. Y llegaron al fémur y dijeron “pal carajo”, entonces lo envolvieron y lo encerraron en el mueble. Ya estaba la Cuba Socialista y entonces de volada lo mandamos al Instituto Julio Antonio Mella, que acababan de crear y cuyo director era un comunista, Fabio Grobart, de la viejísima guardia comunista cubana, y no sé si se conserve en algún lado o qué hicieron con el fémur.

I.C.O.: También me comentaste de tu amistad con el poeta español Emilio Prados.
M. R.: Debió ser a los veinte años cuando conocí y traté mucho a Emilio Prados, esa maravilla de poeta desconocido por desgracia, exiliado en México, que ya era un viejo de cabello blanco, gafas, y sordo como una tapia. Él recibía muy pocas visitas, yo iba con mucha frecuencia, los sábados o domingos, cuando se me antojaba, estaba a seis cuadras de mi casa. En aquel entonces entre Río Pánuco y Río Rhin había una glorieta, lo que es Tíber tenía camellón con árboles y doble sentido, Mississippi, que es la otra grande, tenía camellón con árboles y doble sentido, entraban por Reforma, pasaban por la Diana Cazadora, a la que éste imbécil, no me cuerdo cuál, si Ruíz Cortines o quién, le puso calzones. La modelo era la niña que antes salía en los cerillos de la Central, vestida de tehuana. Él siempre estaba sentado al lado del teléfono, ahí escribía, ahí leía, ahí todo. Le hablaba y le decía “Emilio, soy Max, voy para allá”. Iba para allá y estaba en la ventana, ubicada en el primer piso, bajaba una canastita con la llave, abría y él esperaba en la puerta. Entrabas a una especie de otro mundo, fue marino, era andaluz, todas las lámparas, que tenía muchas, estaban forradas de papel azul o de tela muy ligera azul, uno entraba como a un mundo submarino, que era fabuloso, y a platicar casi a gritos. Es muy probable que él haya conocido algo de lo que yo escribí entonces.

I.C.O.: Debieron ser tus primeros poemas, quizá el primer poema de El turno del aullante, “Las estaciones del olvido”, que fechas de 1958 a 1961.
M. R.: Sí, seguro fue ese poema. Lo que le entregaba siempre lo leía con mucho detenimiento. Muy cerca de ahí vivía un gran crítico de arte mexicano, Jorge Juan Crespo de la Serna, su padre había sido embajador de México en Cuba en la época de Victoriano Huerta, pero era de carrera así que no sufrió represalias. Jorge Juan fue diplomático en Europa, en Cuba misma. Los domingos en la tarde yo me iba a su casa a comer, incluso me quedaba viendo los libros. Jorge Juan y su hijo Gilberto se ponían a jugar ajedrez, y yo a ver libros, y a conversar durante la comida y después de que se echaban su partida. Desde luego, lo que menos tengo es paciencia y para el ajedrez, ni madres. Me decían “Pero si es un juego para intelectuales” y respondía “Yo no soy intelectual. Yo soy un muchacho perverso”. Pero muy, muy agradables veladas en su casa.Encuentro Max Rojas

I.C.O.: ¿Seguiste viendo a Prados hasta su muerte?
M. R.: Sí, más o menos. Por cierto, Emilio, encontró en la hija de los Crespo, Luisa Crespo, un poco desquiciada por decirlo de algún modo, una protectora. Ella le llevaba comida, le lavaba la ropa, lo atendía.

I.C.O.: ¿Prados estaba solo en México?
M. R.: Solo.

I.C.O.: Me podrías platicar acerca de cómo conociste a José Revueltas.
M. R.: Era amigo de mi familia, era muy amigo de mis papas, y a su primera mujer, Olivia Peralta, también la conocí. Y nos llevamos bastante Andrea [hija de José Revueltas] y yo durante una temporada. Andrea es un poco mayor que yo. Vivían en la calle de Mérida, sino mal recuerdo. Había todo un grupo de personas cercanas al Partido Comunista cercanas a mi familia.

I.C.O.: De los hermanos Revueltas, dices que Silvestre es el que más te gusta como artista.
M. R.: Sí. Rosaura, dicen, que era una excelente actriz, pero estaba vetada de todas las compañías cinematográficas. Hizo la película La sal de la tierra. Fermín pintó poco, murió muy joven, es muy poco lo que se conoce de él. Silvestre en cambio tiene una producción musical espléndida, pese a que muere muy joven en una pulquería en las calles de Colombia.

I.C.O.: ¿Y tú relación con Juan de la Cabada?
M. R.: Los últimos años de él fue muy estrecha, iba yo a buscarlo a su casa en la calle de Colima. Nos íbamos a tomar café al Sanborns, y estábamos un par de horas, él platicando sus anécdotas, había conocido a medio mundo. Siempre disparatado, entre la realidad y la ficción toda la vida. Caminaba como barco al garete y así se iba por la banqueta. Él llegó antes que yo a la maternidad cuando nació mi hijo.
Max Rojas, Obra temprana

OBRA

I.C.O.: ¿En qué condiciones surge la primera edición de El Turno del Aullante, la que tú realizaste en 1971?
M. R.: Fueron tiempos muy desesperados. De repente dije: “lo voy a publicar, porque a lo mejor me muero y se queda inédito”. En aquella época había un impresor en la Avenida Bucareli y Ayuntamiento, ahí se publicaban los cuadernos del Quinto Regimiento que editábamos en el Partido Comunista. El impresor de ahí era el único que conocía, así que se lo llevé, y le pregunté: “¿Cuánto me cuesta publicar 100 ejemplares en papel de estraza?” Él me mostró una especie de cartón para la portada y me dijo que en 250 pesos. Acepté. Le dije: “no me llamé para corregir galeras porque no voy a venir, avíseme cuando esté impreso y empaquetado”.
El libro sí tenía una especie de sello editorial en la portada porque fueron los últimos días de lucha del Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (STERM) que dirigía Rafael Galván, una lucha para democratizar la vida sindical, el STERM creó algo que se llamaba CENSOL (Centro de Solidaridad) que no llegó a funcionar porque les dieron en la madre. Entonces le puse CENSOL como una especie de sello editorial. Algunos ejemplares se vendieron, otros los intercambié por libros que me interesaban sobre todo con gentes de la UNAM, otros los regalé, y otros quién sabe qué pasó con ellos. Yo todavía aquí [casa de Max] llegué a ver un ejemplar, pero de repente desapareció en la balumba. El libro tenía muchas erratas y muchas dedicatorias, como que era una especie de testamento así que a todos los que quería en ese momento les dediqué algún poema.

I.C.O.: ¿Entonces la edición debió salir como en agosto de 1971?
M. R.: Aproximadamente, sí. Me imagino que en el momento que terminé “Escrito al borde de los pozos”. Me acuerdo que Carlos Proenza, un primo colombiano y que en esa época se encontraba estudiando en México, me ayudó con 100 pesos para la edición.

I.C.O.: ¿Qué pasó con los poemas que habías escrito antes y que finalmente no formaron parte de El Turno del Aullante?
M. R.: Ninguno salvable, según mi juicio. Y creo que hice bien porque salió un libro parejo en calidad.

I.C.O.: Dentro del contexto de militancia política y movimientos sociales en que vivías, ¿en algún momento surgió algún poema político?
M. R.: Escribí un poema a la muerte del Che y un poema a la muerte de Martin Luther King. A lo mejor no eran poemas tan malos, pero evidentemente no me gustaron. Opté por no seguir esa línea. Cuando era muy joven, y estaba en el Colegio Madrid, escribí un poema a la Guerra Civil Española y otro a Guatemala: Recordad Guatemala y su muerte a pedazos.

I.C.O.: ¿Y cómo surgió el poema X de El turno del aullante?
M. R.: Sé que fue producto de una crisis. Dicen que todos los hombres a los treinta años tenemos la primera crisis. Si es cierto, fue durante mi primera crisis. Pasé como dos semanas bebiendo todos los días sin emborracharme. Y una de esas noches, ya tarde, lo escribí de una sentada. Creo que te dije que sé que tiene una coma o dos de más, ahí siguen. No me atreví a corregirlo. De una sentada y ya, pasó la crisis.

I.C.O.: ¿A mediados de los setenta sólo escribiste el poema “Trenos” o ya habías empezado a escribir Ser en la sombra?
M. R.: Ser en la sombra es de 1975, todos los poemas los escribí en un mes, y no los corregí. Cuando iba a ver a Tere [su esposa] a donde trabajaba en la Comunidad Teológica de México, los escribía en el tranvía. Tomaba un tranvía de mi casa a la Comunidad Teológica, que estaba en San Jerónimo y Revolución, ahí los iba escribiendo. Una hermana de Tere los pasó a máquina, los mandamos al Premio Aguascalientes, y ni madres. Y desde entonces, corté con la poesía hasta Cuerpos, que lo empecé en 2003.

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