El mundo como parodia. Apuntes sobre Canto Castrato de Cesar Aira

La realidad se precipita sin mucha coherencia
César Aira

Hay algo que se nos concede al momento de reírnos de nosotros mismos y es que al instante de parodiarnos el mundo se deforma y podemos aprehenderlo de manera distinta. En una resistencia franca ante la desgracia que nos provoca la incapacidad de asir la esencia de las cosas, la risa es salvoconducto de nuestra ansiedad y entonces el dolor nos descubre desternillados ante su perenne presencia. Algo se nos revela del mundo que en un estado de seriedad absoluta sería imposible ver. Además, existe una voluntad connatural en el hombre por burlarse de sí mismo.

Es verdad que en ciertas épocas es más evidente este ejercicio de voluntad que en otras. No es lo mismo, evidentemente, situarnos en la época clásica donde lo cómico y lo teatral estaban vinculados a ciertos rituales divinos, que en la Edad Media, en que el carnaval es por excelencia la forma máxima de la parodia, pues pertenece a un sentimiento colectivo y no particular:

Los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. Durante el carnaval no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar, porque el carnaval no tiene ninguna frontera espacial. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad. El carnaval posee un carácter universal, es un estado peculiar del mundo: su renacimiento y su renovación en los que cada individuo participa. Esta es la esencia misma del carnaval, y los que intervienen en el regocijo lo experimentan vivamente. (Bajtín, La cultura popular en la Edad Media)

carnaval de Venecia 2009

Por su parte, la modernidad (específicamente los siglos XVII y XVIII) se explica a sí misma a partir de la crítica y la teatralidad como gesto para afrontar la soledad, pues el hombre, al quedarse sin la divinidad como centro, descubre el horror vacui y por lo tanto no tiene otro remedio que hiperbolizar la realidad, llevarla más allá de sí misma: parodiarla|. Es “el teatro del mundo”. Don Quijote y Sancho, Hamlet y Fastalf, la población de Fuenteovejuna, El Tartufo y don Juan, frente a un nuevo orden universal, todos ellos enfrentándose a un lenguaje que se aleja de las cosas que nombra para sopesarlas en una balanza distinta a la cotidiana y que se repliega sobre un nuevo escenario, hablamos pues, del teatro en el mundo.

II
César Aira (Coronel Pringles, 1949) pone a funcionar en Canto Castrato, su primera novela (1984), este mecanismo polivalente de sentidos donde podemos ver una realidad europea de la primera mitad del siglo XVIII carnavalesca, donde el arte, incluido el del espionaje, no deja de ser la máxima expresión de la artificialidad patente en el acontecer cotidiano.

Qué mejor ejemplo que el de un castrato que posee, a diferencia de sus congéneres, una virtud especial para el canto; un ser que es en sí mismo la representación de la dualidad a la que alude Bajtín en La cultura en la Edad Media y en el Renacimiento, un hombre que a su vez interpreta el papel de una mujer, y cuya descripción física es cercana a la de los ángeles:

El Micchino era muy alto, incluso para un castrato. Medía más de dos metros diez y, aunque muy delgado, de huesos sobrenaturalmente estirados, su aspecto era saludable y apuesto, y bien conformado.
Los ojos enormes eran rasgados, muy oscuros. (César Aira, Canto Castrato)

Un gorrión que canta como golondrina y es incapaz de despojarse de ese atuendo que lo conforma (y lo confirma). El Micchino (personaje principal de la novela) una caja china, un artificio que esconde otro artificio, donde su verdadera identidad y la del mundo que lo rodea lejos de encontrarse debajo de cualquier disfraz, se abisma hasta perderse. Camuflar la verdad como una de las bellas artes.

Un personaje que parece todo el tiempo querer alejarse de ese mundo de artificios y, sin embargo, es ahí donde encuentra la manera de evadir ese mundo “real” y al mismo tiempo criticarlo demostrando que existe una línea muy delgada, casi indivisible, entre lo carnavalesco de su mundo subterráneo y la realidad evidente.
Farinelli
El tema es por demás totalmente cervantino y no podía ser de otra manera. El Micchino, al igual que el Quijote, vive en un mundo ajeno, que no concuerda, aparentemente, con el mundo real. El personaje de Aira busca todo el tiempo salirse, dejar su carrera como cantante de ópera, pertenecer al mundo común, pero el mundo evidenciado por el autor es todo una gran puesta en escena. Como el hidalgo manchego logra por un momento hacer que todos aquellos que están a su alrededor entren imperceptiblemente en el mundo de caballerías, el castrato de Aira nos demuestra que el arte sólo es capaz de manifestarse en el mundo en tanto lo representa.

Sobre todo cuando se trata de una realidad que tiende en todo momento a la liberación del espíritu en su forma social más popular: el carnaval. Lo que intenta don Quijote, según Bolívar Echeverría, es poner en escena o teatralizar allí el mundo real de su sobrina, del cura, del bachiller Carrasco, ese mundo de la vida real que le rodea y abruma”. Y más adelante agrega: Si Alonso Quijano se embarca en esta teatralización es porque la realidad de ese mundo realista le duele y le es insoportable, y porque sólo así, transfigurada en la representación, des-realizada y trascendida, puesta en escena como una realidad diferente, le resulta rescatable y vivible.
Picasso, Quijote
Para el Micchino, hombre más adentrado en su tiempo que don Alonso Quijano, no es necesario idealizar un mundo, simplemente necesita evidenciarlo. De ahí también que se canse de llevar la máscara sobre la máscara. Él sabe que no necesita crear mundos posibles, porque el mundo que pretende abandonar en búsqueda de uno distinto es, en realidad y a los ojos del narrador, un reflejo del primero.

III
El mundo de César Aira y en particular el mundo de Canto Castrato, es el mundo de las posibilidades, el de los reflejos. Un lugar propicio para poder reírse de uno mismo sin darse cuenta siquiera. Este libro parece recordarnos que el hombre es la burla ineludible del hombre, es el homo ludens jugando con su realidad y consigo mismo, el hombre, como señala Bajtín, “apuntando a un porvenir incompleto”.Aira en la bañera

Bibliografía
Aira, César, Canto Castrato, Mondadori, Barcelona, 2003.
Bajtín, Mijail, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Alianza, Madrid, 2003.
Contreras, Sandra, Las vueltas de César Aira, Beatriz Viterbo, Argentina, 2002.
Kundera, Milán, El Arte de la novela, Tusquets, México: 2009.

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