Incompletud del léxico masturbal castellano

En conmemoración del Día Internacional de la Mujer

La masturbación es el único arte sexual posible: no suple la realidad, la recrea más intensamente.

Antonio Armonía: Manual de Manuela, p. 8

Chaqueta, chaira, manola, puñeta, jalada, pelársela, cascarlo, placer (o vicio) solitario (aunque el uso de uno y otro epíteto dice más de la pericia técnica de quien lo enuncia que del acto en sí), acto sexual incompleto (Doktor Fröid dix it… ¡pero qué imaginación más pobre!), paja… La lista de nombres que substituyen masturbación (“estimulación de los órganos genitales o de zonas erógenas con la mano o por otro medio para proporcionar goce sexual”, vid DRAE sub voce) no resulta, llegados a este punto, tan larga como imaginé en un principio pero aún llama la atención el hecho de que, entre los listados, ninguno parece remitir directamente a las caricias que las mujeres puedan prodigarse a sí mismas; la duda necesaria sería, entonces, si ellas también se chaquetean… y sin embargo, como plantearla en términos tan llanos es más pueril que incisivo, he de asumir que sí, que lo hacen; que con suerte desarrollan las mismas dotes que el onanista más avezado; y que finalmente, si no hay palabras que designen directamente sus más íntimos haceres es porque un falso pudor nos impide decir públicamente cuántas veces las hemos imaginado entregadas a esta amable atención consigo mismas y cómo, en general, cuando el pensamiento nos ha rondado un rato, debemos atender a nuestra propia e imperiosa (t)urgencia, si tan palmario juego de palabras cabe ahora.

¿Cuál es el misterio que encierra entonces a la masturbación femenina? ¿Por qué no tiene nombre propio? ¿O es sólo que no pregunté a las informantes adecuadas y en realidad existe un rico (y abundante) léxico al respecto que, como tantas otras cosas en la vida de las implicadas, es de conocimiento reservado a quienes participan de ella; es decir, para las mismas mujeres? Ni idea… Y que una futura encuesta muestre a posteriori la certeza o no de este aserto importa menos, por supuesto, que el ver de pronto y con claridad meridiana cómo mientras la masturbación masculina puede ser un práctica tan social como jugar a las canicas o pasar la tarde en un billar con los amigos, las niñas (que lo fueron cuando con once o doce años los varones iniciamos nuestra propia exploración) no se masturban en grupo (y si lo hacen no lo dicen) mientras los hombres sí; y conste que he dicho “los hombres”, en vez de “nosotros”, por no incluir al(a) amable lector(a) en tan desparpajado grupo sin saber antes cuál es su sexo, y no porque traiga entre manos algo que ocultar.

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Sociabilidad de la perversión, entonces; o camaradería en el puberto consumo inicial de pornografía, sin ser tema de sobremesa ni asunto por compartir con el abuelo cuando éste pregunta “¿cómo andas, muchacho?”, la chaqueta no tiene más límite en su viril manifestación conversacional que el determinado por las circunstancias y el pudor de cada uno; quedando siempre abierta la posibilidad de intercambiar tips (la cara interna de la piel de un mango cual ventajosa competencia de la dermis púbica ajena) o advertir contra males posibles que, constatados o no por la propia experiencia, resultan casi tan provocativos como amenazantes y de cuyos detalles no daré cuenta para no turbar más la imaginación de quien lee con ideas sobre gelatinas secuestradas del refri, el mejor aprovechamiento de la extremidad entumecida sin que importe lo espontáneo o no de su estado (id est, “la de la mano del muerto”) pero sin prever tampoco que su abuso conduce a la gangrena y ésta a la amputación inmediata, los picores salvajes que provoca el Vic Vaporub, el ardor de la uretra cuando el shampoo no se usa con cuidado o las posibles laceraciones cutáneas con hilo dental, estambres diversos o la cadenita en que normalmente cuelga una medalla de la Virgen por mentar sólo y a vuelo de pájaro los más comunes.

Que las mujeres hablen o no entre ellas de cómo o con qué, cuándo, dónde, por qué o a qué fines se masturban resultaría entonces tan inane como otorgar alguna importancia a las conversaciones entre varones al respecto, si no fuera por dos pequeños detalles que la Historia de la Cultura intenta pasar por alto y hoy me encuentro en posición de desvelar, merced a la amable colaboración de la musa que me echó la mano para escribir esto y cuya natural curiosidad la había llevado antes a consultar “Vibrador” en la Wikipedia, ahorrándome un gran esfuerzo documental; minucias, entonces, que muestran cómo, primero: la masturbación femenina fue considerada en su momento el tratamiento necesario para la histeria, catalogada entonces como enfermedad y no mera referencia a los cambios de ánimo repentinos o la poca capacidad para lidiar con la frustración característicos de esta clase de mujeres; y segundo, los catálogos de tiendas tan comprometidas con el bienestar familiar como pueda serlo Sears Roebuck & Co. incluyeron, al menos durante las primeras décadas del siglo XX, dildos cuyas fotografías y descripciones compartían página con máquinas de coser, batidores, lámparas, radiadores, ventiladores y demás enseres aptos para la feliz domesticidad y convivencia de la clase media porque, se sabe, una mamá contenta tiene mejor sazón.

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Así convertida en asunto de salud pública, la satisfacción sexual femenina condujo entonces a crear el vibrador como arma de combate contra la histeria. Invención que obedece tanto a la actitud samaritana de Joseph Mortimer Granville, médico bretón que hacia 1880 genera los primero modelos, como al cansancio experimentado por él y sus colegas, quienes por ese tiempo hacían el trabajo a mano brindando a sus pacientes puntual masaje dactilar ‒quizá sólo con la yema de los dedos aunque completos sean más eficaces‒ para “obligarlas al paroxismo histérico”… id est, para desinhibir su capacidad de aprendizaje y que dieran rienda suelta a su líbido… o sea, para contribuir a que alcanzaran el orgasmo o, cuando menos, para hacerlas venirse tan ricamente como de pronto pudieran, en un llamativo vaivén cultural donde las mismas instituciones que las reprimieron al punto de la anorgasmia ‒que pese al lindo nombre no alude a felices clímax por estimulación rectal, ampliamente recomendables para ellos y ellas tanto entonces como ahora, sino a su inhibición recurrente‒ enfrentaban ahora este problema de las mujeres haciéndolas, de nuevo, objeto de sus cuidados… Punto éste en que suplico al(a) lector(a) que vuelva la mirada al Levítico (19:18) y el evangelio de Lucas (10:25-37), se plantee nuevamente aquello de amar a la próxima como a sí y, mucho más importantemente, note que parece más plausible explicarse el origen del invento por el deseo de control del Dr. Granville que argüir su deseo por (el bienestar de) unas mujeres que no quería tocar más pero a quienes, claramente, tampoco imaginaba tocándose solas (ni acompañadas ni a solas). Misma reacción de la sociedad yankee que aceptó la masturbación femenina y el comercio con aparatos cuya existencia misma la asumía y pregonaba (casi) con libertad, exclusiva y únicamente mientras pudo justificarlos como terapia; expediente al que habría de renunciar en 1952 cuando su propia Asociación de Psiquiatría descatalogó la histeria como enfermedad, hizo con ello ilegítimo que las mujeres fueran al médico para ser masturbadas y convirtió los bonitos vibradores eléctricos que Hamilton Beach lanzó al mercado en 1902 (de modo que fueron el sexto electrodoméstico de la historia, diez años antes que la plancha de ropa) en juguetes sexuales que, como tales, fueron proscritos de las revistas femeninas, catálogos, y almacenes familiares porque, de golpe, todos parecieron recordar el buen consejo de sus propias madres sobre cómo “con la comida no se juega”… supongo.

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¿Es, entonces, nacer mujer en el tercer mundo, en realidad, una ventaja? Parece serlo y caben, pues, algunas preguntas consecuentes como, por ejemplo si las mexicanas contemporáneas (que cuando menos ya alcanzaron la pubertad) son más libres para tocarse porque sus abuelas no tuvieron que heredarles sus vibradores en secreto. Si éstas no querían que hubiera pleitos al repartir sus bienes. Si dejaron de hacerlo ‒heredar a sus nietas los dildos en cuestión, no masturbarse‒ por un prurito moral igualmente desconocido por nosotros, potenciales primos de las desheredadas en cuestión. Si, al contrario, no lo hicieron por puro egoísmo, pues aún los usaban tras pasados los sesenta y nueve o setenta años. Si prefirieron que, una vez muertas, sus nietas no pudieran saber realmente quién era su favorita porque nadie había recibido a Pancho junto con los aretes de granate. Si se abstuvieron de propagar el mal o se reservaron el gusto e , incluso, si ellas sí tuvieron LA conversación que abuelos (y padres) nos deben y, llenas de simpatía por el despuntar de unas pequeñas tetas que les recordaron las propias tantos años atrás, alguna vez preguntaron: “¿quihubo, m’hija: ya sabe darle de comer al conejito?”.

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Misterio. Misterio y contraste con la que, creo, es verdad meridiana sobre cómo estas mujeres tienen en sus manos el futuro del país y, con él, el de las otras mujeres y hombres que deberán llevar la Patria a florecer (y ruborizarse), buscando el engrandecimiento de la nación (y su esparcimiento adulto) para que el día de mañana a nadie falte un orgasmo que llevarse a la boca (esto es, que todos podamos gemir placentera y ronroneantemente), satisfechas de esparcir la buena nueva de que irse o volver es asunto individual, pero ciertas de que la buena disposición que ellas y nosotros mostremos para echarnos una mano podrá mejorar nuestra convivencia, reforzar amistades incipientes o antiguas, fortalecer equipos de trabajo o dejarnos, sencillamente, content@s de saber que somos útiles a nuestr@s semejantes incluso si en nada semejan a nuestras personas por ser miembros de sexos opuestos… aunque, si hay suerte, devengan feliz, manual, creativa y artísticamente encontrados.

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