Todo ha sido una suposición

Supusimos que el tirano fue un buen gobernante. Supusimos que el levantamiento armado, per se, nos otorgaría ciudadanía, justicia e igualdad. Supusimos que la creación de las instituciones nos llevaría por el camino del desarrollo educativo, científico e industrial. Supusimos que nuestros productos del nacionalismo turístico nos darían identidad. Supusimos que la alternancia del poder nos arrojaría al luminoso valle de la democracia. Supusimos que al salir a las calles nos haríamos escuchar. Supusimos (y quizá haya apenas unas piedras de razón en todo el escombro de nuestra idea de la patria, rimbombante palabra que hincha el corazón del nacionalista) todo esto. Quizá es más complicado. Supongo.

Revo 3

La Plaza de la República es la antípoda del Zócalo de la Ciudad de México. Según el sueño porfirista, ambas plazas se verían desde los extremos del primer cuadro de la capital mexicana. La primera, sede del poder supremo y la robusta catedral de un país católico; la segunda, alojaría al Parlamento de la nación (palabra extraña en un país que era gobernado por el monólogo del General Díaz). Nunca sucedió el plan.

Apenas unos años después del inicio de su construcción, surgió el levantamiento armado de la Revolución. El relato nacional, tan cercano al melodrama, nos educa en una revolución, quizá le llaman así a esa revoltura de opiniones, traiciones y balas. La obra quedó en vigas y planos.

Los triunfadores supusieron que el esbozo de acero sería el mejor trofeo para su hazaña. Supusieron mal: el “monumento” a su victoria son escombros del pasado del dictador. Quizá, y sólo es suposición, la cúpula de acero y piedra es el signo: las cosas no cambiaron, sólo los nombres, y algunos, de los que han gobernado este país.

Revo 1

Supongo porque sólo falta ir un sábado al renovado monumento. El proyecto es de una sobriedad destacable. La plaza es sitio público (aunque suene a redundancia), y por ella transitan trabajadores, oficinistas, turistas, funcionarios, legisladores, empresarios, quinceañeras con chillantes vestidos de merengue y azúcar glas. También, hay un campamento con alguna demanda escrita en cartulinas amarillas, y una guitarra que toca los lamentos de la trova latinoamericana. Supongo que esta mezcla es México.

Pero hay algo oscuro, terrible. Si un millón de mexicanos murieron en la lucha armada (“gesta heroica”, se lee en los discursos oficiales) para que las bondades del progreso y la justicia social llegaran a más mexicanos, su sacrificio fue un rotundo fracaso, y no es suposición.

La división por motivos de renta lastima: para subir al paseo del monumento se necesitan 100 pesos por persona, el paquete incluye el museo, los cimientos, las entrañas de las columnas, el mirador y la punta más alta de la tarta de cobre. Cuántas cosas por tan sólo 100 pesos. Sólo 100, no es mucho, supone cualquiera.

Revo 5

Lo cierto es que la división se marca, ofende. Abajo, en la bella fuente a piso que tiene la plaza, decenas de familias se divierten con la más sencilla de las atracciones: el agua (ay, otra que suponemos ya no será nuestra). Uno mira y escucha: “ya no te mojes, no te vas a ir así en el metro”. “Tápate, m’hija”. “Échate una torta y después te sigues bañando”. Al final un niño pregunta a la madre: “¿Cuándo vamos a subir? ¿Cuándo?” La respuesta es silencio. Sólo hay que recordar la cifra: a 62 millones de mexicanos su sueldo no les alcanza para la despensa. El lujo de la atracción revolucionaria es imposible. Otra vez dueños y peones.

Absurdo monumento para absurda revolución. Otro signo: desde lo alto se miran los edificios, se oculta la miseria de la periferia. Se mira el brillo de nuestras instituciones, obesas e inmóviles, se esconden el hambre y la miseria.

Revo 4

Entre el Zócalo y la Plaza de la República están Juárez y Madero, las calles, pues. La noche cae y en la plancha republicana la luz baila a chorros de agua. Otra vez el niño no pudo subir al mirador. Mañana tiene examen sobre los héroes que nos dieron patria y libertad, igualdad y justicia; mucha cosa para un país que no le garantiza lo sustancial: la diversión y el acceso.

Esto no fue nada, supongo.

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