#CasoClínico. Oliver Sacks, una despedida al clínico freaky del que me enamoré

Texto publicado en NoFM Radio

En una clase de psicofisiología teníamos un profesor medio raro, muy largo y de ojos azules que le gustaba empezar la clase leyendo poesía, nos recomendaba beber una copa de vino tinto antes de tener sexo y alguna vez recuerdo que sacó a bailar a una compañera en el centro del salón a ritmo de vals. Eran cuatro horas a la semana de aprender nombres de regiones del cerebro en una atmósfera medio salida de Twin Peaks. Hace unos años me lo encontré en el súper y me dijo que no era él, que era su gemelo. Detalles. Este maestro locochón también fue el primero que me habló de Oliver Sacks aunque después me vine a enterar que ya lo conocía.

Oliver Sacks es un neurólogo y escritor que se hizo muy famoso por publicar varios libros sobre casos clínicos de pacientes con desórdenes neurológicos. En 1973 escribió Awakenings (Despertares) sobre un estudio que realizó de una droga experimental para tratar pacientes con encefalitis letárgica, enfermedad que ataca el cerebro dejando a los afectados en un estado de semi-inconsciencia y sin poder hablar o moverse. Si les suena conocido es porque hay una película noventera con Robin Williams y Robert De Niro que está basada en este caso, un grupo de víctimas de la epidemia que hubo en los 20 de esta forma atípica de encefalitis y su “despertar” temporal por los efectos de la L- dopa.

SacksRobin

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero es el nombre de otro de sus libros que fue con el que yo me enamoré de Oliver Sacks. En la clase del maestro locochón de psicofisiología estudiábamos sobre las agnosias y nos platicó del caso que da nombre al libro, un tal Dr. P que era músico, cantante y profesor. Su padecimiento era desconcertante y a veces cómico porque comenzó a confundir las caras de sus alumnos e incluso, en ocasiones encontraba caras donde no las había (y entonces le daba palmaditas en la “cabeza” a parquímetros pensando que eran niños). Otras funciones cognitivas no estaban afectadas y los errores eran tan ridículos (e ingeniosos como los describe Sacks) que el Dr. P no los tomó como serios en un principio pero después le fueron complicando hasta hacerse bastante problemáticos.

Además de este caso encontramos otros más en ese libro con temas tan fascinantes como las reminiscencias espontáneas, pérdidas del equilibrio raras, el caso de una mujer que súbitamente pierde la sensación de la posición de las partes de su cuerpo, unos gemelos autistas que juegan a encontrar números primos grandísimos, un tipo que después de ponerse un fiestón loco de anfetaminas, cocaína y PCP despierta (además de muy crudo) con un sentido del olfato tremendamente aumentado y muchas cosas muy extrañas que ocurren en los maravillosos cerebros de sus pacientes.

musicophilia

Una de las críticas que recibió Oliver Sacks a su trabajo fue que presentaba básicamente un freak show y que explotaba a sus pacientes para escribir sobre ellos, pero yo creo que al contrario, se dedicó a rescatar historias de gente excepcional desde un punto de vista mucho más humanista que lo que la ciencia médica lo ha hecho jamás. Ese es para mí su gran acierto, acercarse al paciente, contar su historia y cómo se enfrenta a su padecimiento. Sacks dice en el prefacio de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero:

En un historial clínico riguroso no hay «sujeto»; los historiales clínicos modernos aluden al sujeto con una frase rápida («hembra albina trisómica de 21»), que podría aplicarse igual a una rata que a un ser humano.

Oliver Sacks escribe pequeños cuentitos de sus casos con lo que te introduce al mundo mágico de maravillas extrañas y misteriosas que ocurren en los cerebros de sus pacientes con desórdenes neurológicos pero al mismo tiempo reflexiona sobre qué ocurre en los cerebros de nosotros los “sanos”, y eso cómo tiene que ver con nuestra identidad, personalidad y en general en el flujo interminable de ideas en nuestro mundo interno y de la relación con “la realidad”.

Sobre “la realidad” (que me encanta poner entre comillas) reflexiona bastante en su libro Alucinaciones donde explica que en términos de la actividad cerebral, es muy delgada la línea que podría separar una alucinación, una percepción distorsionada y una “real”. Trae el ejemplo de una mujer que al quedar completamente ciega se negaba a aceptar su diagnóstico porque continuaba viendo, esto debido al síndrome de Charles Bonnet, el cual describe que el paciente al perder la percepción del mundo exterior sustituye esa “realidad” con una creada únicamente por su cerebro a través de alucinaciones que suelen ser agradables. En una entrevista recuerda que esta paciente se sintió muy aliviada de conocer sobre este síndrome ya que significaba que no estaba enloqueciendo. En este libro además de narrar otros casos muy interesantes sobre pacientes con alucinaciones, nos cuenta de sus propias experiencias en el alucine, algunas debidas a la pérdida de la visión que tuvo en el ojo derecho a raíz de un melanóma ocular y otras que ocurrieron de forma deliberada mediante el consumo de coctéles de drogas. Una que me pareció muy interesante narra que ocurrió cuando se hizo el propósito de alucinar con un color en particular: el índigo, (que es introducido junto con el naranja en el espectro cromático por Isaac Newton para tener 7 colores al igual que 7 notas de la escala mayor). Oliver Sacks cuenta que tomó un coctel de anfetaminas, LSD y marihuana, luego se concentró en ese color tan especial entre azul y violeta hasta que lo tuvo frente a sus ojos, una materia etérea índigo se presentó unos segundos en este mundo pero como ocurre siempre con las ilusiones al quererla tomar entre sus manos desapareció. Comenta también que sólo una vez más vio ese color tan hermoso en una pieza de lapislázuli en un museo sobre Egipto, pero luego vio otra cosa y al regresar la mirada, el color se había ido una vez más (el flash-back de ácido que le llaman los jóvenes).

Oliver Sacks ha escrito varios libros que exploran con esa mirada curiosa “la realidad” y el misterio de nuestros cerebros a través de su narrativa basada en casos clínicos de pacientes reales (y además les pone títulos increíbles): Un antropólogo en Marte, Veo una voz, La isla de los daltónicos, El tío Tungsteno: recuerdos de un químico precoz, Oaxaca journal, etc. También es escritor regular en algunas publicaciones como el New Yorker y fue profesor de neurología y psiquiatría en Columbia y en la escuela de medicina de NYU.

Otra de sus curiosidades es que es un apasionado de la química y le gusta pensar su edad en términos del número atómico de los elementos en la tabla periódica. En su cumpleaños 80 (hace menos de 2 años) escribía en el New York Times: “Soñé con mercurio, grandes glóbulos de azogue flotando” para luego recordar que el mercurio es el elemento con el número atómico de su edad. En ese texto titulado The Joy of Old Age (No Kidding) nos habla sobre la dicha que viene con la edad, la felicidad que le produce el no estar muerto. Recuerda un episodio de su vida cuando a los 41 años se rompe una pierna mientras escalaba una montaña sólo, dice que tuvo que arrastrarse torpemente hasta bajar de aquella montaña durante largas horas en las que creía que iba a morir. Su mente se vio inundada de recuerdos buenos y malos pero que lo principal era un sentimiento de gratitud por todo lo que había recibido de la vida y por saber que había podido él también compartir muchas cosas con el mundo. Se arrepiente un poco de perder tanto el tiempo y de ser tan tímido (nunca se casó ni tuvo parejas conocidas y él dice ser célibe). También comenta que se sentía muy afortunado de a sus 80 años seguir amando y trabajando, las dos cosas más importantes en la vida según Freud.

Sacks

La semana pasada publicó otra carta en el mismo periódico anunciando que tiene un cancer terminal y le quedan meses de vida. Al enterarme de la noticia me sentí muy triste, pero al leer en él un enorme optimismo y gratitud me sentí al borde de las lágrimas, un escritor increíble que me llevó a conocer recovecos de la mente humana ahora se despide de la vida:

Me encuentro intensamente vivo y quiero y espero que el tiempo que me quede por vivir me permita profundizar mis amistades, despedirme de aquellos a los que quiero, escribir más, viajar si tengo la fuerza suficiente, alcanzar nuevos niveles de conocimiento y comprensión. Esto incluirá audacia, claridad y hablar con franqueza; trataré de ajustar mis cuentas con el mundo. Pero también tendré tiempo para divertirme (incluso para hacer alguna estupidez).

Profundamente agradecido por la aventura de vivir nos confiesa que no es sin miedo que recibe a la muerte pero ante ella lo único que le queda es sentir esa gratitud por haber amado, por haber recibido mucho y haber dejado algo en regreso, por haber leído, viajado y escrito. También dice : “I have had an intercourse with the world, the special intercourse of writers and readers”, y eso me lo tomé muy personal porque yo les confieso que me enamoré y gocé de leerlo en su infinita curiosidad por la mente humana, una pasión que compartimos.

 

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