Unas palabras sobre el adelantado Emiliano González (primera de dos partes

El año en que cumplió veintitrés, 1978, Emiliano González recibió el premio Xavier Villaurrutia en la categoría de cuento por Los sueños de la Bella Durmiente. Era, y sigue siendo, la persona más joven en ganarlo. Antes ya había editado una antología de cuentos, Miedo en castellano (a los 18), y había sido becario del Centro Mexicano de Escritores, en donde desarrolló el volumen premiado. En esa época, el premio Villaurrutia se entregaba, no sé si por regla o por costumbre, a cuatro ganadores por año, en las categorías de cuento, poesía, novela y ensayo. Se puede pensar entonces que era más fácil, sólo competía con los cuentistas. Y el jurado de esa ocasión (sería interesante saber quiénes lo conformaron) tenía una sensibilidad afín a la suya: el premio de ensayo se lo otorgaron a El riesgo del placer, de Ulalume González de León, otra escritora anómala en el panorama de las letras mexicanas. Ambos son libros mixtos: el de Ulalume es de ensayo y traducción de poesía y prosa de Lewis Carroll, y el de Emiliano es un tejido de cuentos con poemas que abrevan, todos, de la tradición finisecular: E. T. A. Hoffmann, Poe, Lovecraft, Arthur Machen, de los malditos franceses y de los malditos mexicanos (y de Borges). Fantasmas, médiums, vampiros, espejos, asfódelos, sombras, sueños, reflejos y repeticiones; púberes nenúfares, chinos, asesinos en hachís, hadas madrinas y Dante Gabriel Rossetti, un coctel poco visto.

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Aun con la afinidad del jurado, y con la generosidad de los organizadores (¿sería la bonanza petrolera?), es innegable el mérito del libro, y lo sorpresiva que fue su aparición en las más altas esferas del mundo de las letras mexicanas. Treinta y seis años después, es igual de sorpresiva su desaparición. ¿Qué fue del joven estrella que tomó por asalto el Villaurrutia? ¿Por qué no se estudia en las escuelas?

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Sería tentador inventarle una leyenda a lo maldito, a lo Rimbaud, “dejó de escribir y se perdió en la selva”. Seguro le divertiría la idea. Pero no, siguió escribiendo, sosegadamente, y al parecer la pasa muy bien. ¿Pero entonces qué pasó? ¿Por qué no es famoso? Quién sabe. Mi impresión es que no le interesa. O no lo suficiente como para estar yendo a congresos, dando cursos, presentando libros, reseñando, opinando, y, en fin, inserto en la vida literaria. Los sueños de la Bella Durmiente lo publicó Joaquín Mortíz, quizá porque era becario del CME. Más adelante publicó La inocencia hereditaria en Ediciones Mester, con Orso Arreola como editor, pero con un tiraje de 500 ejemplares, por ejemplo, o el primer volumen (ignoro si haya aparecido el segundo) de su Historia mágica de la literatura con Editora y Distribuidora Azteca, que nunca antes (ni después) escuché nombrar. En 2009 apareció una colección suya de ensayos (Ensayos, para que no haya pierde), editada por el Fondo de Cultura Económica, así que tampoco es que las grandes editoriales le cierren el paso.

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Miguel Lupián, en una semblanza muy reciente que salió en LadoB, y que sirve mucho mejor que este texto para conocer al autor, apunta a una teoría que he oído y leído mucho, a partir de la década pasada: que la tradición de la literatura fantástica en México es menospreciada, que se le cierran puertas, que tiene que circular en fanzines y pdfs. Esta idea no me convence, porque ahí están Salvador Elizondo, Hugo Hiriart, Juan José Arreola, Carlos Fuentes con Aura, y muchos ejemplos más de literatura fantástica bien canonizada. El mismísimo Juan Rulfo escribió una novela de fantasmas, como dice Alberto Chimal. En cuanto al ninguneo, uno de los pocos textos sobre Emiliano González que encontré fue de Christopher Domínguez Michael, que se ha convertido en el guardián del canon, y es francamente elogioso. Mi impresión, más bien, es que no hay una tradición de la literatura fantástica mexicana, como tal. Hay escritores que escriben textos fantásticos, y siempre los ha habido, pero no se conciben como “escritores de lo fantástico”, ni la crítica los estima así. O, mejor dicho, no la había. Es mi impresión que precisamente con el reclamo de una apertura crítica hacia la literatura fantástica, con reclamar a Rulfo, a Elizondo, a Alfonso Reyes, a Amado Nervo y a Rubén Darío como escritores del género (tómese ampliamente, no me quiero meter en el embrollo de la “literatura de género” y los géneros literarios) se está constituyendo una tradición de lo fantástico mexicano; o ya está bien constituida, depende cuánto tarde la gelatina en cuajar. Como decía Borges, uno hace a sus antecesores. Y del mismo modo en que Rafael Bernal pasó de ser un señor que hizo una novela de intriga situada en el barrio chino de la Ciudad de México a ser el precursor de la novela policiaca mexicana, Emiliano González, que ya es figura tutelar de quienes escriben literatura fantástica, tarde o temprano terminará siendo para el público quien catalizó el género fantástico en estas tierras.

Foto destacada: penumbria.net

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