Archivo Negro de la Poesía Mexicana

Close your eyes! Close ‘em! Now, describe what you see
John Keating

La idea misma de un archivo negro remite a una memoria negada y suena a registro parapoliciaco, creo; a mal guardado secreto que por lo mismo se niega: “Echeverría no dio la órden de disparar en Tlatelolco”, por ejemplo. Sabemos que lo hizo sin poder mostrarlo y justo eso es lo que construye nuestra memoria como mexicanos: acusar recibo de que la Historia se cuenta siempre de lado, con el ángulo y la luz necesarios para que destaque el personaje conveniente mientras los incómodos se quedan un poco a la sombra, como sin querer, casi casualmente porque eligieron (?) estar ahí al hacer la foto cuando, en realidad, quien disparó (la cámara) tomó ya todas las decisiones del caso… La nueva colección de Malpaís es importante, entonces, justamente porque es un (re)cuento sobre poetas que no tantos conocen/mos pero que se cuidó de no hacer monumentos al poema desconocido en un país donde, claramente, la desaparición de la poesía no es por desgracia distinta a otras que ocurren.

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Mis problemas empiezan al pensar que son diez poemarios y debería reseñarlos en tres cuartillas. ¿Puedo? No, ni sería útil. Intento, pues, hablar de los libros y su factura como soportes de esta larga serie de cantos que, de momento y por desgracia, no puedo compartir y tengo otro problema, ahora de método: durante la presentación (abril 14, Facultad de Filosofía y Letras) los editores sostuvieron que han publicado lo que creen necesario, no lo injustamente excluido por el canon ni lo justicieramente cobijado en uno paralelo que pudiera proponerse con base en la colección, no (sólo) lo que haya sido condenado por la crítica, más que sus gustos personales y menos de lo que querrían…

¡Bien! Un criterio que, tan arbitrario como cualquiera, tiene la gran ventaja (o así me parece) de apelar a un gusto consensuado y no a una ecuación erudita. No hay entonces, parece, otro criterio que ser toda poesía mexicana del siglo XX, pero ciertamente éste es también, por lo mismo, un engaño colorido: Poesía Mexicana del XX significa en este caso ninguna otra forma que el verso libre; diez introducciones más o menos largas (16 cuartillas de Manuel Iris sobre Carlos Isla, 42 de Alejandro Higashi en torno a Los danzantes espacios estatuarios) que se incluyen bibliografías mínimas y semblanzas biográficas que alguna vez son más extensas que la obra misma; poema(rio)s separados siempre por un par de folios en negro donde se indica con base en qué edición se prepara la presente; ochos poetas muertos y dos vivos que, como tales, intervienen en la edición de su material; poemas que se publicaron durante los ochenta años que median de 1924 hasta hace once, cuando se publicó por primera vez un libro que ahora reeditan; dos autores nacidos en el XIX, tres del primer tercio de siglo, los restantes de los años 40: hombres que pudieron ser mi padre pero ninguna mujer y, en general, un conjunto de obras dominado por primeras publicaciones hechas en la década de 1980 que, de golpe, se ve ingratamente lejos pues Sangre roja cumple 35 este año.

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Muchos números. ¿Qué más puedo ofrecer? Admiración, por ejemplo, ante la sencillez con que los libros están resueltos: me gustan el diseño y las ilustraciones, siento cómoda la mano al sostener un libro del tamaño de un teléfono grande y las cajas tipográficas dejan espacio suficiente para que empiece a hacer notas en cuanto pueda sentarme a leerlos todos; en cuanto termine de contar esto.

Festejo también el alcance del trabajo colaborativo: la mano de quienes forman el seminario de investigación Poesía Mexicana Contemporánea en la UNAM, lo que ello tenga (o no) de uniforme y la forma en que conduce al desconcierto por lo que se hizo (o no) al preparar las introducciones y la edición de los textos, antecedidos en el caso de los ocho poetas muertos por una desconcertante nota que reza: “La presente edición de … fue transcrita [yo subrayo] de la primera edición preparada por … [si hubo curador previo] y publicada en … [pie de imprenta]. Los editores”. Dudas: ¿“Los editores” son Malpaís, el Seminario PMC, ambos? Y si la memoria nos sana porque varía y encarna nuevos decires dejando la repetición verbatim a cargo de una mala Historia ¿cuál es la meta reimprimir o rescatar?

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La posibilidad de conocer poesía que por eso será nueva se agradece profundamente, de veras; pero las neurosis de quien lee como una forma de vida resultan irrenunciables. Lo siento, surgen más preguntas: si intervinieron los textos ¿dónde lo dicen? Si no lo hicieron ¿al transcribir repitieron las erratas de la primera edición, si las tiene? Sé que parto de criterios de edición académica y asumo que éstas no tienen por qué serlo; es que esto que vivo como un rasgo de indefinición me desconcierta y no sé qué pedir pues, en el otro extremo, si Malpaís busca lanzarnos al puro gozo del descubrimiento ¿necesitamos introducciones?

No creo que valga aquí separar a los editores que hacen paratextos de los que preparan el libro y surge una preocupación de fondo: puesto que el Archivo Negro se plantea como colección ¿por qué no se han normado sus libros y textos? En Radio, por ejemplo, se mantienen usos ortográficos de época y el imperativo de parar se escribe pára para distinguirlo de para, la preposición, del mismo modo que transcriben Vé como un imperativo acentuado aunque, en realidad, sólo el contexto permita saber si hay que irse o mirarlo.

Incluyen dos poemarios que en el conjunto resultan muy recientes: en ambos casos intervinieron los autores (sus notas sobre transcripción lo dicen) y uno de ellos fue previamente reimpreso por Conaculta, lo que hace de ésta su tercera edición. ¿Se preguntó a los herederos de los ocho restantes si tenían aportes que hacer? ¿No renuncia a poseer el canto todo aquel que nos ha entregado un verso?

Las bibliografías preparadas por el Seminario son cronológicas, no alfabéticas: un criterio como otro cualquiera hasta que se llega a alguna fuente descargada del portal Scribid sobre la que no se ofrecen más datos que el URL. Una primera edición del Poema nuevo datada en 1955 (p. 9) y 1984 (p. 44) pero excluida de la “bibliografía mínima” (pp. 41-3). Tres textos introductorios en que las notas al pie remiten a fuentes fichadas como lista: “Castañón, Adolfo, op. cit.” cuando no hay por qué anteponer el apellido y en el ejemplo falta, en cambio, la página que por supuesto tiene la revista impresa aunque la consulta se haya hecho en la red ¿tan difícil era “subir” al ColMex por el dato?

Respiro. Releo. Exhalo y de golpe lo asumo (san Pavlov me ampare): lo que en el fondo me pasa mientras lucho esta reseña es que extraño una guía de forasteros, una carta de intención, un manual del usuario, una historia oficial de la cual asirme para no tener que pensar, para repetir que la poesía mexicana del XX son Sabines y Paz, (los) Contemporáneos, el Omnibus de poesía, los Estridentistas, El corno emplumado y los Dos siglos de Argüelles (quizá más que su Antología general, que no he visto) pero ya es muy tarde: la inquietud por los poemas pesa más que la descripción de sus libros.

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Siento ahora que no he dicho nada y me avergüenza (un poco), pero confío en que se abre una posibilidad enorme y eso me consuela. Festejo que en Malpaís no esperen mano sobre mano a que Las.Instituciones.Pertinentes nos acerquen La.Cultura.Nacional, por ejemplo. Que grupos de personas interesadas e inteligentes generen espacios de colaboración para compartir con (nos)otros lo que saben. Que la selección y el enorme trabajo realizado parezcan de pronto tan arbitrarios: se aboga así por un decir que se mantiene vivo y evade “la verdad” con mayúscula (incluida la mía). Que estos diez libros en tanto soportes (nunca pude separar realmente una voz del objeto que la vehicula) sean hermosos y sugieran el placer con que fueron hechos: a través suyo podemos descubrirnos en el canto de ése, nuestro país, porque esperanza y belleza no abandonaron nunca la memoria y el Archivo Negro de la Poesía Mexicana es pasaporte al otro lado del espejo

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