Dado que no hago nada

Debo comenzar esta crónica diciéndole algo fundamental: detesto el trabajo. Nunca he soportado las ceremonias que impone trabajar: levantarse temprano, vestirse adecuadamente, cumplir con metas y horarios y procurar ser eficiente y mejor en todo momento; en suma: abrazar como credo aquello que los ideólogos del mercado vomitan por todos lados: ser un adulto responsable y productivo. Si hay algo que disfruto en esta vida es el ocio. No hacer nada, en términos llanos; así como lo pondría mi madre o la lógica del mercado. El problema es que en ese no hacer nada, caben muchas cosas: con cínico descaro puedo decirle que puedo pasar cuatro o más horas escuchando discos enteros de Jazz nomás para encontrar un solo de piano que valga la pena. No tengo problema alguno en pasar tardes enteras leyendo los sonetos de Shakespeare en voz alta para, de una vez por todas, leer al menos uno con cierta decencia. Para alguien que pasa jornadas enteras detrás de la  pantalla de una computadora o que sufre en cuerpo y alma horas y horas transportándose de casa al trabajo, aquello puede parecerle puritita pereza. Para mí, en cambio, eso es arduo trabajo.

El mercado y mi madre lo sentenciaron bien hace varios años: me había convertido en un bueno para nada y tenía que costear esos pequeños placeres inmorales con mi  propio trabajo. El pequeño grave problema es que lo único que aprendí a hacer bien en la escuela era hablar y leer en inglés. Las opciones eran simples. O le sacaba provecho a esa habilidad o me entregaba a la vida fácil: estudiar derecho. Elegí, claro está, dar clases de inglés.

Mi primer empleo en la noble tarea de enseñar llegó en 2005. Recién había cumplido 21 años y sucedió en una pequeña escuela de idiomas —bastante perdida en una facultad de ingeniería del Politécnico Nacional—. Tan joven, recién había iniciado la carrera de letras inglesas, y ya había engrosado las filas del trabajo informal. No piense en la informalidad laboral como mera actividad restringida a vender ropa en las calles o vender piratería en los vagones del metro. Un trabajo por honorarios merece el espinoso y temido nombre de trabajo informal: la única obligación es el pago de impuestos.

La precariedad de aquellos contratos era verdaderamente irrisoria. Por 20 horas de trabajo recibía un cheque por 997 pesos; después había que descontarle impuestos y los honorarios del contador. Sin vergüenza alguna puedo decirle que me era bastante fácil extinguir esos primeros cheques de un día para otro, entregado a mis gustos de golfillo. ¿Tenía algún sentido trabajar en algo como eso? No tardé mucho en descubrir los velados encantos de la profesión: tener una audiencia cautiva, estar en completo control de las cosas, y expresar casi con absoluta impunidad lo que me venía en gana. En mi clase de inglés, debo admitir, no podía dejar de lado aquellas bonitas actividades como cantar en coro los verbos; pero en ella ocurrían cosas completamente extraordinarias, como aventarse enterita una película de Stanley Kubrick y debatir sobre ella después; escucharse una que otra rolita de Billi Holiday o John Coltrane; y con suerte, aprenderse algunos versos en inglés, nomás por el puro goce de hacerlo y saborear las palabras. No se necesita ser un genio, ni pasar muchos años dando clase, para entender que la educación se trata, sobre todo, de alterar la vida de las personas; y si se puede, trastocarlas un poco, para bien, y en el mejor de los casos, para mal. La paga: 56 putos pesos la hora.

Después de un par años en ese primer ejercicio caí en la cuenta que uno no puede darse vida de sultán cuando se gana tan poco. De nuevo el mercado y mi madre me arrojaron a buscar alternativas. ¿Qué hacer entonces cuando se sabe hacer tan poco y se necesita ganar mucho más? Por ahí de 2008 elegí el camino más fácil: trabajar en un Call Center. Aunque parezca increíble, los Call Centers bilingües abundan en el país. Para miles de personas que han sido deportados desde Estados Unidos de varios años a la fecha, el trabajo como telefonista es la única opción de integrarse al mercado laboral (legal) en un país que les resulta dolorosamente extraño. Y son también el pequeño refugio de alguno que otro pequeño burgués que no sabe hacer otra cosa que hablar inglés y usar una computadora con mediana destreza. Seguro usted conoce este nimio dato desalentador: millones de profesionistas ganan apenas 5000 pesos al mes. En un Call Center bilingüe se puede ganar  el doble o el triple. (¿Se da cuenta ahora de las fortunas que perdió por no aprender el verbo tu bí?)

Sin embargo, trabajar en un un Call Center no es precisamente la vida en el paraíso. Por el contrario, está lleno de abusos e irregularidades, por decir poco.Es práctica común evadir obligaciones patronales como el pago de liquidaciones, vacaciones, aguinaldos, etc.  Los Call Centers son ejemplos bien logrados de los horrores del outsourcing: despidos masivos de un día para otro, imposición de jornadas extenuantes sin pago de horas extras simplemente para adecuarse a los horarios de empresas norteamericanas y europeas; y en muchos casos, la exigencia del olvido del cuerpo. ¿Qué le parecería a usted tener derecho a 12 minutos de baño y 25 minutos de comida por jornada?

Y eso no  fue lo peor. De pronto, lo que hacía para ganar dinero, se convirtió en el periodo de tiempo que transcurre entre embrutecerse con alcohol y televisión los fines de semana. Espero usted nunca haya sentido algo parecido: andar por la vida, y el trabajo, como zombie. Sin pulso, sin pensamientos, y con el orgullo personal hecho trizas. Recibir insultos de gringos iracundos deja de tener importancia después de la llamada mil. Y lo más triste de tener un trabajo como esos es que te entregas a la degradación moral sin nada de glamour asociado. Al cabo de casi dos años de trabajar en ventas y soporte técnico de internet, me descubrí como un pequeño monstruo, enfermo de neurosis, que decide sin más, maltratar a los pobres muchachos, que como uno, trabajan en los servicios porque no hay de otra.

De nuevo me encontré sin alternativas: o regresaba al trabajo donde yo podía prodigar los maltratos y no ser solamente objeto de ellos o renunciaba en definitiva a la salud mental. (A veces las motivaciones macabras, no las virtuosas, son las que lo sacan a uno de la mierda en que se ha metido). Si quería regresar a la encomiable tarea de educar, tenía que complacer, espero por última vez, al mercado y a mi madre. Tuve que regresar a la universidad para conseguir los papelitos que me acreditaran como profesional de la enseñanza. Algo que olvidé mencionarle es que nunca abandoné del todo el trabajo como tícher (pequeño título que he aprendido a odiar con el paso de los años).

Para muchísimos colegas metidos en el negocio del magisterio, lo que he conseguido de unos años a la fecha es envidiable. Sí, muy a mi pesar, continúan los contratos por honorarios, sólo que ahora gano cuatro veces más de lo que ganaba en el Poli en 2005. He conseguido otro trabajo, el del prestigio, aquél donde existen privilegios como vacaciones pagadas, contratos transparentes y seguridad social. Trabajar para la universidad más importante del país no es poca cosa, aunque se trate solamente de enseñar lenguas vivas. Pero recuerde: esta historia es de autoconmiseración. Aquí viene la parte más miserable de todas: con tanto kilometraje en este trabajo lo único que se muestra como cierto en mí y en muchísimos colegas es la depresión. Por aquí y por allá, le ponen títulos varios a este problemita: the burn out syndrome (síndrome del quemado), estrés laboral, andar tronado, etc. En resumidas cuentas, se trata de vivir con el espíritu frecuentemente podrido por aquello que haces como trabajo.

¿Sabe usted qué factores detonan esos cuadros depresivos entre los colegas? Es común sentirse a la deriva en la burocracia de cualquier institución educativa y más cuando se trata de ese esperpento administrativo que es la UNAM. Hagas lo que hagas, nunca nada es suficientemente satisfactorio a los ojos de las autoridades. Es particularmente desesperanzador descubrir, que casi como regla general, no son los méritos  personales los que te dan seguridad en el trabajo sino las maniobras políticas, el quedar bien con quien convenga. Sólo eso basta para quedar bien acomodado. ¿Y qué hay del futuro en esta profesión? Las pensiones dignas para el profesorado, en cualquier nivel educativo, están reservadas a pequeños y privilegiados nichos. Lo han gritado y susurrado por todos lados: el magisterio no escapará al destino de millones de mexicanos: vivir la vejez en pobreza. El sueldo a mis 31 años es considerablemente mayor al de hace 10 años, pero las preocupaciones son las mismas. ¿Habrá trabajo en tres meses?

Y de vuelta al pequeño drama personal: para muchos, dar una clase de lengua no es un trabajo de verdad. Con frecuencia, se piensa en la figura de un profesor de lengua como un personaje a mitad de camino entre un animador de fiestas infantiles y un vulgar aviador. Irónicamente, los profesores de inglés y uno que otro profesor de selectas lenguas europeas, tenemos valor en el mercado. El discurso que se ha construido al rededor del aprendizaje y enseñanza del inglés es lastimosamente insulso. Usted sabe que no se necesita saber inglés para manejar un Mercedes o para tener una casa valuada en siete millones de dólares. Sé muy poco del asunto, pero sospecho que para ser exitoso en el mercado laboral, no hace falta ser bilingüe. Tal vez no haga falta saber nada.

(Y aquí me permito una interferencia del inglés. Espero usted no sea fiero hispanista) Al final del largo día, aprender una lengua extranjera es un ejercicio enteramente humanista, o en términos simples, algo completamente inútil. Si de algo sirve hablar otro idioma es por entender al otro, y entender el lugar que uno tiene en la cultura de los otros. Y es ahí donde puedo serle de utilidad. En ese pequeño espectro, puedo regalarle algo al mundo. Si comparte tiempo conmigo en una clase, llegarán a usted pequeñas dosis concentradas de expresiones artísticas y culturales que he  guardado obsesivamente durante años y años de estar entregado al ocio. De no hacer nada.

Con todo y los trastornos mentales encima, las cosas no han ido nada mal en este semestre. Hace algunas semanas, manipulé las cosas en clase de tal manera que la insufrible lección de gramática aterrizó en una ingenua lectura y posterior audición del Soneto 18 de Shakespeare, cantado por el mismísimo David Gilmour. ¿Y cuál fue el resultado de ese disparatado ejercicio? Varios alumnos, entre ellos algunos machos impasibles, terminaron reducidos a lágrimas (de nuevo una interferencia del inglés) de tan encabronadamente hermoso que es ese poema. Se acerca el día de las madres y tocará leer ensayos feministas que desbaraten los mitos asociados con la maternidad. Tal vez, si los horarios y las metas curriculares lo permiten, mis alumnos escucharán y trabajarán la lírica de Mother, de Pink Floyd ¿Y por qué? ¿Y para qué? Sólo por joder. Sólo para defender el derecho a ser diferente. Para dejar alguna huella si es que algún alumno baje la guardia lo suficiente para permitir que ocurra.

Bajo la lógica del mercado, y para muchos otros ojos, esto que hago es absolutamente absurdo e inútil. Con entera franqueza, y cinismo, le confieso: no me importa un sólo carajo. Prefiero hacer algo que sea absurdo e inconsecuente a no hacer nada. Es en ese pequeñito espectro del trabajo donde encuentro profunda satisfacción, a pesar de lo fácil que resulte derrumbarlo. Sí. Es un trabajo de mierda visto desde muchos ángulos; no hay forma de escapar de ello. Con todo, haré esto por varios años más. Obcecado y delirante. Al final le pregunto: ¿por qué querría usted hacer un trabajo de mierda como este? Sin dudar un segundo, le respondería con otra pregunta: ¿le dolería a usted tener tres meses de vacaciones pagadas al año?

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