El laburo

Nunca he tenido una prestación laboral. Nunca he cotizado para mi jubilación. Nunca he firmado un contrato por más de unos meses. No poseo seguridad social. Mi frase es la de millones de mexicanos que tenemos entre 20 y 35 años.

No se trata de falta de trabajo: si atendemos (suponiendo sin conceder, como dicen los abogados) las cifras oficiales, el desempleo en México ataca al 5 por ciento de la población. Nada grave si se compara con el alcanzado en la cumbre de las crisis española, casi el 20 por ciento. Entonces ¿cuál es el problema real?

A la pregunta, las misma cifras oficiales ofrecen la respuesta: a 62 millones de mexicanos no les alcanza su sueldo para mantener la despensa, ya no digamos llena, con los alimentos suficientes en casa; pobreza laboral la llaman los economistas.

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La radiografía de los números devela la osteoporosis de la estructura social: si el trabajo no puede asegurar la manutención, ¿para qué trabajar?

Ante su incapacidad para fomentar la inversión privada estratégica, gastar en infraestructura industrial y de telecomunicaciones, el gobierno mexicano apunta por el changarrismo, por el autoempleo. Doble discurso el de “emprender” sin dotar de los elementos necesarios a los pequeños empresarios. Mi generación es una especie de bisagra entre el subempleo y la informalidad.

Cuando leí los comentarios de miles de mexicanos indignados por el despido de Carmen Aristegui me sorprendió, además de la evidente idolatría, la empatía que muchos le compartieron a la conductora. Además del recurrente tópico de la libertad de expresión, algunos asomaron su indignación desde el punto de vista laboral.

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Después de la sorpresa me sobrevino una especie de indignación: ¿por qué esos miles o millones de mexicanos no se muestran rabiosos por las terribles condiciones de trabajo que sufren cientos de periodistas a lo ancho del territorio nacional? Sí, cientos, quizá miles de reporteros que cada día arriesgan la existencia para lograr la nota, la entrevista, muchos bajo la amenaza del crimen y de los poderes “legítimos”, como si fueran la espada de Damocles que pende sobre sus cabezas.

Recurro al dato: en los últimos diez años 110 reporteros, editores y fotógrafos fueron asesinados. Cada día miles de ellos son acosados por funcionarios públicos; algunos estudios lo demuestran: el 53 por ciento de las agresiones a los periodistas proviene del sector gubernamental.

Cada día la nota está lista: sin prestaciones, seguridad laboral o protección ante la ley, los reporteros mexicanos arriesgan la vida, en al menos 17 estados del país que sobreviven bajo la oscura nube de la violencia, por 9 mil pesos al mes (ayer leí que ofreciendo tus servicios en Uber, puedes obtener ingresos superiores a 12 mil pesos).
En México, 67 mil jóvenes estudian periodismo/comunicación, y cada año 12 mil 500 se “integran” al mercado laboral; apenas el 20 por ciento accederá a un puesto relacionado con su carrera.

De los que logren trabajar en una redacción, menos del ocho por ciento del total trabajará entre riesgos por apenas unos quintos, en un clima hostil. ¿Por qué, como sucedió en el caso de Aristegui, miles de mexicanos no se manifestaron por los asesinatos, secuestros y desapariciones de otros periodistas mexicanos? Más allá del desamparo laboral, esos reporteros habitan el olvido.

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Si esos reporteros tuvieran una tribuna más visible, como en el caso de la conductora, sus condiciones laborales serían las óptimas. Pero una cosa depende de la otra, mal contrato, inseguridad, silencio. No olvidemos: con el despido de Aristegui otros reporteros se quedaron sin empleo, para ellos no hubo notas, tinta derramada. Si aspiramos a una sociedad democrática, debemos redirigir nuestras discusiones: antes que pelear por figuras públicas, manifestémonos por los de a pie, los que caminan las ciudades, por esos que sólo trabajan con la defensa de la vocación.

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