Emiliano González a través del espejo (segunda parte de “Unas palabras sobre el adelantado

En la primera parte de este díptico sobre Emiliano González propuse una hipótesis: que la tradición de la literatura fantástica en México, en cuanto tradición, no existe, pero se está consolidando. Esto es solamente una intuición mía (espero que compartida), y para demostrarla habría que hacer una revisión formal de la recepción pública y privada de la literatura fantástica en el país (es decir, de reseñas, estudios académicos, números de ventas, representación en librerías, recomendaciones booktuberas, y lo que quiera el lector agregar), cosa que no tengo ni el tiempo ni la gana de hacer, así que me quedo con la intuición, y acepto que puedo estar equivocado. Al cabo lo importante es la conversación, y si esto la genera, más que mejor.

Explico un poco mi hipótesis: poco más o menos la última década y media (que es decir prácticamente este siglo y también, curiosamente, mi vida adulta) me he encontrado repetidamente con distintas formas de esta queja: “la literatura fantástica se menosprecia en México” ‒paradójica, aunque lateralmente, a partir de Harry Potter; y entonces debo admitir que no sé si venía de antesporque yo en la prepa leí a Tolkien con mucho gozo pero no sentí que fuera un acto subversivo. El tono, pues, varía del plañir a lo combativo y al mismo tiempo se hace una reivindicación histórica del género dentro del Canon de las Letras Nacionales, encontrando ciencia ficción en Amado Nervo, de terror en Alfonso Reyes, releyendo Pedro Páramo como una novela de fantasmas, etcétera. Estoy seguro de que Nervo, Reyes, Rulfo, Fuentes, Elizondo, Dávila, González, Ruy y todos los demás no escribían (o escriben) pensando en hacer literatura fantástica, sino en escribir. Luego, la exigencia de que se reconozca que escribieron literatura fantástica sólo es importante porque a partir de ahí se forja una tradición. Parafraseo de memoria a T. S. Eliot: cuando una obra se inserta en la constelación de las obras anteriores las cambia. Cito de memoria a Borges, como la otra vez: Kafka hizo a sus precursores. La tradición de lo fantástico no existía en México, se está formando a partir del reclamo de que se le reconozca.

Rulfo y Borges

Y de veras se está formando; un ejemplo: alrededor de 2004 Érika Mergruen emprendió en su sitio web (que era osiazul.com.mx y acabó en http://osiazul.weebly.com/) el rescate de Francisco Tario, por entonces (para mí, que era joven y tonto pero seguro para mucha más gente), un desconocido. Más temprano que tarde recibió un email diciéndole que los cuentos completos de Tario iban a ser reeditados, que si por favor los quitaba de su página. Ella se negó, argumentando que la difusión que les había dado en su pagina era una de las razones por las que Tario había reaparecido, y por las que la gente preguntaba por él en las librerías, y por las que ahora la editorial haría un negocio. Al final llegaron a algún acuerdo que no recuerdo y los cuentos se quedaron. También compré los dos volúmenes que salieron. Tario ha salido de la oscuridad y su obra se difunde.

Otro ejemplo, más cercano: cuando salió la primera parte de este texto Rubén Ortiz ‒teatrero eminente, maestro, buen amigo y hombre mayor que yo pero no tanto‒ me comentó sobre González: “¡lo leí ávidamente a los 20 años!”. O sea que por algún lado estuvo circulando. El canon se hace, pues, y se hace hablando y compartiendo. Reclamar que a Letras Libres le interese algo que no les interesa es tan ocioso como pedir que a Avelina Lésper le guste Duchamp.

Duchamp?

Dicho lo cual vamos a lo interesante, que es el cuento más famoso de Emiliano González: Rudisbroeck o los autómatas, vale la pena leerlo antes que lo siguiente pues no hablaré del desenlace pero si de otros detalles).

El cuento está compuesto por catorce fragmentos en los que se narra la llegada de un forastero a la ciudad de Penumbria y las maravillas que en ella encuentra, entre ellas la tienda de Mefisto, anticuario ominoso que comercia objetos mágicos, la Mansión del Zu, donde viejos marineros beben el licor del mismo nombre, Braulio, el hombre perro del circo, dotado de inmensa sabiduría, la torre de Rudisbroeck, y un viejo que en la Mansión del Zu comienza a contarle al forastero la historia de Johan Rudisbroeck pero no termina, fulminado por el licor. Hay que notar que la historia de Rudisbroeck, la que le da nombre y tema al cuento, aparece dentro de él contada. A partir de la interrupción, en el segundo fragmento, el narrador se va al circo (“Es la hora de los comediantes. Venga conmigo”, le dice un marinero), y hasta el décimo fragmento vuelve a aparecer Rudisbroeck, cuando el narrador le pregunta a Braulio, confiando en su sabiduría, el final de la historia que le empezó a contar el viejo en la taberna. Mientras, sólo se describe lo que pasa en el circo, en cuadros llenos del decadentismo que nutre la literatura de Emiliano González.

Francisco Tario

En una entrevista reciente, David Chase, productor de Los Soprano, habló de la secuencia final de la serie (que pasó hace ocho años y ya deberían de haber visto todos, pero de todas formas me guardo los spoilers). Leyéndola, uno se da cuenta de que de lo que se trata es de la mente de Tony. Todo está pensado según la percepción del personaje, el timing, la música, los eventos. El lugar es la mente de Tony (el lugar representado). Roberto Calasso tiene un ensayo muy lindo que se llama El plató de la mente, en el que analiza en términos similares La ventana indiscreta, de Hitchcock. Y lo mismo sucede aquí: Penumbria es Rudisbroeck, y los autómatas son todos los demás personajes.

Braulio lleva al forastero a conocer el final de la historia, y a Rudisbroeck de paso. Cuando están frente a frente tiene lugar este diálogo:
‒ La primera vez que oíste mi voz fue en la tienda de antigüedades. ¿Recuerdas?
‒ No puede ser. Mefisto…
‒ Y no sólo Mefisto. ¿Quién te narró la leyenda, la leyenda inconclusa?
‒ No. Aguarde. Un viejo…
‒ El viejo soy yo.

Alicia

Un detalle: en el camino, el narrador tiene que romper un espejo y atravesarlo. Más adelante se cruza con la tienda de Mefisto: sus aparadores tienen cosas absolutamente normales, nada de la magia que se había visto en la primera visita, como si cruzando el espejo el narrador se hubiera salido de la mente de Rudisbroeck para poder verlo frente a frente, y entonces la ciudad mostrara su verdadera naturaleza.

Este giro, en el que el personaje de leyenda, de quien sólo se hablaba, de pronto es no sólo el personaje principal sino la ciudad misma, el cuento mismo, es quizá la causa de que el cuento sea tan aplaudido y recordado, pero no es el final. Quedan todavía dos fragmentos más, no sabemos el final de la historia de Rudisbroeck y el narrador sigue en Penumbria. Pero si sigue en Penumbria no ha salido de la mente de Rudisbroeck. ¿Es una regresión en la que la mente de Rudisbroeck se ve a sí misma, y luego se vera a sí misma viéndose a sí misma y así, ad infinitum et nauseam? ¿Están todos en la mente de alguien más? ¿Es la mente de Emiliano González, la del lector? ¿Quién es en realidad Rudisbroeck?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>