Mira pa’cá y di güisqui

Nada queda en ese trozo de papel, / todo es alquimia; / veo que es la prueba más veraz / de que todo es mentira. Luis Eduardo Aute: Queda la Música

Algunos Chamulas piensan que si les tomas una fotografía les robas el alma y yo creo que tienen razón. Con nuestros celulares inteligentes (muchas veces más inteligentes que el dueño del artefacto), jugamos a ser Dios, a inmortalizar caras y momentos, como si los álbumes de la memoria necesitaran un asidero, como si vernos en esas imágenes con más pelo y menos panza pudiera rescatarnos y ayudarnos a creer que de verdad somos lo que somos porque “ha pasado ya tanto tiempo”.

Es cierto que el morbo de mirarse a uno mismo (o a quien sea) usando el atuendo más ridículo de la historia (que en su momento era el último grito de la moda) tiene su encanto, pero de ahí a no poder resistir la tentación de mostrarle al planeta (o a un puñado de gente, tampoco hay que exagerar) el plato de mole verde que estamos a punto de comer, o dejar testimonio del inenarrable momento en el que nuestro gato está tomando el sol, hay un mundo de diferencia.

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Sé de sobra que escribir sobre selfies ‒series de trecientas fotos con un bebé que tiene el mismo gesto y el mismo mameluco azul, el Pug escondido entre las cobijas, etcétera‒ es ya un lugar común mucho más grande que las fotografías mismas. Pero me resisto a dejar que Mark Zuckerberg (a quien mi opinión seguro debe quitarle el sueño), vaya feliz por la vida colgándose billetes de cien dólares en los bucles rojos, sólo porque fue lo bastante inteligente para entender que lo único que necesitábamos era una plataforma donde pudiéramos hacer dos cosas básicas: burlarnos de los demás e intentar desesperadamente que el vecino nos ponga atención; intentos que a su vez caerán, más tarde que temprano, en la burla del prójimo: el círculo perfecto.

En alguna interminable clase de periodismo, un profesor de cuyo nombre no quiero acordarme nos martirizó casi tres meses para transmitirnos el enorme conocimiento que poseía sobre lo que llamaba “el arte de los pies de foto”. Cuando entro a mi Facebook (sí, tengo una cuenta hace años y no planeo cerrarla, ya llegaré a ese punto si Dios me da licencia y los lectores de este texto no se suicidan con tanto paréntesis) cuando entro, decía, y veo lo que la gente pone en sus fotografías pienso que me encantaría ver el rostro de este maestro insufrible al darse cuenta que, de su arte a mi arte y al de los usuarios del Caralibro, salió perdiendo por completo.

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Partiendo del ya clásico “Juan, Pedro y yo camino a la fiesta de la Mariana”, honrosísimo homenaje al arte del pie de foto que enmarca la imagen de tres individuos poniendo caras, haciendo señas y mostrando botellas de tequila de dudosas marcas dentro de un Chevi morado; pasando por los que le agradecen al Todopoderoso por cualquier motivo: “Gracias, Dios mío, por esta hamburguesa con queso que me acabo zampar”, foto incluida; hasta los que para evitar la fatiga dejan que Facebook describa el asunto: “Anselmo se siente desconcertado” (forzoso emoticón incluido) de modo que cualquier tipo de fotografía deje de ser importante frente al suspenso que Anselmo ha logrado generar, la sensación es que, si esto no es el arte del que mi profesor habló aquella vez, no se qué llegará a serlo.

Otro bonito detalle en Facebook es que uno puede saber dónde está la gente justo en ese momento. Lo que no estaría tan mal si se pudiera escoger el paradero de alguien que a uno le interese (como si las redes sociales no fueran ya el paraíso del stalker, esto sería la cereza del pastel); pero el problema es que sabemos dónde está o estuvo la gente porque ella misma lo “sube” de modo que estás obligado a saber que don Juan de las Pitas “ha estado en Aeropuerto Internacional de Chicago”.

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Y sin embargo, no es despreciable despertar la envidia de tus amigos (mejor aún de uno que otro enemigo que mantienes cerquita en tus contactos) haciéndoles saber que estás en Playa del Carmen mientras ellos se entierran en cubículos del tamaño de un baño portátil. Molestar al Godínez es un deporte altamente practicado en las redes sociales. Principalmente porque es sabido por todos que ese mismo Godín a quien estás fastidiando con la clásica fotografía en donde salen la mitad de tus patas y a cinco metros un inmenso mar azul, lleva años ahorrando para irse de vacaciones, y que un día de éstos pedirá además un préstamo y se largará a un lugar exótico. El problema aquí es que la mejor parte del viaje no será torear olas en el mar, tomar tragos de colores en la alberca o conseguir quemaduras de segundo grado por arranarse tanto tiempo al sol: lo que más disfrutará tu compañero de oficina será tomarse una selfie con dos gringas que aparecen con cara de susto y enmarcar su venganza con estas líneas: “Don Godínez se siente feliz en Ixtapa (escoja el emoticón de su elección). #Enelmarlavidaesmassabrosa #SolArenayMarestodoloquequieroahora #Mamáconectateatufaceboockqueestoysaliendoyo”.

Pero ¿por qué todo esto debería importarle a alguien? ¿por qué le he dedicado tantas letras a quejarme del Facebook si yo también tengo uno y es un asunto completamente irrelevante?

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No me pondré moralino para comenzar con la letanía de que gracias a los celulares y a la tecnología se está perdiendo el trato cuerpo a cuerpo, cara a cara: asumo que en Selecciones hay muchos artículos mejores que éste que ya han abordado el asunto. Mucho menos daré estadísticas (que además no tengo) sobre cómo ha aumentado el número de divorcios debido al Facebook: si uno es tan idiota como para dejarse ver (y peor, fotografiar) en lugares y hamacas equivocadas no se puede culpar a Zuckerberg.

Creo que el verdadero motivo de mi pleito con Facebook, plataforma de la cual soy un absoluto voyeurista, es que no solo te roba el alma, como dicen los Chamulas: lo peor es que te roba un alma impostada, retocada, sin acné y sin verrugas. No recuerdo dónde leí que, en la vida real, nadie es tan guapo como en su foto de perfil ni tan feo como en la del pasaporte, pero me parece una verdad absoluta.

En las fotografías que todavía recuerdo, tomadas con esas cámaras que usaban rollo y un flash que siempre quemaba las imágenes, aunque ya se cometía el error de “inmortalizar” el momento en lugar de vivirlo, había algo mucho más parecido a “la realidad”: los trozos de vida estaban ahí, escondidos en la espera de revelar las fotos y darte cuenta que habías tapado el lente con el dedo o de que la tía había salido, otra vez, con los ojos cerrados.

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Esas fotos llevaban fechas escritas a mano, se pegaban en álbumes de pastas gruesas con un papel transparente y lleno de pegamento que las hacía quedar invariablemente chuecas o permanecían en portarretratos haciéndose amarillas con el tiempo, dejando ver el parecido entre abuelos y nietos.

He escuchado a mucha gente decir que ellos utilizan “bien” las redes sociales. Yo no tengo idea de cuál es el uso óptimo de, por ejemplo, darle un “toque” a uno de tus contactos, o de hacerle saber a alguien que no ves desde la secundaria (hoy ya un completo extraño) tu opinión sobre Rápidos y Furiosos 25. A mí los motivos de Facebook, Twitter e Instagram me parecen una pasarela de egos, un concurso para demostrar quién la tiene más grande, quién quiere más a su pareja, perro, coche, comida y, por su puesto, persona con la cámara apuntando hacia el espejo.

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El juego (como todos) puede resultar divertido si uno no se lo toma muy en serio, los memes de Peña Nieto y los videos de La Gaviota (los que fueron parodia y el verdadero), pueden ser un escape de la realidad y un buen motivo para pagar la millonada que te cobra Telcel por usar el 3G. Pero si hay que escoger una realidad yo me quedo con la más inmediata, con la que no está obligada a dejar testimonios y puede olvidarse o transformarse como a uno le dé la gana.

Algunas imágenes que yo recuerdo vienen a mi mente perfectas, seguramente no fueron así, pero no necesito Photoshop para hacerles retoques. Me acuerdo ahora de cuando tomé “prestada” la Polaroid de mi papá y tomé una fotografía hacia la nada: no tengo idea de qué imagen apareció en la foto pero, para el niño de diez años que era entonces, verla salir obscura e iluminarse poco a poco fue un verdadero milagro.

Coincido en que hay cosas que te roban el alma, pero también hay momentos que te la devuelven.

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