Llueve

Los chilangos hemos encontrado en el clima, al parecer, el último reducto de las conversaciones con desconocidos. Pensamos, o intuimos, que en ese tema no tendremos controversia ni discusión; paraíso para una sociedad ajena al debate y al intercambio constante de ideas. El clima ofrece un lugar común, una especie de punto de acuerdo en que nada de lo que decimos demerita al interlocutor: todo se suma.

Cuando reprochamos sobre el calor y las lluvias, lo hacemos con una devoción pozolera: incluimos todos los problemas posibles: no, joven, antes no hacía tanto calor, cuando yo era chamaquito nunca llovía en mayo… la gente se apendeja con la lluvia… el pinche metro se va pare y pare, es que no le hacen mantenimiento… hace tanto calor, yo creo que va a llover mucho este año… uy, si así estamos en julio, quiere decir que será un invierno muy frío… Las frases se acumulan bajo la premisa “mientras más tenga, es mejor”.

Nadie pone en duda la sentencia del otro. La fórmula indica: toda aportación será complementada por el de enfrente.

Subo al taxi. El cielo despejado de la mañana anuncia tormenta por la tarde. No se necesita ser meteorólogo, simplemente recordar cómo han sido los años anteriores: de mayo a octubre llueve todas las tardes. Así ha sido siempre. El chofer, acaso de unos 60 años, sienes plata y ojos claros, maneja con autoridad. No levanta la voz cuando describe los errores viales de los otros conductores: mire joven, todos se paran en el lugar en el que no deben, no hay respeto de nadie. Su figura me recuerda a un tiempo que desconozco.

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¿Ya vió?, habrá granizo al rato, mejor apúrele a todo lo que tenga que hacer… ¿va para su trabajo?. Mi silencio indica mi media ocupación a medias. ¿A ver a la novia?, niego con alguna onomatopeya. No pregunta más.

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Conduce. A unos kilómetros, unos cuatro, el cielo comienza a vestirse de nubes. Pasamos por Calzada de Tlalpan, unas cuantas gotas detienen la marcha de tren del metro. Pienso, lo absurdo hace metáfora: el Sistema de Transporte Colectivo tiene un presupuesto de casi 16 mil millones de pesos, incluidos los más de 2 mil millones generados por el aumento de la tarifa, tanto dinero para que unas gotas impidan su traslado. Los nueve vagones, detenidos en Villa de Cortés, están decorados con los héroes que nos dieron patria: mucho discurso para tanta inmovilidad.

Afuera de la estación la cosa no mejora: siete microbuses hacen base a mitad de su recorrido. El tráfico nos detiene un par de minutos frente aquella reunión de camiones. Los miro destartalados, con el chasis picado, el eje chueco, las ventanas canceladas, las puertas chirriantes: al día 12 millones de chilangos, incluidos los habitante del área conurbada de la ciudad, se transportan en peseros, 12 millones de riesgo: 21 mil unidades del transporte concesionado presentan daños por accidente o antigüedad, 77 por ciento son de modelo anterior a 1995 (la ley indica que no pueden dar servicio autobuses construidos hace más de quince años… ah, la ley). La gravedad está en todos lados, por cada ocho horas de trabajo, un chofer de micro gana un promedio de 350 pesos; olvidemos seguridad social, prestaciones. Sólo subir gente asegura el sustento: cada mano estirada es un bolillo para la casa, dicen como mantra. (la noche anterior, por pelear el pasaje, chocaron las dos unidades que abordé, unos metros entre un evento y el otro).

Apenas unas gotas cambian el ritmo de la ciudad, tan grande, tan maravillosa, tan frágil.

México fue un lago.

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Antes de su extinción, el lago de Texcoco, manantial del mito, regulaba la temperatura del valle de Anáhuac. Además, jugaba de casa de descanso invernal para miles de aves migratoria que llegaban del norte del continente. Ahora el nororiente se disuelve en polvo. La temporada de calor intenso y cielos rasos, cada vez más reducida en los meses de marzo y abril, otorgaba ritmo al año: inviernos secos con mañanas y noches frías, primavera con vientos y sol a plomo, veranos húmedos y el cielo con gestos naranja en el otoño. Todas como un esbozo: en México los días tienen sus propias estaciones. Quizá en muchas ciudades sea así. Las desconozco.

Antes un lago, antes no estaba loco el clima, antes había mejores políticos. Nunca el antes tuvo tanta melancolía. Parece que en el hoy habita la culpa, secamos el lago, nos acabamos al planeta, dejamos que el país se nos fuera de la manos. ¿Acaso alguna vez tuvimos aquello que extañamos? Descubro que la Humanidad se ufana de sus culpas, como si al aceptarlas fuera mejor que toda la Creación.

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Pasamos Villa de Cortés y nos metemos en la calle Correspondencia. En la radio anuncian una manifestación en memoria de los 43 de Ayotzinapa. No digo nada por temor a incomodar a mi anfitrión. Él irrumpe: pobres de los padres de los muchachos, la angustia es el peor de los castigos. Le pregunto por su familia: tiene 5 hijos y dos nietos de ocho años, gemelos. Todo lo ha conseguido con su trabajo al volante: dos abogados, una contadora, un técnico en computación; de la quinta hija no habla.Afuera llueve.

Abajo de nosotros, ya vamos por el Eje Central, corre la línea ocho del metro. El trolebús de Cero Emisiones se detiene por fallas en el suministro eléctrico. La gente baja. Espera.

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En la calle hay múltiples charcos, presagio de la inundación: durante la colonia y los primeros cien años del México independiente, el centro se cubría de agua; en 1629 el estancamiento de agua duró casi un año, 20 mil personas salieron del Primer Cuadro, según la crónica que el arzobispo Francisco Manzo de Zuñiga envió al gobierno central en Madrid. Así fue por mucho tiempo, quizá porque las cuadrícula de asfalto es una impostura, un signo irrefutable de la arrogancia mexicana (mexicana y colonial): construyamos la ciudad sobre el lago.

Parece imposible, exageración necesaria, que no hayamos encontrado la manera de habitar con el agua. México, país de los mil lagos, como lo describe Blaise Cendrars, ciudad lacustre con sus lluvias en veranos.

Me bajo del taxi en la esquina de Madero y el Eje Central. A pie de la Torre Latinoamericana las manadas humanas se atajan la lluvia en trozos de techo y portafolios que sirven de paraguas; salen los vendedores de capas, 10 pesos cuesta el antídoto, nos miro entre las gotas. La lluvia, al parecer, nos devuelve al principio de la civilización: los animales indefensos contra la naturaleza; todos buscamos refugio.

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¿De verdad nos provoca tantos problemas la lluvia? ¿Por qué no cargamos un paraguas, un impermeable? Gesto liviano, recurro al estilo del Borras, el orita queda, el sale con polish. Así construimos nuestra ciudad, sin plan, sin pensar en sus lluvias, en su lago, en su crecimiento.

Siempre llueve en el verano chilango, siempre nos genera problemas, siempre hay tráfico, siempre olvidamos el paraguas, siempre se detiene el metro, siempre se nos hace tarde…. siempre…

Ha llovido mucho este año, ¿no le parece, señor? me dice una chica… la veo y sólo respondo sí, verdad…. ya nos acabamos el clima.

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