Preferiría no hacerlo

Este sistema te da una oportunidad. Desarrollarte según tu capital. Ya no hay esclavitud, producir. Qué mundo tan feliz, consumir” (Capitalismo, La Polla Récords)

El trabajo, se dice, dignifica al ser humano. La extenuante jornada laboral en la fábrica o la oficina nos saca una sonrisa: felices y satisfactorias horas consagradas a la elaboración de los más variados productos y servicios. El quehacer asalariado es meta, propósito, razón para vivir; senda segura a la realización personal.

El trabajo, se recalca, es la única actividad plena, opresiva, provechosa, atosigante en la que podemos lograr nuestros más esenciales anhelos. ¿Qué somos si no trabajamos? ¿De qué hablamos si no es de nuestro cometido? El obrero, el oficinista, el profesor, el periodista, el panadero, el mecánico… se complacen al hablar de sí mismos: de sus trabajos.

Y el paro es tan doloroso. No soporto estar ocioso (La clase obrera. Potato)

El trabajo, se informa, ocupa nuestro tiempo y evita las negras horas en las que nos encontramos sin nada que hacer y sin hacer nada. Gracias a él evitamos felizmente la vana contemplación del tiempo que pasa; sorteamos la nefasta aparición de la pereza. El maligno demonio de la holgazanería es exorcizado por la salvífica acción del trabajo; felices horas en las que el ángel de la productividad acompaña dichoso nuestra fecunda y agotadora jornada.

Ayho, ayho, al bosque a trabajar. Los enanitos buenos tenemos que currar” (Los siete enanitos, La Polla Records).

El trabajo, se anuncia, es bueno: esfuerzo humano administrado eficazmente para generar riqueza. Una inmensidad de teóricos y apologetas de la opulencia y el bienestar insiste en la necesidad del placentero sacrificio del trabajador: la tierra prometida de la superabundancia nos espera al final del trabajo. Estantes llenos de mercancías: progreso constante gracias al abrumador empeño de los seres humanos.

¿Queréis tener un coche? ¿Queréis calefacción? ¿Queréis tener nevera? ¿Queréis ir en avión? ¡Queréis comer de todo en un piso amueblado!” (Kontamineitor, The Meas)

El trabajo, se manifiesta, es el honesto modo de conseguir la satisfacción de las necesidades. Comida, alojamiento y vestido dependen del ardor y la eficacia con la que el trabajador satisface las necesidades de la producción. La docilidad y la disciplina del trabajador ayudan a elaborar todos esos satisfactores que, una vez manufacturados, desaparecen de la fábrica y aparecen en las estanterías listos para ser comprados.

Yo ya tengo trabajo. Yo ya tengo dinero. Y me lo voy a gastar” (Trabajo sucio. Eskorbuto)

El trabajo, se afirma, otorga al trabajador la más justa de las retribuciones: el dinero que le permite comprar aquello que ha producido. La paga no proviene de la caridad del patrón: el solícito asalariado se la ha ganado con el sudor de su frente. El depósito bancario es la prueba de la satisfacción, la autoestima y el orgullo que el trabajo da. La remuneración es la clara evidencia de la plena realización. El trabajador espera con ansia la marca de su nobleza para poder gastar aquello que mide su excelencia. Todos los planes, anhelos, satisfacciones e intereses, que son el motor de la jornada laboral, se transforman en dinero. Las singularidades y problemas de cada trabajo se eliminan el día de paga: el fabricante de tornillos, el profesor, el tendero… ven sus proyectos de vida transformados en la abstracción que elimina toda práctica particular del trabajador. Los propósitos y las razones se han transformado en el satisfactor universal con el que cualquier cosa se puede comprar.

Para variar otra vez ando mal de pasta. El filósofo dice que no hace falta. Come tu filosofía y a mi dame las patatas” (Hasta aquí hemos llegado. Gatillazo)

El trabajo, se proclama, llena de dinero los ansiosos bolsillos del operario. El peso de la hidalguía que se desparrama por los bordes de la bolsa obliga al trabajador a deshacerse de tan abstracta carga y comprar mercancías. Seguro como está que su dura labor volverá a llenar su cartera empieza a buscar todo aquello por lo que ha trabajado y por lo que tendrá que trabajar: comienza el registro de los estantes; elige el producto adecuado; pasa por la caja apropiada; selecciona la transacción más conveniente para poseer la mercancía elegida.

Juan Pérez era un hombre vulgar. Era feo y nadie le hacia ni puto caso y cuando menos falta hacia metía la pata. Hasta que encontró lo que le hacía falta: ¡¡¡¡Guaschibo!!!!. Guaschibo el producto que te hará especial igual que a muchos otros más. Entra en el mundo Guaschibo” (Guaschibo, La Polla Records)

El trabajo, se pregona, regala generoso la clave de la satisfacción; todo es posible gracias a él; un mundo de regocijo se concede por su gracia. Todas las mercancías producidas por el trabajo se pueden comprar gracias al dinero que llena los bolsillos. La molesta diferencia entre precio y salario se subsana con más trabajo: si la cantidad de la cuenta corriente no es suficiente hay que trabajar más; ayudar a la generosidad del trabajo. Si cuesta 2 trabaja por 4… y pide un crédito por 6. A más trabajo más dinero; a más dinero más productos; a más productos más satisfacción. Todas las mercancías que se fueron tras el final del trabajo que las produjo se ofrecen lujuriosas en el aparador, listas para ser poseídas nuevamente: sólo quieren dinero, sólo quieren más trabajo.

La vida es muy corta vívela. Pega palos diviértete ya. Las pelas no pueden descansar. Gasta en algo que te pegue un flas” (Hasta el fin de tus días. R.I.P.)

El trabajo, se vocea, es bueno, justo y necesario. Sin él ¿qué sería de los seres humanos? Aburridos, sin propósito, sin ocupaciones ¿de qué se hablaría? Sin el dinero que proporciona ¿cómo compraríamos? ¿Cuál es la pregunta correcta? ¿Hay que trabajar para vivir? ¿O hay que vivir para trabajar? Respondamos las dos preguntas con la frase recurrente de uno de los más lúcidos oficinistas de la literatura: preferiría no hacerlo.

Si lo que hay que hacer es consumir preferiría no tener que trabajar para poder hacerlo. Si lo que hay hacer es comprar preferiría no tener que trabajar para conseguir el dinero que necesito. Si lo que hay que hacer es ser feliz curioseando en una tienda preferiría no tener que trabajar para poder pagar la mercancía elegida.

Si cualquier trabajo particular con sus horrores, peculiaridades y cansancios, sólo es camino para adquirir el abstracto satisfactor universal; si sólo es el medio que sirve para adquirir dinero, sin importar lo concreto de cómo lo has conseguido la conclusión es esclarecedora: preferiría no tener que trabajar. A fin de cuentas ¿qué más da lo que se haga en el trabajo? Para poder comprar hace falta dinero. Es suficiente con que lo regalen.

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