Cuahtémoc Blanco Bravo (Candidato Electo)

1.
La primera y única vez que acepté frente a un desconocido mi afición por el Club América fue en algún momento de 1994, cuando tenía catorce años. Mi primo vivía muy cerca de los campos de Villa Coapa donde entrena el equipo, así que un día planeamos la visita: nos despertamos temprano, caminamos unos diez minutos y esperamos pacientemente a que abrieran las puertas al público. Adentro compré una gorra de color amarillo chillón con la intención de llenarla de cuantos autógrafos pudiera conseguir. Cuando el entrenamiento terminó, los jugadores se detuvieron antes de entrar a los vestidores a tomarse fotos con los visitantes o a firmar lo que los visitantes les dieran: posters, camisetas, balones, guantes de portero, cuadernos y hasta servilletas.

No era difícil declararse americanista en medio de tantos y fervientes admiradores, que se empujaban unos a otros en busca de la cercanía de los jugadores. Uno suponía que todos los presentes compartíamos la misma afición, salvo por mi primo, que siempre ha sido seguidor de los Pumas y que estaba allí sólo para ver los campos de entrenamiento y para tratar de copiar algunas de las técnicas que practicaban los jugadores; más que a un equipo, él siempre ha sido aficionado al fútbol.

El equipo era relativamente nuevo; con la llegada del holandés Leo Beenhakker como director técnico, había cambiado no sólo el uniforme –ese que simulaba plumas multicolores–, sino también la forma de jugar, más vertical y dinámica que antes. Ese día, los jugadores más asediados por los visitantes eran Luis Alberto Alves Zague, Adrián Chávez, y esos dos genios llamados Oman Biyik y Kalusha Bwalya. El tipo que yo tenía al lado, un hombre de unos treinta y tantos años, gritaba escandalosamente el nombre de cuanto jugador pasara frente a él para tratar de sacarle un autógrafo. Curiosamente, el único nombre que no gritó coincidió con el único jugador que no se detuvo a dar ningún autógrafo y que caminó directamente a los vestidores.
–¿Y ese quién es?–, preguntó en voz alta el gritón.
–¿De verdad no sabes?– le respondí–. Es muy bueno. Se llama Cuauhtémoc Blanco.

2.
Eran otros tiempos.
Pocos directores técnicos usaban traje y corbata y algunos fumaban en la cancha –Beenhakker era uno de ellos. José Ramón Fernández era todavía una alternativa seria de análisis deportivo y no el muppet que ahora es. Todavía existía la segunda división y los torneos de año completo. La clase media baja del país todavía no adoptaba en el habla cotidiana todas y cada una de las expresiones del perro Bermúdez. Nadie se hubiera imaginado a Jorge Campos como el patiño de todos los comentaristas de la televisión, ni mucho menos que Luis García conseguiría trabajo narrando partidos con fingido acento argentino.

Cuauhtémoc Blanco no era nadie en esa época; apenas un canterano que muy pronto usaría su pertenencia a los barrios bravos de la ciudad de México como elemento central en su faceta de goleador rebelde. Su página de Wikipedia afirma incluso que el técnico holandés abogó frente a la directiva del equipo para que le subieran el sueldo. Para alguien como yo que ha perdido no sólo la afición por el equipo sino la euforia por el fútbol –igual que como desaparece el acné de la adolescencia: sin otro particular motivo más que el paso del tiempo– esa visita marcó el inicio de la época dorada de los marcadores abultados y la entrega total al equipo, signifique eso lo que pueda significar.

Muchos años después, luego de goles, victorias, descensos a la segunda división, castigos, romances famosos, incursiones en la televisión y en la política, Cuauhtémoc Blanco no sólo ha ganado la alcaldía de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, sino también el apellido materno que se le negó como jugador: hoy casi todos los periódicos lo llaman Cuauhtémoc Blanco Bravo, como si su condición de candidato ganador lo convirtiera en una nueva persona.

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Como político, el ciudadano Blanco Bravo ha cultivado dos de las mismas características que cultivó “El Cuauh” como jugador: eficacia y atolondramiento. Ganó unas elecciones que quizá él mismo nunca se convenció de que podría ganar, y jugando el juego de las interpretaciones de los primeros actos de los candidatos electos, lo primero que hizo tras anunciarse su triunfo fue ingresar al hospital debido a un problema gastrointestinal. Sin embargo, a diferencia de su conocido personalismo y protagonismo como futbolista, durante toda la campaña utilizó el plural mayestático como estrategia para acercarse a la gente: nosotros somos diferentes, nosotros vamos a cambiar las cosas, nosotros no somos políticos, pero sabemos trabajar. El egoísmo que lo caracterizó en la cancha rápidamente se convirtió en humildad: la política, curiosamente, parece haberle enseñado que es más importante un equipo que toda su inexperiencia como administrador público.

3.
Durante toda la campaña, la inclusión como candidatos de personajes no dedicados a la política causó cierta tensión entre el electorado. Para algunos, partidos como el PSD-Morelos no tenían ningún otro interés en los famosos más que el de asegurar su registro. Otros más se escandalizaban de que la gente se opusiera: “¿qué no está en la Constitución el hecho de que cualquier persona puede ser votada?”, preguntaban indignados. Para otros más, gente como Cuauhtémoc Blanco representa el chiste malo en el que se ha convertido la política en el país. La pregunta que me parece más interesante es: ¿por quién votó exactamente la gente en Cuernavaca? ¿Por el futbolista que festejaba goles simulando que meaba como perro en la portería del equipo contrario? ¿Por el actor fallido de telenovelas? ¿Por el joven del barrio bravo que logró ascender en la escala social y económica? ¿Por el americanista rebelde? ¿O por el político que incluso confundió el nombre de su partido político en campaña?

Cuando me importaba el fútbol tomaba como conflicto personal el que irle al América sea como votar por el PRI. La etiqueta de “equipo oficial” de una televisora asociada desde siempre con el sistema político priísta era una duda existencial que ocupaba algunas de mis tardes como estudiante de secundaria. Ignoro si esa mitología existe todavía ahora que entre Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas Priego y Carlos Slim poseen buena parte del fútbol en México. ¿Hay una diferencia política clara entre seguir al América y a cualquier otro equipo? ¿Hay diferencias reales entre los políticos chapulines que se dedican a brincar a cuanto puesto público pueden y los directores técnicos que se dedican a irse y a volver de los mismos equipos una y otra vez? Las hay, por supuesto: la principal, el usufructo del dinero público en el caso de los políticos. Y sin embargo, ¿no es cierto también que todo el dinero que se mueve en el fútbol merecería una reflexión? La reflexión iría más o menos así: ¿por qué el fútbol, ese negocio multimillonario, favorece económicamente sólo a unos pocos cuando tanta gente le da, voluntaria o involuntariamente, su dinero y su fuerza de trabajo o su valor como consumidores? Me refiero, claro, a las condiciones laborales ilegítimas a las que se someten los jugadores a cambio de la oportunidad de jugar, en busca de fama y fortuna. Me refiero, claro, al aficionado que se convierte voluntariamente en sujeto de la publicidad, vendiéndose por una pretendida pasión por su equipo, cuando su equipo no es más que la reunión de once anuncios publicitarios ambulantes que a veces juegan bien al fútbol.

Que el fútbol es de todos es apenas un eslogan que esconde la más normal, asumida y tolerada desigualdad social en que vivimos actualmente. Como están las cosas, el fútbol no es más que la reunión de algunos tipos de traje en un hotel europeo, a punto de ser arrestados por malversación de fondos y lavado de dinero. El fútbol también tiene su política, pero por alguna razón esa política se tolera siempre y cuando nadie salga de ella: a nadie le habría sorprendido que Cuauhtémoc Blanco apareciera años después como director técnico, o incluso como parte del cuerpo administrativo de algún equipo, como lo han hecho ya muchos de los jugadores de su generación. Los medios de comunicación también tienen su política, pero nadie se había escandalizado con el hecho de que Cuauhtémoc lograra poner juntos un par de párrafos cada semana para El Universal; o que haya aparecido un par de veces como comentarista en torneos internacionales.

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Su candidatura, sin embargo, sí generó suspicacia en una contienda electoral en la que los debates más interesantes consistían en atacar o defender el derecho ciudadano a anular el voto. Al final, lo que comprueba el triunfo de Blanco Bravo es el hecho de que la política en México está hecha por personas y no por ideas y que el voto se vive más como una elección afectiva que como un acto razonado. Si irle al América es como votar como el PRI, ¿qué es votar por Cuauhtémoc Blanco, que acaba de vencer al PRI y al PRD?

Para evitar, en conclusión, lugares comunes del tipo: “ya lo juzgará la historia”, o “bla, bla, bla, que la nación se lo demande”, mejor terminar con una de la primeras declaraciones del “virtual candidato ganador”, como indica la jerga periodística, que olvidándose por un momento del plural mayestático que caracterizó su campaña, le dedicó a sus dos principales contendientes las siguientes palabras: “me los chingué”.

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