Adentrarse en la Ciudad Perdida

La entrada es apenas una pequeña puerta de un metro de ancho. Detrás se alcanza a ver un pasillo estrecho. Mi guía, habitante de esta Ciudad Perdida de Tacubaya, se hace a un lado para que pueda pasar. Sin él, no sería posible visitar este conjunto habitacional de pasillos laberínticos, en donde todo mundo se conoce.

Estamos en el corazón de la Delegación Miguel Hidalgo, una de las demarcaciones más ricas de la Ciudad de México. Por si sola, aporta el 3% del PIB nacional. Su economía se encuentra por encima de 20 entidades federativas como Aguascalientes o Tlaxcala. Es una delegación rica en recursos económicos: sólo la avenida Masaryk acaba de recibir cerca de 500 millones de pesos para su restauración, que incluye aceras de granito español. Pero el dinero no llega igual a todas partes: a sólo 5 km de Masaryk y a tan solo 1.5 km del edificio delegacional, se encuentra este conjunto habitacional.

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El pasillo desemboca en una explanada que se usa como tendedero comunitario. La ropa húmeda se sostiene en un precario sistema de tubos y mecates que parecieran estar a punto de caer. De aquí parten numerosos callejones que dan paso a todo un sistema de viviendas y pasillos que se extienden por cerca de 3 mil metros cuadrados. Son construcciones precarias que se levantan desde hace 70 años, aparentemente inexistentes para las administraciones que se suceden ‒las priistas, las panistas y las perredistas‒. No son paracaidistas, hace mucho tiempo le pagaban renta a alguien cuyo nombre ya se olvidó. Son cerca de 100 familias que han hecho de la alienación parte de su cotidianidad.

Mientras recorremos la explanada nos topamos con doña Angélica, una anciana que toma el sol en el dintel de su puerta: el pie lo tiene invadido por hongos y su mirada está fija en el horizonte. Cuando el guía la saluda, la señora voltea pero no puede escucharlo bien. Una vecina nos cuenta que doña Angélica ya no tiene familiares ni forma de ganar dinero: vive de la comida que le pasan los demás. También revela que algunas de las personas que viven aquí sólo comen tortilla con agua.

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¿Qué justificación puede haber para esto? reflexiona Héctor, una de las personas del grupo: “Este es el fracaso de las administraciones anteriores; y eso es una realidad, no una ideología: es la antítesis de la modernidad. ¿De qué nos sirve ser miembros de la OCDE y los tratados de libre comercio, si tenemos esto?”. En esta Ciudad Perdida, las estadísticas que indican que México es uno de los países más inequitativos del planeta, se ven, se palpan, se huelen.

Una señora nos grita: “Siempre vienen extraños, toman fotos y se van, ya estamos cansados; siempre nos engañan: en 50 años que llevo acá, nunca ha habido mejoría”. La señora nos prohíbe tomar fotos y nadie se opone: su furia es lo único que han dejado atrás los políticos que visitan esta zona cuando están en campaña para dejar su propaganda. Nunca regresan y sus afiches se quedan, descoloridos, pegados en las paredes. Algunos de los vecinos utilizan esos mismos posters y lonas para reforzar el techo o alguna de las paredes de su casa.
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Por supuesto que este conjunto vecinal tiene mala fama: las notas de los periódicos solamente la mencionan cuando se da la persecución de alguna banda de asaltantes o menudistas de drogas. Para el ex delegado Arne Aus Den Ruthen Haag, esta zona no tiene salvación “es un lugar donde hay narcomenudeo, donde hay mucha violencia”. Alguna vez dijo que a las familias se les habían asignado departamentos en otras zonas pero que los vendieron para seguir viviendo aquí. Le pregunto sobre esto a una señora que asoma la cabeza para vernos pasar y su respuesta es contundente: “llevo décadas viviendo aquí y nunca había escuchado de eso. Que me digan en donde tengo que firmar para que me den mi departamento, ¿usted cree que nos gusta vivir aquí?”.

De regreso, volvemos a ver a doña Angélica, encorvada en su portal, no se mueve. “¿La viste? Parece muerta”. La imagen se fija en mi mente. Al salir por la misma puerta estrecha me pregunto si no hubiese valido la pena traerse para acá alguno de los 500 millones de pesos que se gastaron en Masaryk.

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