Lo más democrático sería no votar

En México hemos padecido la democracia. Sí, en nuestro afán de conseguir la alternancia en el poder, dejamos de lado una serie de factores que son fundamentales para el cáliz democrático de una sociedad.Durante los últimos 23 años de la noche priista, contando la reforma política del Estado propuesta por Reyes Heroles en 1977 como el inicio del alba, el país de a poco fue cambiando y la ciudadanía ganando espacios en el concierto de la política nacional. Innegable es el aliento refrescante, acaso esperanzador, que surgió en mucho gracias al nacimiento del Frente Democrático Nacional, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas y otros cientos de mexicanos, entre políticos y destacados miembros de la recién estrenada sociedad civil.

La sombra del fraude en las elecciones de 1988 confirmó el carácter oscuro con el que sucedían las elecciones bajo la tutela de la  Secretaría de Gobernación. Aquel error, esa caída del sistema, colaboró en mucho a la creación del Instituto Federal Electoral. Si bien se avanzó en la legitimidad electoral, muy lejos se estaba de una vida democrática.

Desde la creación del IFE, ahora mutado en INE, han sucedido cuatro elecciones federales. Todas han servido para el “perfeccionamiento” de su gestión.

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No podemos olvidar la maña  de “los amigos de Fox”, la sospecha de la elección de 2006 y los escándalos sobre los rebases en los topes de campaña en 2012. En todos los casos, tanto los partidos como la autoridad electoral, definida y acotada por las agrupaciones políticas (sopa primigenia de la transa y la abyección), redefinieron, reformaron, reestructuraron el sistema de votos nacional. Siempre con la sentencia “no volverá a suceder”.

Cada año gastamos 19 mil millones de pesos es nuestro apartado “democrático”, presupuesto etiquetado: ¡19 mil millones de pesos! Casi el presupuesto de la Universidad Nacional. Las voces liberales y progres, tenues trinos en el escándalo nacional, argumentan: el problema es la transparencia, si sirvieran las elecciones, no habría problema por su costo. Falso argumento, válido en falsa democracia.

No, el coste electoral es innoble para un país con tantos millones de pobres, en un país con una desigualdad atroz. México cuenta con el segundo aparato electoral más caro del mundo, sólo detrás del de Camboya.

votonulox La parafernalia electoral, paraíso del photoshop, otra mentira, sobrepasó hace mucho el mal gusto y se instaló en la ofensa: “yo pienso como tú”, “yo sí cumpliré mis promesas”; palabrería rancia, torpe y oprobiosa.

Los jilgueros de la democracia electorera, partidista y sectaria, cantan sus argumentos como si fueran los únicos válidos: éste es nuestro sistema, no es el mejor pero es el que tenemos. Esgrimen, como espada de utilería, una serie de frases aprendidas y vacías: no votar beneficia al PRI, es nuestra obligación elegir. Parece que otorgan valores cívicos y atributos administrativos a los otros partidos.

Pero votar no debe tratarse de elegir al menos malo, o generar “contrapesos de poder” que sólo contraponen intereses grupales. No hay en este momento ninguna organización que pueda generar un equilibrio real en la balanza política nacional; las medidas y la báscula están amañadas.

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El problema no es exclusivo de las agrupaciones partidistas y su árbitro; todo está mal, la distribución del gasto, la diferencia de renta, el pobre acceso a la salud, la calidad de la educación, la precariedad laboral, la inseguridad en las carreteras, en las calles, en las plazas; todo ha sido superado por nuestra anémica democracia.

Quizá defender el voto sería negarlo: no acudir a la urnas por respeto a nosotros mismos, porque nos indigna que no haya claridad jurídica ni claridad ministerial, porque nos avergüenza que millones de mexicanos no tengan garantizado el alimento, porque se contaminan ríos y valles, porque el campo está muerto, porque el crimen gobierna de facto.

no-voto-no-me-callo El poeta Sicilia, escribe sobre la prudencia de una nueva Constitución. Nuevo texto para nuevo pacto. Nueva letra para un nuevo inicio. El dato, que aportan Diego Valadés y Pedro Salazar, indica lo grave: en casi 100 años nuestra Constitución política ha sido modificada 574 ocasiones; además, como apunta Sicilia (Proceso, 2000), recordando el dato de Viridiana Ríos, publicado en Nexos hoy, en febrero de 2014: el 80 por ciento de los artículos ha sido modificado un promedio de cinco veces cada uno.

El texto constitucional y sus gestores, así como su gramática política, son insuficientes para un país que ya tiene nuevos verbos, nuevas conjugaciones. Está claro que los partidos políticos habitan un idioma distinto al del ciudadano, un mundo al que no pertenecemos.

No votar sería el más legítimo acto democrático. Hacer silencio electoral ante el escándalo de la propaganda, ante el escándalo de la ignominia. No votar, no participar de un juego del que sólo somos espectadores, es el más congruente de los actos ciudadanos. Si bien muchas vidas se ofrendaron en nombre de la libertad y el derecho al voto, no hay mejor manera que honrar a nuestros muertos, que nos acompañan en cada acto, que negar nuestra participación en un tinglado de vodevil, de representación vieja, torpe y sosa.

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Sí, abstenerse de acudir a las casillas, si lo hacemos en masa, puede forzar a un replanteamiento del sistema electoral, de los partidos; de una refundación de nuestro pacto social. No votar también elegir.

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