Ramón Martínez Ocaranza: un poeta al margen, no de la marginalidad

Una lectura minuciosa de nuestra literatura, al menos durante el siglo XX, nos arrojará que en realidad pocos son los poetas celebrados, encumbrados en antologías, que han encontrado una trascendencia, un eco rotundo a lo largo de los años. Es decir, autores que en su momento histórico lograron destacar con una lírica en boga o continuando la tradición de modelos ya probados, difícilmente han hallado oídos receptores en los lectores más jóvenes de épocas posteriores.

En 1966, con la aparición de la antología Poesía en movimiento se dictó un canon de poetas a leer en nuestra literatura, y se impuso en mucho por aquellos que realizaron dicha muestra; la voz patriarcal de Octavio Paz, el joven genio de José Emilio Pacheco, la visión del lúcido editor de Alí Chumacero, y un inquieto Homero Aridjis, vendieron la idea de que la poesía se podía medir a partir de un puñado de autores y poemas, y no por la creación de obras, de libros maduros. Tan exitosa ha sido la venta de este espejito, que compendio se reedita hasta nuestros días como la gran muestra de poesía mexicana. Cabe señalar que este trabajo ya es más célebre por sus ausencias, que por sus inclusiones.

Poesía

Esta forma impuesta de cómo leer poesía, es decir, a base de antologías, que a su vez se convierten en un modo de legitimación de obra, ha borrado de un plumazo a obras tan sobresalientes como la de Ramón Martínez Ocaranza (Jiquilpan, Michoacán, 1915- Morelia, Michoacán, 1982). Martínez Ocaranza como, sus pares generacionales, José Revueltas y Efraín Huerta fue un activo miembro del Partido Comunista, y al igual que ellos vivió una militancia que no siempre comulgaba con los dictados más dogmáticos del estalinismo. Dentro de la vasta obra del poeta michoacano se pueden delimitar dos momentos, el primero que abarca desde su primer libro Al pan pan y al vino vino (1943) hasta Alegoría de México (1959). En este primer recorrido se puede reconocer, a grandes rasgos, una poesía comprometida, en cuanto a su filiación comunista, pero no por ello panfletaria, asume eso sí un postura crítica ante la iniquidad de su tiempo, ante la pobreza, ante la injusticia y en contra del capitalismo rapaz. Su forma es clásica, hay un profundo conocimiento del verso medido, del soneto y del endecasílabo en concreto, también se pueden localizar dísticos y en ocasiones del verso libre, contenido por el oído educado del poeta.

La segunda parte de la obra del poeta, abarca lo que considero su momento más luminoso y que reúne cuatro libros notables: Otoño encarcelado (1968), Elegía de los triángulos (1974), Elegías en la muerte de Pablo Neruda (1977), y Patología del ser (1981). Otoño encarcelado, reúne el rigor de las formas clásicas de su primera obra, principalmente el soneto, a diferencia de los libros anteriores, Martínez Ocaranza condensa los sinsabores de una vida que ha llegado a la madurez, y que ve de pronto cómo la vida lo va rebasando:

Yo que di por perdido lo ganado,
como di por ganado lo perdido,
ruedo sobre mi círculo de olvido,
como si fuera círculo olvidado.

Lo que yo tuve, todo fue prestado,
y por prestado, ya me lo han pedido.
Yo no debí jamás haber nacido;
porque hasta de nacer me han acusado.

Que ya nadie recuerde mi osadía,
de haber perdido lo que más quería,
como un caracol sobre la arena.

Mi vida se redujo a pocas cosas:
a ver el mar y a cultivar las rosas.
Y por tan pocas cosas, tanta pena.[1]

Un soneto perfecto, en la madurez de un hombre que comprende su finitud. El desamor, la soledad, el polvo, son los temas del libro. Para el poemario Elegía de los triángulos ya todo había cambiado, ya no hay esa callada desesperación del libro anterior, hay una rabiosa manera de decir el dolor, la desesperación, la muerte, una forma endiablada de elaborar un nuevo principio para destrozarlo, Martínez Ocaranza dice en el prólogo: “Todo ciclo poético engendra nuevos ciclos poéticos, así como toda creación lleva su propia destrucción”.  Y el poeta lleva esto hasta las últimas consecuencias, retoma la mitología tarasca, el surrealismo, como temas utiliza  la toma de la Universidad Michoacana en 1968 por parte del ejército. Despliega una poética autorreferencial, inédita hasta entonces, pero que se volverá su marca en sus dos libros posteriores.

Porque si yo quisiera
entrarían
los
colibríes
en el reino de las sombras
a remover el agua
y disparar
los
dardos
y
la
música.
Hay tiempos de llorar:
También hay tiempos de patear el llanto.

El giro en la poesía de Martínez Ocaranza es total, inicia una era revolucionaria en su obra, de pronto él es su génesis y su apocalipsis, nutriéndose de todo a su alrededor. En su siguiente libro Elegías en la muerte de Pablo Neruda es la muerte de su gran amigo lo que lo convoca, y resulta brutal la manera del poeta de celebrar y sucumbir ante la muerte

En el último libro que publicó en vida, Patología del ser, Ramón Martínez Ocaranza resume la búsqueda de un libro de la creación y de la destrucción total. Todo lo aprendido en su primera etapa de poesía clásica, de su socorrida forma del soneto, lo convierte en sus bases para concepción y destrucción poética, desde su “Prólogo del actor” lo deja muy claro: “Yo soy dios y el odio mi profeta. La Patología del ser es una superpoesía antipoética que viene desde El libro de Job hasta los Cantares de Ezra Pound”.

Todos los manicomios están locos.
Del uno al cien. Del cien al infinito.
Cada loco se comunica de su propia cueva.
Cada cueva se comunica de su propio loco.
Que no hay cueva que no se comunique de su imagen.
¿Quién es ese que va comunicándose de fuego por todo su camino?
¿Es el Dante?
Contéstame, Beatriz. No seas tan perra.
Devuélveme las puertas del infierno que nunca me cerraste.
Dame el culo con tus poderes verificativos.
Ve mi sombra. Que yo no soy de ti sino tu perro.
Que cada manicomio por su loco.
Y cada loco por su manicomio.[4]

Ramón Martínez Ocaranza construyó una obra luminosa en la poesía mexicana del siglo XX, no es un poeta marginal, es un poeta que al margen de los poetas en boga de su generación o de generaciones posteriores construyó una poesía madura e ingobernable para los que desean robarle el espíritu rebelde a la poesía. Construyó una obra cimentada en la poesía clásica, en los libros clásicos, desde el Libro de Job, pasando por la Ilíada, por la Divina Comedia, por el Paraíso perdido hasta Eliot, Neruda, Vallejo, Pound, es decir, tomó la tradición como un gran libro de la humanidad en construcción, y quiso que su  último poemario Patología del ser fuera parte de ese gran libro, que como él comenta: “Cada milenio va contribuyendo con un nuevo libro para la eterna Biblia. Quiera Jehová que éste no sea el último libro”.[5] Patología del ser constituyó en sí mismo la creación de un génesis y un apocalipsis, es decir, un universo propio, la culminación de una obra sólida, rotunda, que aguarda, como apunta Israel Ramírez en la introducción a la segunda edición, a sus lectores difíciles.

(Texto leído en el marco del homenaje por el centenario de Ramón Martínez Ocaranza, 11 de junio de 2015)

 


[1] “Poemas salomónicos, 6”  en Otoño encarcelado, p. 38.

[2] “Profecías de Tlacalecólotl” en Elegía de los tríangulos, p. 79.

[3] “Prólogo” en Elegías en la muerte de Pablo Neruda, p. 9-11

[4] “Introducción proteica” en Patología del ser, p. 48.

[5] “Prólogo del actor” en Patología del ser, p. 46.

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