Votas y te vas

Las elecciones de este 7 de junio están, por fin, a punto de llegar. Y no lo digo porque esté ansioso de que el evento se lleve acabo; me urge que pasen las elecciones porque si veo un comercial más, un cartel, un slogan o a cinco idiotas saltando y pegando de gritos junto a la ventana de mi carro con un altavoz estoy seguro de que tendré un episodio psicótico.

Dicen los que dicen que saben que este proceso electoral ha sido uno de los más complicados de la historia; yo llevo años escuchando lo mismo en cada elección. Pero es cierto que, entre la transición del IFE al INE, las grabaciones telefónicas donde el cowboy Lorenzo Córdoba ve a los grupos indígenas como apaches que quieren cortarle la cabellera, los excesos de los partidos ‒principalmente del Verde, que se pasa al INE por sus purititos tucanes bajo el convincente argumento de “sí lo hice, lo voy a seguir haciendo y qué”‒ estas elecciones parecen estar pintaditas para el desastre.

Sin embargo, no es eso de lo que me interesa escribir; si lo hiciera caería en lo mismo que estoy criticando porque esta “información” se repite hasta el cansancio en periódicos, radio, cine, televisión sobre todo, donde Azcárraga se divierte haciendo y deshaciendo candidatos.

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Todo esto constituye el proceso electoral que culmina con lo que debería ser lo más importante: el voto. Si uno tiene más de 18 años, entonces es un ciudadano con derechos y obligaciones. Una de esas obligaciones, en teoría, es ir a la casilla correspondiente, votar y mostrar orgulloso tu dedo pulgar manchado de tinta, signo de tu gran contribución a la vida democrática de nuestro país. Pero entonces viene la pregunta principal: ¿por quién votar?

Y cuando me hago esta pregunta (inteligentísimo diálogo interno con mi augusta persona que haría palidecer a Platón), pienso en el segmento al que la sociedad, incluyendo a los políticos y a los medios de comunicación, llaman: “los jóvenes”, o la muchachada, como los calificó alguna vez la encarnación maligna de Santa Claus; id est, el senador panista Diego Fernández de Ceballos.

Lo primero que me pregunto es si yo, a mis 33 años, todavía formo parte de la muchachada, o si ya de plano soy parte de los ñores… duda que en realidad es lo de menos porque si yo fuera de verdad joven en toda la extensión de la palabra ¿por quién votaría con el arrojo de mis 18 abriles?…

Lo pienso y no tengo ni idea.

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Cuando yo voté por primera vez tenía 19 años, no había Facebook ni Twitter y, a diferencia de estas elecciones, ese 2 de julio del 2000 se elegía al Presidente de México. En ese tiempo se hablaba de cosas como “el voto útil”, que consistía en votar por el candidato del PAN (en alianza con el Partido Verde, quién los viera) Vicente Fox, para terminar con 71 años de gobiernos priístas.

Fox era dicharachero y simpático. Se refería respetuosamente al sector femenino del país como “lavadoras de dos patas”; a su contrincante del PRI, Francisco Labastida, le dijo “la vestida, chaparro, mariquita y mandilón” (no sé si fue en ese orden) y además prometió que si llegaba a Los Pinos sacaría de allí a todas las “tepocatas, alimañas y víboras prietas”. Lo que no dijo es que iba a dejar entrar a la mamba negra que resultó ser su segunda esposa, Martha Sahagún.

Yo no llevé a cabo el voto útil: voté (¿inútilmente porque perdió?) en favor de Cuauhtémoc Cárdenas pues entonces yo pensaba que el PRD representaba a la izquierda y que no importaba el tamaño de las botas del candidato de la derecha, siempre había que votar por la izquierda porque es el lado del corazón.

Sí, eso pensaba yo con el arrojo de mis 19 abriles.

Ahora lo sigo pensando, solo que el asunto de saber cuál es la izquierda en México se ha vuelto complicado.

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El caso es que Fox ganó y mucha, muchísima gente estaba feliz, incluso los satelucos (yo soy un orgulloso representante de tal estirpe, pero el tema queda pendiente para otro texto) hicieron algo que solo ocurre cuando gana la selección mexicana (casi nunca): se dirigieron al epicentro de Satelandia, al lugar donde se rinde tributo a los dioses, y atascaron las “islas de la zona azul” llevando trompetas y banderas… no exagero, pregunten y cualquier habitante de Ciudad Satélite confirmará mi historia.

Yo también me uní a las huestes de mis compatriotas, más por la cerveza que por el triunfo de Fox, pero era cierto que había algo que celebrar: el PRI había caído de la presidencia… después Vicente Fox demostró su ineptitud y nos dimos cuenta de que tal vez había salido peor el remedio que la enfermedad escuchando sus, hoy tristemente famosas, frases tipo “comes y te vas” a Fidel Castro, “los mexicanos hacen trabajos que ni los negros quieren hacer”, y la cereza del pastel, cuando Felipe Calderón ya era presidente electo: “Ya hoy hablo libre; ya digo cualquier tontería, ya no importa. Total, yo ya me voy”. ¿Consuela este tipo de “sana diversión” a los promotores del voto útil?

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En estas próximas elecciones del 7 de junio no se votará para elegir Presidente de la República (cosa que no vendría nada mal), no hay un fenómeno tan grande como lo hubo con Fox, con la lucha a muerte entre López Obrador y Calderón, o con un movimiento tan importante como fue en su momento #YoSoy132, que si no hubiera sido por Televisa y los vales de Soriana probablemente hubiera tirado la campaña de Peña Nieto.

Ahora es distinto ¿cómo saben (sabemos) “los jóvenes” por quién votar? En los estados donde no se elige gobernador, ¿de verdad conocemos las propuestas de los aspirantes a diputados federales, locales y presidentes municipales?, ¿dónde se entera uno de esas cosas?: ¿en el periódico que lee un porcentaje mínimo de la población?, ¿en la televisión, aliada del poder en turno?, ¿en la redes sociales donde la guerra entre twitteros vs bots es cada día más confusa?

Puede ser también que no se vote por la persona sino por un partido, sin importar a quién postule, pero el problema sigue siendo el mismo: ¿esta preferencia se hereda como los equipos de futbol?, ¿si tu familia le va al América estás obligado a ponerte la playera amarilla? o, por el contrario, ¿a irle a la Chivas por el puro placer de fastidiar a los progenitores?

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Creo que una de las diferencias que existen entre la primera vez que yo fui a votar en el 2000 y los “jóvenes” que en esta elección estrenarán su credencial de elector es que ahora hay muchísima más información que en el 2000, aunque ésta tenga muy poca consistencia y, estoy seguro, las cifras de la abstención vuelvan a mostrar que a gran parte de la población eso de votar le importa muy poco.

El desencanto por los partidos políticos es generalizado, el “cambiar para que todo siga igual” es el triste slogan que mejor define a estas elecciones. Quince años después de que Fox ofreciera un cambio verdadero, una transición real y terminara dando PAN con lo mismo, la impunidad, la corrupción y el miedo se han vuelto tan virales como la revolución que crearon las redes sociales y los teléfonos inteligentes.

Para mí, dejar de votar o anular mi voto no es una opción, espero que tampoco lo sea para los que van a acudir por primera vez a las urnas. Dicen que “si los de abajo se mueven los de arriba se caen”. Sé perfectamente bien que eso también es un lugar común (que además suena a albur), pero a veces, los lugares comunes existen porque encierran su dosis de verdad. El 7 de junio seguro no habrá festejo en la “zona azul”, pero puede ser que algo cambie de verdad gracias al voto pensado y libre, no solo de los jóvenes, sino de todos los segmentos de la sociedad… Cosas más raras han ocurrido.

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