Despertar al wey por La Barraca

Artista: la figura romántica bohemia y atormentada por excelencia. El estereotipo nos dice que vive en un mundo de fantasía alejado de todo lo que sucede a su alrededor, como una versión jodida, trágica y harapienta del mirrey (o su versión femenina: heredera-socialité), ha acompañado la historia del arte desde su inicio.

A la par de los creadores malditos se encuentra el cliché del lánguido y ojeroso espectro del crítico y académico, un intelectual deshumanizado que se gana la vida desbaratando el trabajo de otro para el disfrute del público poco exigente ─cual comentarista de futbol mexicano─ que participa del pobre espectáculo seducido por la posibilidad de que todo devenga en una gresca llanera.

Sin embargo, a lo largo de esa misma historia, se han presentado ocasiones en donde el artista, al ver amenazado su mundo de ensueño por circunstancias de la realidad, limpia su rostro del vómito de la noche anterior, toma una camisa limpia y sale al mundo real ─resaca y todo─ como un ciudadano más a manifestarse (aunque sea en poemas o cancioncitas); mientras, del otro lado de la calle el intelectual muestra su pálido rostro cubierto de polvo y polilla y marcha a su encuentro… aunque después improvise un púlpito y lo apañe. En estos extraños periodos de suspensión del ego y la hipersensibilidad sufridita en que artistas e intelectuales regresan al mundo real y se unen a sus conciudadanos y paisanos, surgen las que La Barraca llama Manifestaciones artísticas en torno a la protesta social y crisis política… ¿ejemplos? Dylan contra Vietnam, Milanés y Sosa por Cuba, Alex Lora contra el buen gusto…

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La revista surge como una propuesta de estudiantes del Centro Universitario de Teatro UNAM para abrir un espacio de creación y reflexión en torno al quehacer teatral [y artístico] dentro de las instituciones académicas, donde ellos, como alumnos [proponen acertadamente] deben asumir un rol central con miras también al quehacer del teatro nacional e internacional, ya que formarán parte de ellos en el futuro…

En la nota editorial al primer número se halla la siguiente declaración: “La crisis política es una crisis de legitimidad”. Los representantes públicos, nos dicen, han dejado de ser la voz del ciudadano para convertirse en alcahuetes de intereses ajenos a los que en principio debían responder. Y esto se vuelve preocupante porque entonces el poder protege al poder, y al pueblo, citando al Doctor y académico mexicano Manuel Santiago Papasquiaro: “¡que lo salve su chingada madre!”

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Y de repente…
26 de septiembre 2014: desapariciones forzadas, investigaciones poco [si acaso] satisfactorias y un Estado apurado en barrer todo bajo la alfombra. “Ya supérenlo. YOLO.” “Sí, 43 estudiantes fueron entregados al narco [o al ejército, difícil decir], quemados y tirados al río en bolsas de plástico”. Misterio resuelto y carpetazo. Y este método de investigación sería suficiente para un capítulo de Scooby-doo o de C.S.I Guerrero pero no para un crimen de lesa humanidad; o de nuevo como diría el Doctor: una pinche chingadera. ¿Dónde están las consecuencias políticas, sociales y culturales del genocidio? Un reglazo en los dedos y se acabó. Y aunque duela admitirlo, en este caso está claro que la culpa es tanto del Estado como nuestra.

Duro pero cierto; vivimos como sociedad bajo una percepción de la realidad moldeada, impuesta y adoptada a través de los medios de comunicación y su narrativa fragmentaria empeñada en mostrar los acontecimientos del país como meros hechos aislados: la corrupción, el narco, las desapariciones forzadas, la decadente educación y cultura nada tienen que ver unos con otros “…y en otras noticias, el Tri se prepara para su importantísimo encuentro amistoso contra Trinidad y Tobago…” La distracción nos barre bajo una alfombra de olvido.

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Y entonces la memoria se vuelve indispensable. Éste es precisamente el eje temático entorno al que gira este primer número de La Barraca: en el olvido está el sinsentido de la muerte. Proponen transformar la tragedia y el absurdo de las instituciones políticas y sociales mexicanas en catalizadores de la creación y reflexión, claro, pero más importante aún, de la acción. “adueñarnos de la vida y la representación”[La presente edición. La Barraca, primera edición. Centro Universitario de Teatro, México 2015. pp 9.] “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, el mensaje detrás de la imposibilidad: reencarnar a los miles y miles de muertos y desaparecidos en poesía, teatro, pintura, escultura, cine, danza, marchas, protestas…
Bajo los textos que componen la primera edición de La Barraca hay un llamado a la humanización del artista, el crítico y el intelectual, a bajar del estrado y asumirse primero como parte de un todo, un cuerpo que necesita de todos sus órganos. Todos somos el corazón, el hígado y el cerebro, no sólo los artistas y académicos:

Ustedes podrán decir que aquel hombre de la calle no actúa según el arte; él podrá decir que ustedes se han vuelto inhumanos y ese sería un reproche más grave (…) no olviden nunca que eso que hacen como profesión es algo común y humano (…) harán menos si el teatro [y el arte en general y la academia] penetra menos en la vida de los espectadores y resulta menos útil para evitar la injusticia y el olvido [Discurso de Bertolt Brecht, versión de Luis de Távira, La Barraca, primera edición, p. 35

Del primer número resaltan “Un soldado en cada hijo, no”, “De revoluciones”, “La marcha”, “¿Quién dijo que todo está perdido?”, “Recital de lo que deviene” y la increíble ilustración que no sólo interpreta e incluso dialoga con cada uno de los textos, también aporta individualmente a la revista una lectura totalmente emotiva [como las calaveras que acechan el territorio de la revista de la misma forma en que la muerte acecha al territorio nacional].

Sobre todas las cosas buenas de la revista, una: el intento por despertar a una joven generación de artistas y académicos enfermos de apatía y desidia, las ganas de curarla y regresarle el valor de creer en sí misma y terminar de asumir el papel activo que le corresponde en la búsqueda de mejores condiciones para los habitantes de este país.

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