Pobresor universitario

Lo más sencillo sería intentar una serie de chistes sobre historiadores pero el resto del texto perdería sentido y en este momento discutir, si no “el futuro” de la investigación en México, al menos su estado actual, me parece un asunto más serio que eso. ¿Dónde iniciar, entonces? No en el artículo de Luis Fernando Granados porque pueden leerlo directamente. No “analizando” los fallos que airados índices señalan al terminar de leerlo: son opiniones que, como las narices e incluida la presente, resultan personales al punto en que es difícil discutirlas; pero sobre todo, devienen pronto en cartas a los Reyes con qué mostrarnos como parte del pensamiento universitario políticamente correcto… justo como ocurre al discutir si el triunfo de Blanco en Cuernavaca lo es o no para la democracia o si las elecciones libres nos gustan sólo cuando gana nuestro candidato o si es un deber cívico votar usando un mecanismo en que no se confia. No, finalmente, declarándome en favor o en contra ni del plagio ni de la cuantifiación del trabajo académico: ésas son las puntas del iceberg, y éstos sirven para hundir barcos.

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¿Cuál es el mal verdadero y cuál su origen? Un país que se ha depauperado en los últimos cincuenta años. Observación obvia que, por lo mismo, es mejor documentar con alguna evidencia empírica: al volver de su postgrado en París, mis padres se incorporaron al CCH y se dedicaron a la docencia de tiempo completo (1970 en adelante). No eran investigadores nacionales sino profesores comunes y silvestres que pudieron, sin embargo, dar hacia 1974 el enganche para un departamento de tres habitaciones y dos baños en un inmenso condominio que, construido cinco años antes, no lo parecía al punto de dar miedo: 768 familias en 16 torres de 12 plantas, comparado con otro que vi hace poco en que hay 1296 en 36 edificios y el lavabo no cupo en el baño. Hoy yo necesitaría tener en la mano más de medio millón de pesos para poder aceptar el préstamo que me ofrece el banco y luego entregarle, durante 20 años, mis ingresos mensuales actuales completos a fin de comprar algo parecido… que quizá lo sería únicamente por estar en el mismo condominio a cuarenta y siete años de su construcción.

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¿Qué más? Quizá poner orden en algunos datos. Mirar, por ejemplo, que la fundación del Conacyt y la del SNI distan catorce años (diciembre del 1970 – julio del 1984) y mientras la primera es un decreto del Congreso, la otra es un acuerdo presidencial de Miguel de la Madrid… es decir, que estimular la investigación del país ha ocurrido conforme pasa el tiempo, que nació bajo la mirada de Echeverría en un México donde por Ciencia se habrá entendido algo cercano al positivismo o las prédicas de Vasconcelos, si se observa quienes formaban su gabinete de Educación, que el análisis fundacional (p. 138) no incluye las Humanidades y en las primeras convocatorias (no pude localizar cuántas) se contemplaban sólo disciplinas que ostentan marbetes de Ciencias: Básicas y tecnológicas 52.88% del presupuesto propuesto, Agropecuarias y forestales 19.42, Biomédicas 14.45, y Sociales 13.25%

¿Es esto una razón para festejar las condiciones en que hoy investigamos? Quizá no, pero sí. En el comentario que hice al artículo de Luis Fernando coincido con él en que lo más importante sería fundir en un monto y una fuente los ingresos de los profesores.investigadores para que, perdida nuestra colección de patrones (la Universidad, Prodep, el Sni, las becas de instituciones privadas), dejemos de hacer y repetir informes (de 3 a 5 cada año, según toque refrendar credenciales con unos u otros) y trabajemos felizmente: sin interrupciones. Y sin embargo, mientras esto ocurre también deberíamos buscarnos en la foto grande, porque también en ella salimos (yo, al menos) como parte de los nuevos 4,222 “nivel uno” y los 1,125 personajes del área de Humanidades que el SNI reconoció en los primeros 10 años del siglo; como miembro de una élite con menos de 20 mil mexicanos que pueden dedicarse a leer y escribir de tiempo completo incluso si tienen que escribir y leer listas de cosas hechas por otros para calcular si ellos están o no haciendo bien su trabajo (sabiendo que a las evaluaciones se nos convoca como pares); como un profesor que, justamente porque se asume tal, no entró en esta danza en pos del enorme prestigio que tienen en este país los educadores (?!), ni deslumbrado por sus ingresos mensuales justamente porque vengo de ahí… y en mi familia, aunque todo mundo dé clase porque la tara docente es gen dominante, nadie se ha hecho millonario o famoso.

Pero nos hemos contado el cuento de que hacemos esto porque nos gusta.

Rodrigo

Y así sobrevivimos los años 80, antes de que en el CCH hubiera estímulos y cuando éstos eran sencillamente “sí” o “no” sin montos diversificados en función de una evaluación arbitrada. Que el sistema está mal en tanto no aumenta los salarios de los profesores sino que nos hace correr en una banda fija tras la zanahoria es evidente; pero la falla es de origen y sí, me temo que quienes decidimos entrar al ruedo lo hicimos sabiendo que así estaba diseñado.
¿Que la porción de nuestro ingreso representada por los estímulos es absurda? Sí: hoy 31% de mi ingreso mensual corresponde al Proed-Uaem, sólo el 26% al salario sobre el que (ya no) se calcularía mi pensión, 23 al SNI y 20 a la renta de mi depa en el DF. Pero los mismos datos muestran que, en realidad, lo más urgente será cumplir las expectativas de mi institución, no las del Conacyt; y que en esa medida es falso que estoy sujeto a su presión aunque ésta no desaparezca.

Como tampoco es cierto que si ingresamos al SNI fue por contactos o suerte como Luis Fernando sugiere pero, sobre todo, que en lo que se discute en torno al plagio y las carreras académicas se está perdiendo el espacio de la verdadera disensión: la de aquellos que, una vez dentro y sabiendo cómo sopla el viento, no aspiramos a la supuesta consagración que supone alcanzar el nivel 3, porque no estamos dispuestos a dejar la artesanía para maquilar investigación (o porque aún no tenemos la edad de nuestros maestros y sus maestros ni la subsecuente acumulación de publicaciones).

No se trata, entonces y según creo, de rasgarse las vestiduras porque no somos vacas sagradas antes de los cincuenta años; no se trata de (auto)canonizarnos porque incomodamos mentes jóvenes con la esperanza de que busquen algo más que la oferta de los medios (y cobramos por hacerlo y nos divertimos con una audiencia que no puede abandonar la sala por malo que sea nuestro StandUp); no se trata de aplaudir las medidas gubernamentales ni las políticas que se implementan cada seis años para reinventar instituciones que tienen más de un cuarto de siglo y casi medio.

Bazan

Finalmente, porque los jóvenes que andamos en los quinces (más de cuarenta, menos de cincuenta) somos “la misma generación” de quienes fueron evidenciados por plagio y estamos en riesgo de ser a quien en adelante se joderá impíamente con esta cantaleta, lo que en verdad urge es deslindarse de ambos bandos. Y si nuestro ego intelectual no lo objeta, vivirnos como artesanos de lujo: gente consciente de que las herramientas que podamos adquirir (todas digitales, todas a un click de distancia) nos harán llevadera la vida, pero cambiarán nuestro modo de hacer y en esa medida pondrán en riesgo lo que entendamos por saber y conocer (que seguro no es lo mismo que acumular datos y citas propias, ajenas o apócrifas para “demostrar” que, ¡oh sorpresa!, también en este caso la teoría “funciona bien”). Personas que producimos poco a poco pero lo más que podamos, en consciencia, sabiendo que de eso vivimos y no de la contemplación, necesitando vender bien lo poco o mucho que hagamos y en esa medida sabiendo que hay un mercado por atender y no una musa cuyos susurros al oído nos guíen. Individuos responsables (quienes lo seamos) que como tales sabemos que se predica con el ejemplo y se asumen las consecuencias de las elecciones hechas.

Yo no plagio trabajo ajeno. Yo leo y escribo porque hacerlo me gusta más que amargarme por el dinero que no tengo. Yo procuro enriquecerme en la convivencia intelectual y enriquecer a quienes la comparten conmigo. Nada de lo cual da puntos para los estímulos… ni se sujeta a los reglamentos de quienes no participan en ello de manera inmediata, personal.

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