Rome sweet Rome… la historia contada hacia adelante

Al narrar, lo que hacemos con más frecuencia es reCrear historias. Amamos las que nunca nos han contado, ciertamente, pero nos entusiasman también (o más) aquellas (con) que podemos reconocer(nos) y al mismo tiempo desconcertarnos porque algo cambió. Luego, si esto podría explicar las relaciones entre literarura y cine, quizá haya que ir más a fondo y pensar las que ésta guarda con la Historia. O de plano abrazar, con franco amor aristotélico, la idea de que Historia y Poesía se diferencia apenas porque la primera intenta decir lo que fue y la otra ‒con todas sus consecuencias y medios posteriores: cantos épicos, cuentos, novela, teatro, cine, series de televisión y contemporáneas sagas transmedia‒ habla constante pero únicamente de aquello que pudo ser.

Roma es, por tanto, un ejemplo excelente, y sin embargo pensar en ella como si fuera producto de la generación espontánea es un error… lógico al hablar de series y ver la tele antes de dormir justamente porque la usamos como el cuento de las buenas noches, pero injusto con ella y sus antecedentes más arcaicos como el Yo, Claudio que la misma BBC filmó a partir de los libros de Robert Graves y transmitió en 1976. O ya puestos, con las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

yo-claudio

Ninguna de estas narraciones es precisa, ninguna es por lo tanto “histórica” en el sentido en que lo sería una investigación sobre la economía agrícola del Imperio en el siglo I a.C. Pero éstas (y las que se quieran agregar) lo son en tanto partes de la historia de la televisión y la serialidad televisiva en el sentido en que, por ejemplo, lo entiende la gente de Impossibilia en su última convocatoria:

la serialidad televisiva [...] en su declinación más propia y específica [es] una construcción discursiva que [considera] las características formales propias del medio. La televisión, en sentido amplio como instrumento para una comunicación audiovisual serializada, ofrece de hecho la posibilidad de una manipulación narrativa peculiar, que se refleja en una producción y una fruición cuyos rasgos, a pesar de las inevitables influencias y de la necesaria intertextualidad, revelan en la serialidad las diferencias con respecto a la cultura escrita y al cinema.

Lo que nos hace falta, entonces, es historiar las representaciones de la Historia: construir una metaHistoria sobre las mediaciones (y no una Historia de los Medios) en que sea igualmente importante pensar, como hicieron Heller, Millus y MacDonald, que si Bruto asesinó a César el 15 de marzo del año 44, la acción no fue el sublime ejercicio de Justicia ni el grotesco gesto de deslealtad que unos y otros han querido mostrarnos sino (también) la solución dramática del terrible conflicto interno entre un joven adulto y su figura paterna más cercana.

¿Cuál es, entonces, la “declinación más propia y específica” del discurso serial? ¿En qué consiste esta “manipulación narrativa peculiar” que se revela y diferencia respecto de la escritura y el cine? Respecto de las narraciones escritas y de manera inmediata: la manipulación de la cámara, por supuesto; la posibilidad de acercase al rostro de Niobe cuando va a tirarse por el balcón en el capítulo doce, el verla caer de espalda y poder sentirnos Lucio Voreno, pero además ‒y quizá, sobre todo‒ la de que éste sea el último de la primera parte (misma que me rehúso a llamar “temporada”) y que por contraste con un libro, que igualmente podría cerrar así un capítulo pero no puede impedir que leamos el siguiente de manera inmediata, quedáramos obligados a esperar catorce meses (noviembre 20 del 2005 a enero 14 del 2007) antes de saber qué pasaba. Cosa que por supuesto hice a medio camino entre la admiración y el odio por la forma en que esta escena, cuya narración se alternaba con el asesinato de César que ocurría al mismo tiempo en el Senado, me había enganchado.

Rome

El constraste con el cine es más difícil: pienso una serie en DVD y puedo manipular el argumento. Pero también el cine puede ser hoy un disco y el truco metodológico se cae; habrá que ver los dos “como teatro” entonces: representación de acciones ante un público que, como artes performativas que serían en este sentido, no pueden repetirse porque ocurren en el tiempo/espacio y no en soportes fijos (como se dice que hacen lo pintado y lo escrito).

Y sin embargo, la asunción misma de que nos hemos sentado a ver el episodio de una sitcom o el capítulo de una serie dice algo sobre la distancia entre ellos, sobre la construcción narrativa de una obra (y excluyo mentalmente las sagas de Mr. Potter y Ms. Everdeen) que debe percibirse en una sola emisión sin interrupciones en una sala de cine, en contraste con una serie (nunca mejor usado el término) de pequeñas narraciones que pueden o no cerrar en sí mismas y que, por lo mismo, Aristótles fácilmente llamaría episódicas en el sentido más fuerte de “prescindibles” para narrar la acción elegida.

HP

Sorprende, en este sentido, cómo las adaptaciones de Potter al cine se ven obligadas a todo lo contrario: para dejar al descubierto la fábula, la pura serie de acciones lógico-cronológico-causales que forman la historia, deben renunciar a todo evento menor que adereza las novelas de J. K. Rowling. Parece, pues, que si una serie de televisión juega con alguna ventaja, ésta consiste en dos o tres rasgos bastante sencillos pero que solemos pasar por alto:

1. Un pacto de verosimilitud narrativa que, como al cine y la literaura, las salva de “tener que” comprometerse con la “verdad histórica”

2. La inmediatez de sus imágenes sobre las que engendra la escritura, misma que amplía enormemente su público y permite a quienes no leerán a Yourcenar o Graves interesarse por la Historia de Roma… o cualquier otro período de la cultura occidental… o no, que también Shogún se hizo serie.

3. Mayor extensión narrativa, “más tiempo para contar”, que en una pantalla grande; rasgo que les permite entrar en detalles e implica, por supuesto, el peligro de perderse en ellos

4. Cotidianeidad… y la cercanía emocional que ésta supone como posiblidad de pensar si la llegada de Voreno al Senado se puede o no comparar con la de Blanco a la Alcaldía de Cuernavaca

…sin duda, Dior nos cría y la televisión nos educa

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