Vaca & Cía

vacar (del latín vacare): 1. intransitivo, dicho de una persona: cesar por algún tiempo en sus habituales negocios, estudios o trabajo.

Siento que acabo de terminar mis cursos y ya voy de regreso. Las vacaciones no me saben casi: los calendarios Uaem/Iebem no coinciden plenamente y entonces, muchas semanas después de no dar clase, sigo levantándome pronto porque el hijo entra a las ocho de la mañana. El verano avanza y luego hay que levantarse ‒menos temprano pero con horario fijo‒ para llevarlo al curso en que debe inscribirse para que su padre aproveche que no da clase y trabaje muchas mañanas completas antes de volver a las aulas… si los accidentes domésticos se lo permiten, o si la necesidad de bajar el ritmo no lo conduce, discreta pero imparablemente, a que la mañana se le pase casi en nada pues sólo hizo la compra, lavó ropa de quince días, arregló cincuenta metros lineales de libreros que se apolillaban… Al final mi año tiene pocas diferencias porque no hay períodos claros con/sin trabajo sino un vaivén gris constante que, por lo mismo, es más cansado que agotador; o que productivo.

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Parece, además, que siempre fue así: mi madre seguía yendo al CCH cuando mi hermana y yo estábamos en casa, o nos íbamos a Colima con mis abuelos paternos. Ningún abuelo de mi hijo está en condiciones de tenerlo todo el verano, en cambio, ni viven en sitios tan interesantes, pobres.

¿Qué ocurrió? Las ciudades se volvieron inseguras y pasar dos meses jugando en la calle ‒en casa de mi tía, por ejemplo‒ ya no parece una opción. Las casas unifamiliares (y monoparentales) no suponen redes en que una serie de adultos puedan turnarse el cuidado de los críos acumulados por todos. No hay dinero para ‒ni costumbre de‒ enviar a los niños dos meses de campamento y, para colmo, genera culpa estarse mano sobre mano durante tres semanas, pues si esto sería normal yéndose de vacaciones (es decir, haciendo un viaje o instalándose en un sitio distinto) hacerlo en casa por falta de dinero parece un rasgo de abandono inaceptable. Queda, finalmente, la idea de que a los hijos es necesario atenderlos y que en esa medida no basta con que anden por casa haciendo nada pues se vuelven ociosos (o se quedan pegados al HayPaz, la tele, la web, etcétera). ¿Hay vacaciones en las zonas rurales? No. Si los niños van a la escuela dejarán de hacerlo y se integrarán a las labores de la casa y la parcela, supongo. ¿Había necesidad de darle quehacer a mi padre en los veranos de hace sesenta años? Tampoco. Sus primos vivían al otro lado de la calle y los potreros empezaban donde hoy Colima tiene tres centros comerciales construidos en los últimos veinte años.

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Y entonces creo entender la necesidad de monasterios durante la Edad Media como sitios donde la labor no cesaba y cada quien asumía responsabilidades específicas que cumplir un día tras otro: la vida tiene un ritmo permanente que no se rige por calendarios y requiere una entrega tan absoluta como discreta para mantenerse andando. No se trata, entonces y como yo sentía al inciar este texto, de hacer mucho de algo ahora y nada después, de seccionar el tiempo como si no estuviera atravesado por un hilo: mi consciencia de estar vivo, y hacer compartimentos donde trabajar fuera distinto que amar a mi mujer o cuidar a mi hijo, o nadar o hacer yoga supusieran esfuerzos más placenteros en sí que dar clase o leer ensayos o tesis. Vaqué estos días pensando que era lo deseable… pero si el arreglo de casa no es parte de mi calendario de investigación, ciertamente lo es de mis proyectos y éstos no se sujetan a más calendario que algunas fechas de entrega, consecuencia de una representación cultural del tiempo que en una agenda aparece como cuadritos puestos en distintas partes de la hoja para simular que lo que ahí se escriba ocurrirá antes o después que otra cosa, que sabemos cuándo llegan el trabajo o el ocio por venir, los momentos en que se puede escribir en pijama durante tres horas o hay que ponerse traje para una ceremonia de fin de curso.

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Luego, las vacaciones no están por acabarse porque nunca empezaron o bien son permanentes: dependen de lo qué se entienda por “descanso temporal de una actividad habitual”, creo; y de la forma en que uno enfrenta los estudios o el trabajo remunerado, según la misma entrada en el Drae… sobre todo si, afortunado profesor universitario, uno cobra por estudiar entre que va al súper y arregla el jardín, corrige textos ajenos, piensa en equipo, se propone metas, acompaña alumnos para que alcancen las propias.

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