México: país de las desigualdades

Si bien la desigualdad en el mundo se ha vuelto el tema de moda después de la crisis financiera de 2008 y 2009, cobró popularidad por las luchas de movimientos como Occupy WallStreet, en Estados Unidos, y recuperó su lugar central dentro del debate económico y político gracias a investigadores como Thomas Piketty, Antony Atkinson, Branko Milanovic, Francois Bourguignon entre otros tantos, lo cierto es que México siempre ha sido un país sumamente desigual, mucho antes de que el tema fuera tan importante en la opinión pública.

En un país donde el estatus y la calidad de vida siempre ha estado más determinados por el azar que por el mérito, el país de La voluntad y la fortuna de Carlos Fuentes, se vuelve lugar común decir que existe la desigualdad.

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México es un país donde 4 personas controlan cerca del 10% del valor de su economía, donde el 10% más rico (es decir, el decil número 10 controla el 64% de toda la riqueza) y donde millones de personas viven en distintos grados de pobreza y marginación. Estos números de cierta forma ya son conocidos por todos, pero quizá lo que pocos saben son las otras dimensiones de la desigualdad; mucho ilustra que una persona del decil 10 tiene más de 120 veces más probabilidades de poseer una propiedad en su vida que una persona del decil 1, que una persona del decil 10 tiene 4 veces más probabilidad de recibir agua entubada en el lugar donde vive.

Mucho más quizá nos puede decir que una niña nacida en el Estado de Tabasco o Guerrero tiene 80% menos probabilidades de terminar la educación básica sólo por haber nacido en un estado pobre, y que sin importar donde nazca una niña por el hecho de ser niña tiene 50% menos probabilidades de asistir a la universidad.

México es tristemente un caso de lo que Piketty llama “cuando el pasado devora el futuro”. Es un país donde importa más de quién se es hijo o de quién es amigo, es un país donde la movilidad social desde la pobreza e incluso desde la clase media resulta casi imposible. Un país donde el apellido vale más que el talento, es un país donde la igualdad no puede reinar.

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Si somos tan desiguales aún nos falta entender por qué lo somos. Algunas explicaciones como las que provienen del Nuevo Institucionalismo Económico, liderado por personajes como Daron Acemoglu, pondrán su peso en las instituciones; una simplificación cómoda de la realidad, en mi opinión, sin embargo, una de las más usadas.

Más común aún es culpar a la corrupción, o ahora en tiempos patrios al “mal gobierno”, sin duda este tiene mucho que ver en la desigualdad que nos rige, pero no es lo único, otros cientos de factores desde lo económico y político hasta lo sociológico e histórico tienen alguna explicación que darnos.

Amartya Sen, uno de los más brillantes pensadores de nuestro tiempo, insiste en que el desarrollo es libertad (título de su libro más afamado Development as Freedom): un individuo es verdaderamente libre únicamente si cuenta con las capacidades para usar adecuadamente su libertad. Esto quiere decir que la pobreza no es compatible con la libertad, una persona pobre y desigual no puede ser libre pues es oprimida por sus carencias, es limitado por sus necesidades más básicas y en México esta es la norma de la mayoría de la población.

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No somos libres a cabalidad porque no contamos con las capacidades suficientes y no las formamos, ni las garantizamos por medio del estado de derecho. Por eso vale la pena recuperar el principio de diferencia de John Rawls, uno de los principales teóricos de la justicia y profesor de Amartya Sen, “no se puede tratar como iguales a los desiguales […] cualquier desigualdad debe estar en función de favorecer a los menos favorecidos”.

En el país de las desigualdades donde la discriminación por cualquier factor es norma, bien haríamos en recordar este principio. México no es un caso aislado, es un hecho que la desigualdad en el mundo se acrecienta, al mismo tiempo de un curioso fenómeno sin precedentes: los países cada vez son más iguales entre sí, convergen, pero las personas dentro de ellos cada día son más desiguales.

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La larga lucha contra la desigualdad no es una que se ganará en el corto plazo, muchas acciones hacen falta para crear sociedades justas e igualitarias. Crecimiento económico inclusivo, coordinación internacional, por citar un par.

En México quizá lo que hace falta es algo infinitamente más complicado, la voluntad política de hacer algo al respecto, de abandonar la retórica y tener acciones concretas. Atkinson diría que debemos concentrarnos en que sí exista una mayor igualdad de oportunidades, pero más allá de eso que empujemos por igualdad en los resultados, pues éstos, al final del día, son los que determinan las oportunidades en los días siguientes.

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