Patria muerta y máquinas asamblearias fallidas

El fallo del entorno directo

Muchos recintos quedaron vacíos, y ya se usan de nuevo para lo que fueron construidos originalmente; un teatro, un salón de clases, una vieja bodega. Y no era difícil imaginarlo. Los zapatistas —viejos lobos de mar—, ya se lo advertían a los padres de los desaparecidos: puede ser que se queden solos. Y si no solos, sí un poco abandonados, pues lo que en un principio había sido participación fervorosa de ciertos sectores de la comunidad cultural a raíz de los sucesos de Ayotzinapa, se ha convertido en poco tiempo en compartimentación individualista, ausencia y falta de consenso. Aunque en asambleas, encuentros y reuniones diversas, parecía que no se llegaba a nada concreto, la mera congregación ya era proverbial. Y es que muchos de quienes basamos nuestro trabajo en dejar claro que la esperanza es una cosa poco cierta y engañosa, somos a la vez secretos buscadores de posibilidades. Pero por supuesto eso no basta.

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Así, los comunes —no tan comunes— abiertos tímidamente al idilio de la colectividad, somos incapaces todavía, en ciertas circunstancias, de crear las condiciones para formas alternas de reunión y consenso. Quizá porque, al fin y al cabo, hay en la vida de muchos, urgencias de lo cotidiano; frente a la lejanía de lo terrible, la existencia parece ser efímera como para decidir colocarse en una situación en la que el poco o mediano poder acumulado se ponga en juego. Una cosa, claro, es que hagan caso a nuestras lúcidas primeras palabras participativas, y otra que nos callen cuando luego ya están hartos de que insistamos una y otra vez sobre las mismas obsesiones políticas. Entonces el sentimentalismo aparece para defender aquellos deseos de trascendencia herida, y así ya no está padre jugar. Además las diferencias, los grupúsculos que comienzan a hablar en voz baja, los equilibrios de una naturaleza acostumbrada a una democracia fraudulenta. Aquella ocurrencia ingeniosa se ha ya convertido en lugar común: el priísta que todos llevamos dentro. Detestable y triste afirmar semejante cosa con resignación. Pero es que luego los pequeños pactos para ocupar posiciones están hechos de ese engranaje inconsciente que es difícil regular desde una voluntad poco acostumbrada a ser escuchada.

Entonces, parece lo más consistente una renuncia paulatina, otra derrota de bajo perfil, la hueva antes de salir de nuevo a la cita, para no dejarse caer en el simulacro de la democracia directa. Y golpes de pecho, gracias a que parecía demasiado obvio el romanticismo, como para que fuera real. Porque desde la trinchera algunos dicen trabajar mejor; ahí se ha logrado imponer una voluntad certera, ahí los otros callan y el uno, que se siente privilegiado por las fuerzas de su propia razón, es respetado. Luego también, el miedo. Tan sospechoso que resulta que la gente se reúna a charlar y tomar acuerdos afuera de lo previsto. Lo normal es bailar alrededor de la acumulación y el fraude corporativo. Si no, cualquier tipo de dispendio, de gasto imprevisto, es sospechoso. Y también cierta paranoia: el fantasma del infiltrado que da al traste con la confianza. Porque se dice por ahí: el que menos te imaginas, el menos sospechoso, puede ser. Y todo esto gracias a que quizá necesitamos formas distintas, una y otra vez ensayadas, para no apabullarnos con el fallo de las formas conocidas. Pero por lo pronto; máquinas asamblearias fallidas.

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La patria como obstáculo

Hay que decirlo desde la perplejidad entonces: se puede fracasar en la posibilidad de configurar una voz colectiva, no porque ésta ya no sea posible en las condiciones de ruptura del tejido social, sino porque estamos llenos de contradicciones. De principio; acostumbrados a mantenernos a la orilla del poder, y a que en cualquier capa de la estructura alguien acabe por traicionarnos o… por convencernos. Y, en épocas de duda radical, parece mejor la negación, las sutilezas de los sueños privados. Cuando el exilio es voluntario, en gran medida la decisión pasa por la incapacidad de observar qué pasa con la gente que está a tu lado. Pero ¿qué carajo nos junta entonces? Ahí es donde la vieja idea de patria es hoy más inasible, no ya por anacronismo, sino gracias a que ha perdido su raigambre con el territorio, y los habitantes que lo comparten y con quienes, incluso, han decidido irse. Peter Sloterdijk, en un breve ensayo llamado Patria y globalización; Notas sobre un recipiente hecho pedazos [1], dice:

El reto psicopolítico de la era global consiste en no ver el debilitamiento de la inmunidad tradicional y ética del contenedor como pérdida de forma y decadencia —vale decir, como ayuda ambivalente o cínica para la autodestrucción—. Lo que para los postmodernos está realmente en juego son diseños exitosos y condiciones de inmunidad dignas de ser vividas. Y esto es justamente lo que en sociedades de paredes delgadas puede volver a constituirse de múltiples formas —aunque, como siempre, no para todos.

La idea de patria como contenedor, nunca tuvo tantos problemas en el entorno de las instituciones creadas en las ciudades. Desde la óptica de quienes imaginaron que ese sería su lugar de protección, desde los aparatos simbólicos que sostienen la raigambre, hoy pueden tener buenas razones para estar perplejos. Porque la simulación, en términos de mito, es insostenible cuando los estados concretan cada vez menos sus facultades autoritarias para la defensa de un imaginario colectivo. Digamos que los conservadores nunca pudieron sentirse más incómodos. Ahora, ese imaginario está hecho de absurdos para los que se necesita estar muy desinformado para permitirse adoptarlos como se adoptaban en épocas pasadas. Por el contrario, a los que ya nacimos hartos de esa autoridad siempre nos ha venido bien la posibilidad de elegir con una libertad superficial, que antes era prácticamente inexistente. El capitalismo simbólico es —digámoslo tramposa y categóricamente— nuestro mal, quien a la vez nos prodiga una manera de adaptación que parece invisible. Al menos en el tipo de información a la que queremos tener acceso. Al menos en la formas en las que es posible aislarnos del ejercicio del poder, y transar con cierta comodidad para que éste no nos alcance y nos deje vivir en paz. Hasta que nos alcanza. Y el sueño opiáceo nos hace no vincular lo que pasaba en ese sueño de ciudadanos detractores del poder, pero cómodamente adaptados, con el exilio y la ausencia de todo derecho.

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Grecia o Siria son puntos que revientan porque ya no pueden aguantar más presión, porque aguantar es aceptar la posibilidad de la muerte. Ya sea en las crisis de economías castigadas o en los conflictos armados, sus habitantes sufren por haberse acostumbrado a las prerrogativas de una comunidad aparentemente organizada alrededor de un ideal. Así, esta orfandad dadivosa de pertenencia cobra caro el adecuarse a un estilo de vida. Porque, ¿cómo sostener condiciones de inmunidad que funcionen, si es que hemos de atenernos a la organicidad de un Estado que, claro, está presente, aunque diluido por formas de significación apegadas al mercado y su contundente realidad avasalladora y excluyente? El problema puede estar ahí. Este contenedor alternativo es inasible, porque aunque se basa en formas más o menos conocidas que funcionaron en otros momentos, no tiene mapa antecedente, ni escala política real.

[…] quizá por primera vez en la historia de las formas de vida homínidas y humanas, en las sociedades avanzadas los individuos, en tanto portadores de propiedades inmunológicas, se desprenden de sus cuerpos sociales (hasta ahora esencialmente protectores) y aspiran a desenganchar su felicidad y su desgracia del estar-en-forma de la comuna política. […] la mayoría de los individuos cree poder desolidarizarse del destino de su comunidad política imaginando, con buen fundamento, que, de ahora en adelante, el óptimo inmunológico del individuo no se encuentra (o sólo en contadas excepciones) en el colectivo nacional —parcialmente, quizás en el sistema de solidaridad de su “minoría” o su community—. Donde más claramente lo encuentra es asegurándose de forma privada, sea en el terreno religioso, dietético, gimnástico o de las compañías de seguros.

Quizá por eso desvincularse de las asambleas y demás espacios de reunión que son de por sí conflictivos, porque amenazan ese confort del consenso silencioso, todavía parece factible. Por lo pronto para la clase media bien pensante, parece haber inmunidad aún. Una inmunidad amenazada desde las estructuras de violencia radical, además. Porque los planificadores de Estado lo saben bien; la contraparte del confort de mercado y de la filiación da campaña, es la muerte. Y, para la vieja tradición de confrontación política radical, parecería que la única alternativa es combatir en los mismos términos, sin miedo a la muerte, para preservar no ya la dignidad, sino la vida.

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Nuevos prototipos, otros entornos

¿Se pueden nuevos modos de reunión, de búsqueda colectiva? Por supuesto que hay muchos ejemplos a la mano. La renuncia de Otto Pérez Molina, presidente de Guatemala —por mencionar uno reciente—, no habría sido posible sin una amplia participación de la colectividad que fue incrementando su descontento. Sin embargo, no basta con el aumento de la protesta. Ni siquiera con la configuración de acciones significativas que hagan que cada vez más gente tome conciencia de lo que sucede con los estados fallidos en los que muchos estamos metidos. Es con política que se hace equilibrio de fuerzas. Si la cúpula empresarial, en el ejemplo de arriba, no hubiera declarado la ineficacia del estado de Pérez Molina, probablemente él seguiría ahí. Entonces ¿esta sociedad de protesta masiva debería pactar con la cúpula empresarial? En términos estrictos, no, pues son ellos quienes colocan a la sociedad contra la pared, si hablamos en términos de mercado internacional. Sin embargo, los procesos históricos son complejos y requieren de inteligencias ligadas a posibilidades no del todo categóricas. Es decir, de una plasticidad que sea capaz de superar los caminos específicos y renunciar a ciertas ideas que no ayudan a la conformación de alternativas. Una respuesta específica a lo anterior puede ser: no con los empresarios, pero sí desde una inteligencia que subdivida opiniones, que sea capaz de mandar mensajes que no a todos los empresarios les convenga no atender. Algo similar pasa con el asunto de la patria. De nuevo Sloterdijk:

En un mundo así, la antigua sabiduría del emigrante: “ubi bene ibi patria” [2], será obligatoria para todos. Y es que la patria como espacio de la buena vida es cada vez menos fácil de encontrar ahí donde, por un accidente de nacimiento, cada quien está. Sin importar donde se esté, la patria debe ser reinventada permanentemente mediante el arte de saber vivir y las alianzas inteligentes.

Posiblemente en los no-lugares de la red sea posible crear posibilidades. O quizá, en aquellos que han renunciado a ella, pero que ya llevan la comprensión de su práctica. No sólo, pues, la crítica a los sistemas cooptados como Facebook, sino el uso o implementación de nuevas maneras de plantear las relaciones, horizontalizándolas. No desde el idealismo de las viejas formas, sino en la configuración de cartografías de lo posible, que serán practicables sólo si grupos de gente se permitan ponerlas en juego. Y entonces, las formas podrán diversificarse estratégicamente. Pero eso, sólo si hay un nuevo tipo de inteligencia que comprenda la liquidez flexible en la que nuestra era de capitalismo global nos ha metido, sin adscribirse necesariamente a sus formas de precariedad y ausencia de sentido. Ningún idealismo, sino formas de amistad que estén blindadas mediante el acercamiento a los otros, de condiciones similares a la nuestra. Que se planteen en sí mismas la inmunidad, al menos al interior del círculo. De manera estricta y, a la vez, flexible. No es demasiado difícil imaginar las congregaciones solidarias, si dejamos de lado las estupideces competitivas de la selección natural, y somos capaces de crear micro-ecosistemas que observen las necesidades de quienes los componen. No sólo, pues, lo móvil en la especificidad territorial, sino en la renuncia a ideas que ya no nos son entrañables.

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Notas
[1] Sloterdijk , Peter. Patria y globalización; Notas sobre un recipiente hecho pedazos. Revista Observaciones Filosóficas. http://www.observacionesfilosoficas.net/patriayglobal.html#
[2] “Donde estés bien, ahí es tu patria”.

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